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LIBROS

La fuerza de la fragilidad: Pájaros, de Pedro Serrano

Javier Mateo Hidalgo
viernes 23 de agosto de 2024, 19:17h
La fuerza de la fragilidad: Pájaros , de Pedro Serrano
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El ser humano ha soñado muchas veces con trocar su naturaleza por la de las aves. Emular su capacidad de volar, que las hace únicas. Un poder que se contrapone a sus frágiles cuerpos, en una especie de contradicción entre fuerza —capacidad de superar la gravedad— y debilidad. Por eso Leonardo buscó conceder ese deseo a sus congéneres, tratando de idear máquinas con las que levantar los pies humanos de la tierra para hacerlos viajar a otros lugares por el aire. Dicen que los sueños donde se vuela implican ansias de libertad, huir de una situación presente poco halagüeña. Por eso en la poesía la imagen del ser alado resulta tan sugestiva.

Con el libro Pájaros, el poeta valenciano Pedro Serrano (Pinoso, 1963) se vale de la imagen de los seres plumíferos para hablar precisamente de sus sensaciones, de su posición y posicionamiento ante el mundo. El pulso de resistencia frente a la constante adversidad, o la forma de emplear la dificultad haciendo cosas hermosas, como el pájaro se apoya en el viento para volar. Bien lo explicó Kant haciendo alusión a la paloma. Desde lo sencillo se asume lo complejo. En lo mínimo o diminuto está la verdad, lo que merece ser contado y cantado, siempre grande. Paradójicamente sobre lo que parece que no ponemos atención. Así parece refrendarlo Josefa Parra en el prólogo de la obra, El hábitat de los pájaros, retomando la idea expresada por el autor en su poema inicial —“Todo lo importante ocurre / donde el texto es menos abultado”— para dar a entender que en todo lo pequeño y frágil que representa el pájaro y su espacio se encuentra la esencia del libro: “sucede que lo mínimo (el trino, la pluma, la brizna, la gota) es lo verdaderamente necesario, lo que explica el vuelo y el poema”. Así el texto: “Una hormiga subiendo por el tallo del jazmín, hasta llegar a la luna”. De la tierra al cielo siguiendo un camino, el pequeño ser da “gracias por las visiones celestes”, por acceder a lo infinito desde su minúscula finitud.

La siempre original editorial madrileña El sastre de Apollinaire —comandada por el aventurero Agustín Sanchez Antequera— le ha brindado esta oportunidad erigiéndose como el número 91 de sus libros editados en la colección de Poesía. La edición viene acompañada por un disco a través del cual podremos escuchar una selección de los poemas incluidos en el volumen, musicalizados por el cantautor alicantino Txus Amat. Si bien la música dada a los versos aporta un nuevo color y sonoridad a los mismos, el libro también manifiesta la intención de ser físicamente un disco; en concreto, no un Compact Disc sino un vinilo, que custodia canciones en cada una de sus dos superficies. Dividido así en Cara A y en Cara B, el poemario presenta agrupadas en ambas partes unos “temas” afines con el significado dado por el poeta a uno y otro apartado. La Cara A contendrá la “construcción del poemario” mientras que la Cara B tratará “la poética del mismo”. Con esta última, el autor trata de justificar “todo el mapa migratorio” vivido entre 2020 y 2021.

He de decir que Pájaros me llegó “volando” —gracias a nuestra amiga común, la también poeta Pilar Blanco— de mano de su autor hasta mi buzón, acompañado por una cálida carta en la que se presentaban las razones del envío y la naturaleza de la obra. En algunos de sus párrafos se describe el origen del proyecto, cuyo periplo viene de hace años. Un viaje iniciado en 2021, más por tierra que por aire, dando a conocer poética y musicalmente —si no son lo mismo— el trabajo en lugares tan diferentes de la península como Alicante, Murcia, Barcelona, Madrid o Jerez. Un recorrido llevado a cabo bajo la premisa de “trazar un vuelo” que lleve a “anidar en distintos escenarios”.

