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ENTREVISTA

Eduardo Guerrero: "Siempre he sentido que tenía la libertad de subirme al escenario y no de bailar, sino de volar"

Eduardo Guerrero: 'Siempre he sentido que tenía la libertad de subirme al escenario y no de bailar, sino de volar'
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David Felipe Arranz
miércoles 28 de agosto de 2024, 12:36h
Actualizado el: 28 de agosto de 2024, 13:27h

El bailaor triunfa protagonizando y coreografiando uno de sus espectáculos más perfectos y lorquianos, Jondo. Del primer llanto, del primer beso de Triana Lorite, en el madrileño Teatro EDP Gran Vía, junto a la cantaora Carmen Linares, la dirección de Sharon Fridman y la música de Pino Losada.

Entre las memorias del cante jondo que han llegado vivísimas hasta nosotros está las que guarda y hace crecer este gaditano de raza que ha pasado de lo nacional a lo internacional y en este aguafuerte de urgencia que queríamos escribirle diremos que en él prevalece el lenguaje del cuerpo cuando se hace música y sentimiento, con su torso y extremidades cobrizas, ebúrneas, irreales… reluciendo a la luz del escenario. Desde nuestra butaca, Eduardo Guerrero parece un dios ancestral y sureño, y trae su arte florecido y lo hace volar, y llena el auditorio de energía que es como un consuelo tras su esforzado trabajo. Ha obtenido el “Premio del Público” en 2017 en el Festival de Jerez y el “Desplante” en el Festival de las Minas de La Unión (Murcia) en 2013. En 2023 se calzó la Zapatilla de Plata de Indanza (Almería), concedida por su “defensa, difusión y alcance para realzar la danza española y el baile flamenco, tan definitorios del arte almeriense, andaluz y español”. Y así suma y sigue bailando Eduardo por los escenarios del mundo. Con él hablamos de su magia o, al menos, tratamos de desentrañar sus secretos.

¿De qué se ha ocupado usted en Jondo, obra coral y con muchos artistas, a partir de una idea original de Triana Lorite?

Yo me he encargado de crear y coreografiar el prólogo y el epílogo de los cinco cuadros, antes de la dirección de Sharon Fridman. Me entregaron el libreto de Triana Lorite, lo leí y empecé a enfocar, a construir y a armar mi trabajo a partir del Concurso de Cante Jondo de 1922, el primer certamen de ámbito nacional del cante, organizado por Lorca y Falla. Tuvo lugar entre 13 y el 14 de junio en la plaza de los Aljibes de la Alhambra y era un certamen abierto a aficionados: nosotros hemos querido hacer también un espectáculo para todos los públicos y, en mi caso concreto, quise rescatar esos cantes que se pudieron disfrutar hace un siglo y se lo propuse a Triana, recurrir a ellos y actualizarlos, traerlos a los tiempos actuales, de la mano de Carmen Linares, que es un lujo tenerla y es una personalidad que representa perfectamente los principios del cante jondo y de cómo ha evolucionado: es, además, Premio Princesa de Asturias de las Artes y Premio Grammy Latino a la Excelencia Musical.

¿Qué le atrae del cante jondo? ¿Ha desentrañado ya su misterio?

Es un arte muy de la verdad, muy del origen, de los pilares del flamenco. Realmente va directo a las raíces, que eran las de la música vocal, canto profundo y primitivo, el más antiguo de toda Europa, representado en la siguiriya gitana, como decía Lorca.

¿Qué experimenta en escena? Porque desde el patio de butacas contemplamos un éxtasis en vivo y en directo…

Es difícil de explicar, porque no soy enteramente consciente de qué ha sucedido cuando termino mi actuación; a veces no llego ni a reconocerme, son momentos que ni pienso, en los que, efectivamente, no estoy en mí, sino al servicio del arte, como si mi cuerpo fuese una puerta por la que dejo que pase lo inefable, lo inexplicable. Me sorprende cuando, acabado el espectáculo, alguien como usted me comenta que cómo he hecho tal o cual movimiento, y le contesto que, en verdad, no recuerdo qué ni cómo me pasó. Este actuar de manera inconsciente genera una sinceridad en todo lo que hago, porque creo que también hay que darle rienda suelta a la libertad, tu cuerpo entero se coloca gracias a algo que va asociado a tu verdad.

¿Se siente, como dicen los que de esto saben, renovador del flamenco?

No sé si lo soy, pero sí sé que estamos en esa búsqueda de la innovación, de seguir avanzando en y con el flamenco: yo no lo trato de desvirtuar para ser más provocador, sino que busco formas nuevas por una necesidad personal. He tomado siempre el flamenco desde una libertad muy honesta. Porque siempre he sentido que tenía la libertad de subirme al escenario y no de bailar, sino de volar, y al final estás haciendo algo que, además de que te apasione, es agradable, te eleva y puede acercar el flamenco, por ejemplo, a los más jóvenes, actualizándolo más allá de la cueva oscura y el cantaor vestido de negro.

