Celebramos la oportunidad que nos brinda la editorial Acantilado de leer por primera vez en castellano, directamente del yiddish, con traducción de Rhoda Henelde y Jacob Abecasís, escrito en la lengua universal de la literatura magistral, Keyle la Pelirroja, (Yarme un Keyle), del gran Isaac Bashevis Singer.
La maestría del autor resulta deslumbrante desde la primera línea. Solo la presentación del lugar; “en la plaza de la calle Krochmalna, sin embargo, no había paciencia para los nombres largos”, la descripción de las circunstancias de los protagonistas; él “había visitado cuatro veces la terrible cárcel de Pawiak”, ella ,“a sus veintinueve años, ya había pasado por tres burdeles”, y el planteamiento inicial; “Pasar con ella un día y una noche le bastó para conducirla ante un rabino de la calle Stavsky y pedirle que los casara”, nos anuncian la genialidad de un magnífico contador de historias, de un embaucador de la palabra al que se le concedió el Premio Nobel en 1978, reconociendo así su obra como una aportación valiosísima a las letras universales.
Hijo y nieto de rabinos, Isaac Bashevis Singer (Imperio Ruso, 1903- EE. UU., 1991) pertenece al selecto grupo de los escritores eternos. Autor de obras como Satán en Goray (1935), La familia Moskat (1950), El mago de Lublin (1960), El esclavo (1962) o En el tribunal de mi padre (1966), entre otras muchas, escribió en yiddish, la lengua materna de los judíos askenazíes de Europa Central y del Este, y dejó un legado importantísimo de novelas y cuentos que relatan especialmente la vida de las comunidades judías en Polonia en las primeras décadas del siglo XX.
Resulta un escritor imperecedero porque destaca en su forma de afrontar y rumiar con descaro los temas fundamentales de la existencia humana y, además, porque reúne los rasgos clásicos de los muy grandes. Es eterno como lo son Dostoievski y Dickens, como Henry Miller, como García Márquez, Cervantes o Galdós, destinados a dar muestra por siempre del valor de la buena literatura. Además, es universal porque logra salir de lo íntimo para hacerse inmenso.
Su producción literaria mana de un talento incuestionable para pasar de lo cotidiano a lo trascendente, para inventar historias que conjugan la lucha y el privilegio diario de vivir con una tradición milenaria que se transmite generación a generación y que se esfuerza por encontrar sentido a la existencia. La idea de Dios, los infinitos planteamientos morales, el sexo, lo inconsciente, la magia, el arrepentimiento y el amor nutren los sentimientos de Keyle, cuyos ojos verdes “se iluminaban a causa de las ocurrencias de los escritores.
“— ¡Ay! — solía comentar —¡Los escritores tienen unas ideas tan extrañas! Son capaces incluso de juntar una pared con la de enfrente.
— ¡Bah! Todo es inventado — replicaba Yarme —. Cuando esos petimetres se sientan con una pluma en la mano, empiezan a imaginar una feria en el cielo. Por sí mismos no son capaces ni de atar a un gato por la cola.
—Todo eso les viene de estudiar la Torá— decía Keyle —. Se sumergen en los grandes tomos de la Guemará y eso les sorbe los sesos...”
Y, no se sabe si por todas las historias que leyó y aprendió en su infancia, Bashevis Singer domina los ritmos narrativos y consigue deleitarnos con páginas memorables. De los bajos fondos en Varsovia en 1911, donde marido y mujer boquean ingenuamente en el fango, hasta la llegada a la trama de un “ser demoníaco” y de un “ángel del cielo”, y el inicio de una nueva vida en Nueva York, donde Keyle y Búnem, su nuevo amante, se arriesgan en extremos abismos filosóficos, la novela se disfruta al exponer las contradicciones internas del ser humano.
A veces desde el humor, al estilo Woody Allen, mostrando descarnadamente la contra lógica de las férreas normas religiosas, y otras veces dejando a sus protagonistas reflexionar en alto y hacer un balance atormentado de deseos y deberes, la obra culmina en un final abierto que resume el perpetuo combate interno de los seres con conciencia.