Nuestro mundo presente se encuentra atravesado por la urgencia, la inmediatez, la constante exigencia de aquello que el sistema demanda, ajeno siempre o casi siempre al individuo y a su función originaria en el mundo. Su encaje como engranaje dentro de la naturaleza, posibilitando que este gran sistema que nos cobija funcione. Progresivamente, el ser humano se ha ido alejando de sus principios, olvidando quién es y dónde está. Parece que no hay tiempo para eso, que otras cosas urgen más. Pero no es cierto. Éste debe reflexionar, interrogarse para encontrar la respuesta de su existencia. Respirar profundamente y dejar de pensar y de hablar sobre aquello a lo que día a día dirige su atención. Esto llevará al silencio, pues puede que las palabras de nuestro pensamiento suenen pero dentro de nosotros. Nos hemos olvidado del silencio, parece que le tenemos miedo. Si el mundo quedase huérfano de sonidos superfluos —un ejemplo lo tuvimos durante el confinamiento—, escucharíamos la banda sonora verdadera de la tierra. Los sonidos naturales, producidos por aquellas cosas que también forman parte —como nosotros— de la naturaleza. Podríamos oír lo que ésta nos quiere decir de igual a igual.
Resulta difícil dejar a un lado cualquier hábito para buscar lo que, pareciendo nuevo, forma en realidad parte de nuestra esencia ancestral. El creador multidisciplinar John Cage se valdría del silencio obligado para el público durante un concierto, dejando que fuese dicha ausencia de sonido la que “escribiese” en directo la partitura de 4’ 33” (1952). Un silencio a todas luces imposible por esa mala costumbre de los seres humanos de no saber vivir en él. El propio Cage demostró la imposibilidad del silencio absoluto cuando, en 1948, entró en una cámara anecoica de la Universidad de Harvard; allí descubrió que, aún en máximo aislamiento acústico, su oído seguía escuchando la “música” de su sistema nervioso en funcionamiento y el de la circulación de la sangre en sus venas.
Y es que el silencio también puede encontrarse compuesto de su propio lenguaje sonoro. Nos habla desde una poética inusual, pero hemos de estar concienciados para escuchar lo que nos tiene que decir. En su último libro, el escritor, Doctor en Filosofía y músico Luis Ramos De la Torre (Zamora, 1956) concibe una auténtica oda a aquello que hace posible la ausencia de sonido/s, apuntando directamente a la naturaleza y a una forma de ser y de estar ajena a la artificiosa identidad que actualmente nos conforma. Conceptos como la contemplación o la serenidad representan actitudes con las que retornar a nuestro espíritu fundacional. Este libro de poemas viene refrendado por otros que han ido construyendo futuro. Sirvan de ejemplo los títulos publicados en Lastura: Lo lento (2019), La serena estrategia de la luz (2023) o La densidad de los números (2023). Retorna a este sello en el presente año 2024 con su último poemario, Lo que funda el silencio, con las enseñanzas previas acumuladas más las que actualmente definen su pensamiento y personalidad literaria.
En el prólogo a la obra, el poeta valenciano Miguel Veyrat apunta algunas pistas fundamentales de lo que el lector se encontrará en Lo que funda el silencio. Todas ellas remiten a lo mágico que pervive en nosotros desde tiempos inmemoriales, dada la capacidad para relacionarnos con elementos fundamentales y cada vez más desatendidos. Serán únicamente unos pocos individuos, los más sensibles para dicha tarea, los elegidos: “Solamente el poeta y los demás artistas que nacen de las distintas ‘formas de vida’ que utiliza el lenguaje, como pintores, escultores, alarifes… sería capaz de construir puentes útiles entre los hombres y las cosas, porque puede experimentar espacios abiertos, grandes distancias y sobre todo abismos —por encima de sí mismo, en su entorno y en él mismo—. Como el propio silencio al que nos pide otorguemos honor y gloria el poeta que nombramos, Luis Ramos”. Para Veyrat, Ramos expresará “esa batalla sorda con y contra el lenguaje por asir la esencia de la condición humana y mostrarla, desnuda, a los hombres”. Así mismo, al final del prólogo es reseñable la opinión que la crítica de arte Catherine Millet tiene de la obra de Ramos: “sus propuestas estéticas, huyen de cualquier característica de la poesía de diseño que se ha intentado, década a década en España […]. Esta es para mí la poesía más libre, el aire más fresco que haya podido respirar […]. Quizá porque atrae a su pausado diástole-sístole el propio respirar de la Tradición, con merecidas mayúsculas, sin exclusiones geográficas, temporales, étnicas, ideológicas, religiosas ni estéticas, cortando el nudo gordiano del supuesto origen de la Palabra en el terrorífico significante genesiaco y sustituyéndola por la Palabra agónica de la Naturaleza. […] ¡La vida misma!” Como podemos ver, se presentan conceptos que ya hemos comentado y que hablan de una poética que Ramos hace atemporal y liga a una especie de espiritualidad profana o mística de lo exterior, asociada a la constitución elemental terrestre.