¿Cómo logra ese difícil equilibrio entre la tradición y la vanguardia?

Yo creo que no hay que ir a contracorriente, pero tampoco a favor de ella. Hay que ser valiente con la honestidad de uno. Dedico tanto tiempo a mi trabajo que tengo que recuperarme con descubrimientos que me gusten y que me lleven a un lugar muy interesante para mi vida personal. Porque soy feliz. Y a esto lo llamo trabajo por todo lo que me exige, pero en realidad mi oficio constituye una permanente fuente de satisfacciones y de felicidad para mí.

¿Qué relación mantiene con Federico García Lorca? Jondo trata de reunir la esencia de las emociones más representativas de sus obras.

Cualquier artista del flamenco está muy cerca de García Lorca porque él amaba y respetaba este arte. Casi todos sus poemarios los han llevado al escenario Paco de Lucía, Camarón de la Isla, Enrique Morente o Carmen Linares, por ponerle unos ejemplos. El universo lorquiano nos genera placer y belleza, y el Poema del cante jondo, escrito en noviembre de 1921 en paralelo a las preparaciones del mencionado concurso de 1922, lo hizo para que fuese eterno, con los temas del amor y la muerte; el dolor, el llanto y la pena, representados en la siguiriya, la soleá, la saeta y la petenera. Nuestro espectáculo, en este sentido, no habla solo de los personajes de Lorca, sino esencialmente de sus emociones, del desamor, que en realidad nos ha aportado mucho valor a todos los que lo hemos padecido. Por eso el público conecta con el mundo lorquiano.

¿Cómo logra representar en el escenario esos sentimientos que plasmó Lorca en el papel?

Primero hago un trabajo de lectura, porque no todo ejercicio de baile es válido para expresar unas determinadas emociones. Y mi manera de trabajar es generar y formar esas emociones a base de capas que se superponen. Porque de la primera coreografía de Jondo a la actual hay muchos cambios. Por ejemplo, hasta que aparece la imagen de un “corazón de cuerpos”, de ese grupo de cuerpos desnudos que se abrazan y que, a su vez, dan vida al personaje, que late y que también lo lleva a un éxtasis total, hay muchas lecturas detrás superpuestas hasta que das con la imagen o la metáfora plástica y en movimiento más adecuada. Por supuesto, hay una dramaturgia detrás, en este caso de Triana Lorite, y tienes que estar al servicio de ella, pero trabajando capa sobre capa, buscando movimientos que en las primeras capas no están, pero que los busco dentro de mí y que voy logrando dejándome llevar a un lugar desconocido, improvisando, sin juzgarme.

¿Cómo desarrolla ese trabajo creativo a nivel más concreto?

Sobre mis grabaciones en vídeo y mis anotaciones, elaboro el contenido a través del diálogo con la música, especialmente. También suelo recurrir a diferentes bocetos de coreografía, a anotaciones en papel sobre los movimientos –diagonal con los brazos abiertos, el zapateado…–, fijando así una coreografía que termina cobrando vida por sí sola hasta que el cuerpo la ejecuta como una liberación, como una evolución.

Por último, cítenos a sus grandes referentes. ¿Quiénes le han enseñado y el qué?

Mi referente más importante es Antonio “El Bailarín” porque me encanta su manera de concebir la danza, de no prohibirse nada, de predisponerse a generar siempre algo interesante gracias a su propia energía. Aunque era bajito y tenía los brazos largos, fue capaz de convertirse en el bailarín más destacado no solo en España, sino fuera de ella: se marchó a Nueva York buscando su crecimiento.

También me ha influido Antonio Gades por su gran generosidad y por cómo con unos pocos pasos nos ha dado unas piezas tan alucinantes como las que muestran por ejemplo, las películas plenas de exquisitez y belleza que protagonizó y dirigió Carlos Saura: Bodas de sangre, Carmen y El amor brujo. Capítulo aparte me merece el vallisoletano Vicente Escudero, capaz de ejecutar y coreografiar unas líneas extraordinariamente extrañas y vanguardistas. Y, en su momento, admiré a Antonio Canales y a Joaquín Cortés, que generaron en el mundo del arte y de la opinión pública una visión nueva del flamenco. Esa mezcla de todos mis referentes marcó mucho mi forma de bailar y de cada uno me quedo con algo, porque entre todos han hecho que para mí solo exista una forma genuina de este arte maravilloso.

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