Autora de la recopilación de ocho cuentos recientemente publicada por Alfaguara, Cho Nam-joo es una escritora surcoreana de gran éxito, sobre todo por su tercera novela titulada Kim Ji-young, nacida en 1982. Es también guionista de televisión en sus inicios profesionales. Sus obras son ariete del feminismo coreano, y por ende oriental, y su eco es grande en China y Japón, países que, a pesar de las diferencias políticas, comparten un fondo sociocultural con fuertes similitudes que vienen en gran medida de sus raíces taoístas, budistas y sobre todo confucianas, al menos en la época moderna. Este marco social ha asignado tradicionalmente roles muy definidos a mujeres y hombres, en formas algo más rígidas que en Europa o el mundo occidental, formas que todavía perduran, aunque hoy se oculten a menudo bajo ropajes de vanguardia y tecnologismo.
Esta capa de modernidad desconcierta muchas veces al observador, pero también al propio integrante de esa sociedad. De alguna forma, quien conduce un coche, pongamos que coreano, asume que la sociedad tecnológica que lo ha creado es igual de moderna que sus productos, cuando la realidad puede que sea diferente. Conceptos culturales como globalización, democracia, cambio climático, calentamiento global, electrificación, feminismo, etc. unen y cohesionan hoy países muy diferentes, de forma similar a como la religión lo ha hecho a lo largo de los siglos. No es por tanto extraño que estos conceptos culturales tengan también sus catecismos.
Lo que sabe la señorita Kim reúne ocho cuentos escritos en diez años, entre el 2010 y el 2020. Es la década precovid y covid, época de fuerte presión en el mundo femenino para aumentar su presencia en las escalas de poder y representación. Estos cuentos cumplen con esa función, aunque de forma desigual. Hay algunos claramente significados, que asumen un objetivo catequético de forma clara y rotunda. Quizá el más señalado en este sentido sea el titulado Para Hyeonnam (Estimado ex), basado en experiencias reales recogidas de mujeres jóvenes y publicado antes en una antología de cuentos feministas. Se trata de un cuento simple, teatral y bastante panfletista. La carta/cuento es el desahogo y rechazo de una novia a un novio aburrido, carente de sensibilidad hacia ella y con un comportamiento que los anglosajones llamarían patronizing o condescendiente y paternal.
La narradora lo expresa de esa forma tan coreana (no en vano películas como Parásitos o La Isla reflejan esa idiosincrasia que une la protesta con la desesperación) con las siguientes palabras después de que su novio le regalara un traje para asistir a una fiesta: “Me sentí agradecida y apreciada. Sin embargo, debo confesar que no estaba feliz. Es difícil describirlo con palabras, pero lo que experimenté fue como la molestia que provoca un diminuto trozo de carne que se queda entre los dientes y no hay manera de quitarlo: incomodidad, irritación o cualquier otro estado de ánimo parecido.” Es esta molestia continuada pero tolerada, el motor en definitiva de todo rencor.
Pero hay también en esta desigual colección de cuentos algunos maravillosos, sutiles y universales, en los que la autora se olvida de su credo y abraza el ser humano en un sentido integral. Tres son especialmente conmovedores: Noche de aurora boreal, Primer amor, 2020 y Ausente. Por razones de espacio, comentaré solo este último. Trata de un padre de setenta y dos años que un buen día, sin aviso previo, abandona a la familia para vivir su propia vida. La familia al principio lo busca, infructuosamente.
Luego, la hija, espectadora pasiva de la huida, comienza a recibir en la cuenta de su tarjeta de crédito pequeños cargos separados en el tiempo y producto de distintas transacciones. La hija asume que es el padre, hombre reacio a las nuevas tecnologías, quien las lleva a cabo, con un duplicado de su tarjeta que ella le dio antes de su desaparición. De forma que esos cargos se acaban convirtiendo en pequeños mensajes, a modo de cartas postales, que su padre les manda desde su nueva vida. En esta era en la que las únicas cartas que se reciben son ya de los bancos, de Hacienda o de los ayuntamientos, esa conversión de lo banal en poesía es muy de loar.