De establecer un inventario de esencias presentes en Lo que funda el silencio, podrían detectarse determinados conceptos bien interesantes. Uno de los primeros refiere a cómo ese estar en las circunstancias desde uno mismo pone también en relación con los demás necesariamente, generando vínculos que refuerzan al ser social y solidario: “A quien se allega, / a quien conforme a la costumbre / avecina el calor de la amigable, / y se ofrece, y se aposta en cercanía, […] / dale la mano, sí. / Alégrate, / al mundo le cabe hoy / algo de amor y ofrecimiento”. Lo dicho debe siempre ser sincero y cumplir lo que promete: “Que la palabra dada nunca sea / légamo y yesca entre los labios”. De igual modo, la palabra proferida o fijada en papel tendrá un efecto catártico: “Abrir heridas. Urgir grietas. / Escribir. […] // Siempre el silencio será un hilo de sutura”. O: “Del verso nunca sale la palabra ilesa. / Siempre queda una mácula, / una herida”. Igual: “Vivimos al amparo de su sombra, / entregados al verbo, / siempre yéndonos”. Incluso: “Después de tanto vértigo, / […] hagámonos oír, / construyamos sin más la rabia”. Porque “la ruina y el dolor también construyen”.
Si bien el lenguaje se hace fundamental en la comunicación, el pensamiento expresado y la autocomprensión, también tiene peso lo no articulado, siempre latente: “En honor al silencio / ondea el peso de la palabra no dicha, / y en su equilibrio abierto espera. // […] A veces es más denso / el ruido de quien nada dice que el misterio”. Análogamente, ese estar con uno mismo contribuye al propio progreso: “Ofrecerse en vigilia, / guarecer / lo sencillo silente que nos cumple, / el fervor por abrirse y dar el paso”. Siempre es buen momento para esas nuevas etapas: “¿Quién dijo que ahora ya no es tiempo […]? // Cunda la gratitud de un nuevo oxígeno”. La ausencia de palabra no tiene por qué representar la no comunicación. También la expresión corporal está presente: “la retórica de la piel, el habla / silenciosa del tacto dándose”. En ocasiones, lo no dicho y por ello acumulado dentro de nosotros ha de ser descartado, con el fin de liberarnos de lastre: “Siente de nuevo el óxido que salva, / que alivia y alza mientras roe, / su abierto y crucial ofrecimiento. / Líbrate / de todo lo que debilita y te hace vulnerable”. Hay en ello una necesidad de encontrar lo que realmente vale la pena y no obstaculiza nuestro existir: “De candar la trampa del engaño. / De la espera, / del ruido, / de buscar la verdad”.
El núcleo buscado de nuestra condición lo podremos hallar dejando a un lado el mundanal ruido. La mirada como paso previo al conocimiento tiene un fuerte peso en el libro de Ramos: “Podría ser ese verbo, / mirar, / el que llegara / y encandeciese los bálagos del vértigo, / los juncos de la luz. / ¡Bendita claridad!”. En el “trasluz de la mirada / que espera su sosiego” se puede “curtir la vista, recabar / la claridad del camino, tensar / su alud”. Mirar diáfano donde tendrá un importante papel la claridad solar, “turbión de luz hasta los ojos”. Una “aurora” (“cabe en ella sentir lo justo”) que permite al ojo fijarse en esas pequeñas cosas tan importantes del mundo: desde una higuera hasta un pájaro, una araña, un relámpago o un arco iris. “A la pupila alerta le urge aún / estar buscando en vilo”, ayudada por la calma que trae el aire o el agua: “Rocío en alza, alivio. / Amanecer. / El alba es vuelo”. La calma se traduce en “serenidad”, “lentitud”, “entrega minuciosa”, “plenitud” y “hondura” —como las nubes en el azul del cielo— y esto se consigue a través de la sencillez. Cada nuevo día es elegía de la noche pasada, una nueva oportunidad. El tiempo representará otro de esos puntales: “Las manos tientan el pulso del tiempo, / su densidad, / la arteria frágil”. En el “plácido […] mirar” (“siempre mirar, / fijar la vista, / abrir el hueco”) se irá “la vida al vuelo”. El tiempo se traduce en espera pero finalmente “la gratitud que nos alienta / […] siempre acude”. Lo temporal “se desvanece o persiste, / arde en su fragilidad, / hurga en el aire y trae, / lo que funda el silencio”.