Con el presente libro, su autor buscó “romper con el anterior poemario Heredar la nadaPremio Tiflos para escritores con discapacidad visual y editado por la valenciana Ediciones Contrabando—, representando “un encuentro con las personas cercanas y con aquellas otras que ya no están y a las que hay que seguir atando a la memoria”. Hacer de la poesía un modo de demostrar que no han quedado solas, que la empatía clama desde las palabras: “Hoy es un día absurdo. […] Hoy toca normalizar el orden con la práctica, / toca reconstruir el poema desde la base afectiva, / hacer del poeta literalmente un gran incendio”. O: “Aclara que padece de pálpito, / llora la emoción, / nos trae sus lágrimas de encierro, / deposita sus cenizas de ave. […] Se aproxima a nosotros, / entenderemos que ofrece su rama del árbol. / Puse la mesa para cinco, / coloqué los cubiertos para seis”. Hay una comprensión de tú a tú, un mostrar la herida interna al otro para curarle, para acogerle. Y ello, a pesar de la desesperanza del mundo (“Se yergue el miedo sobre los hombres, / la vacuidad sobre los dioses, / se dilata el corazón antes de contraer la vida”). Como dice una de las partes del volumen, Incluye los miedos, a veces el mal viene de dentro de nosotros mismos (“No somos inocentes, / somos la bestia que fuimos”). No obstante, frente a la oscuridad en tantos desvíos o callejones sin salida hay que buscar “el camino de regreso a casa”: “Soy el ascenso / y el descenso suave con las alas de pájaro / que toca tierra. [...] Tú lo llamarías guarida, / […], yo le pondré otro nombre / que atraiga el curso de la savia, / raíz, / árbol que supura, / hogar”. Para curarse cabe “zarpar / hacia abajo”, como cuando leemos esos caligramas que nos esperan casi en la parte final del libro y que por ejemplo dicen: “sigo caminando / oigo voces / de tierra”. Esa llamada de lo natural y terreno, materias de las que estamos hechos, nos guiarán.

También creemos hallar en la portada un nuevo caligrama, cuando en realidad se presentan las huellas de unas patas de pájaro sobre una superficie gris. Con ello, la figura aviar —o tal vez la del poeta, símbolo reivindicativo en cualquier caso de la vida— parece resaltar su presencia ante un panorama poco esperanzador —dado el tono o croma—. Las huellas, hechas de puntos volumétricos, también nos pueden remitir a ese braille que se hace táctil, realidades que surgen para ser leídas a pesar de las dificultades vitales —como tal las del poeta en su problemática visual—. Afirma Josefa Parra haberse adentrado en el poemario “no por la vista sino por el tacto”. Y también “por el oído”, pues las aves de los poemas le “han ido cantando (o gritando, o sollozando), a veces sotto voce, a veces con una intensidad alarmante, a lo largo de toda la lectura”. Tienen ese poder los poemas del libro, pues se manifiestan desde lo misterioso y hermético de su naturaleza, pero también se muestran afines a la nuestra propia, nos abrazan. Abrazos que faltaron en épocas aciagas recientes como la del confinamiento. Una época que, si nos fijamos, coincide con la gestación de este poemario y que figura también en él. En concreto, en esa parte final o cara B explicativa, casi prosaica: “En el próximo shock, eclipse, privación de libertades, emergencia, lugar para escupir odiando, distopía verídica, […] quiero que se me señale el punto preciso en que he de situarme para que pueda agitar el brazo y el sombrero y se me vea en este ático desde el otro ático, se me vea desde la luna. Saludando en esta resiliencia”. Qué mejor ejemplo para comprender que, incluso desde esa fragilidad que fuimos durante dicho tiempo, prevaleció la fuerza que nos hizo salir del encierro en bandadas, tan fortalecidos.

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