La otra cara de la moneda en esa búsqueda silenciosa será lo que tiene de desconocido y nos desazona. Una y otra faceta pueden ir unidas con cierto sentido agridulce. Lo expresa este segundo poema que da título al libro: “Hilos de sombra que tejen su haz, / presagios. / Lo que funda el silencio, lo que espera. / Cunde la incertidumbre”. La presencia de lo vulnerable nos hace humanos: “El oficio de la herrumbre, / las cifras / de la fragilidad, el umbral del ahogo: / números del vacío”. No hay que temer por muy humano que esto sea, sino al contrario, tener fe en lo que llegará e impulsarse en su dirección: “Tensa, / tírale ya la cuerda al aire, / por ver si eres capaz de atar su vuelo. // Funámbula cometa es la ilusión. […] // No pienses más y déjate llevar”. Lo mudable será lo normal, por lo que la adaptación al medio resulta esencial: “Al final ya se sabe que uno se hace a todo”. Esa humildad será fundamental, no dándose nada por hecho o sabido como haría el espíritu arrogante: “Quien olvida el vacío / lo llena todo de sí mismo, / descarta el enigma. // […] Tanta convicción pesa demasiado”. Conocer y comprender a través del silencio: “Si existe aún dentro de ti […], / conserva su orilla, / la harina de su causa. / ¡Muéstralo ya, déjalo ser!” Conocerse a uno mismo para huir de los peligros propios, como en estos versos de aire sartriano: “El miedo son los otros, / las afueras. / Todo lo que pueda confundirnos. // Es posible. / Pero allá cada cual / si decide andar solo entre las fieras interiores. / Allá cada quien preso de su propio extrañamiento. // Ruge hoy la sangre sola y no es de lobos”.
El verbo puede ayudar en el proceso de metamorfosis hacia lo nuevo: “rescatar / de la congoja la palabra, […] hacerla únicamente participar de la sorpresa”. La voz en su “serena proporción” se convierte en “simetría” y “música reveladora” que ayuda en ese suspense vital de lo que está por venir. En esos momentos donde “alta y en vilo” está “siempre, la palabra”, podrá residir algo tan elogiable como el amor: “Ahí está el misterio yendo hacia sí mismo, / reencontrándose, / y el rubor ascendiendo al limbo de los labios”. Un amor que será también sanación, bien si no precisa de la palabra o por contra la hace necesaria, incluso con la ayuda de un “poema salvador”, por mucho que lo que se exprese no sea nuevo: “Alguien podría haberlo dicho antes, / es seguro, / aunque quizás obró de otra manera”. El amor verdadero y expresado hacia los demás hará que sobreviva a las propias personas: “No clausura esta muerte la memoria, / más aún, el amor crece y devuelve / lo vivido, lo dado, / lo sentido”.
Ramos desbroza el poema de lo fútil, deja en esencia la rama, suficiente para la comprensión. El lector siempre puede interpretar, pero no hay lugar al equívoco. De ahí ese misterio que entronca con la sabiduría ancestral: la que observa siempre a lo natural, tanto desde dentro como hacia afuera, ligando ambos espacios. Por ello es poética universal y atemporal, porque convoca a todo público lector de distintas geografías y tiempos. Algo de esa huida del marco temporal, tan propio del ser humano, lo encontramos en el primer poema: “Como si de la estancia, / quisiera huir sin prisa el conjuro del tiempo”. En esencia estamos ante una poética filosófica, es decir, poesía en estado puro.
Es también Ramos poeta exigente por su erudición. Las palabras son escogidas con esmero, se las espera pacientemente como el escritor que es pescador y aguarda el lenguaje preciso —el que menta Azorín—. Son, sencillamente, las palabras que deben ser. Y Ramos lo hace sin hacerse notar, desapareciendo en cierta forma como autor, prescindiendo de todo ego. Su humildad como labrador de versos es elogiable. Términos que pueden haber quedado en desuso para el habla común —y que resultan verdaderamente bellos— como “légamo”, “laya”, “bálagos”, “turbión”, “raigón“, “hilaza”, “herrín”, “greda”, “cíngulo” “fulcro”, “armella” nos demuestran además que el lenguaje debe preservarse, continuar manteniendo un vocabulario de gran riqueza —un nombre necesario para cada cosa— y que contribuye a embellecer la poesía.
En definitiva, Lo que funda el silencio nos reconcilia con lo que debíamos seguir siendo, con una forma de proceder en el mundo necesaria. Desde esa ausencia de sonidos podremos llegar, paradójicamente, a la más alta palabra de la vida.