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El Informe Reid

Ángel Duarte
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aduarteelimparciales/8/1/8/20
martes 18 de noviembre de 2008, 22:58h
Los catalanes hemos protagonizado grandes empresas a lo largo de nuestra milenaria historia. La última ha consistido en elevar a categoría de infamia e insulto a la patria una información periodística. No hemos sido los primeros, ni seremos los últimos, pero, cuando nos ponemos a hacer el ridículo somos muy vistosos.

Me imagino que todos ustedes estarán al tanto del escrutinio al que The Economist ha sometido recientemente a España, toda, y al sistema autonómico, en particular. Es una práctica habitual. Nada raro. Este tipo de empresas suelen ser serias, envían a algunos corresponsales que conocen el idioma del país y éstos acostumbran a entrevistarse con quien les parece que puede facilitarles la información más completa, veraz y plural. Los periodistas recogen materiales y afirmaciones, las contrastan y al redactar su informe, de manera previsible, ponen el acento en aquello que les resulta más chocante

El fruto de la pesquisa es, lógicamente, desigual. No se trata de una tesis doctoral, de una obra académica. Si lo hubiese sido, y me hubiese tocado estar en el tribunal que la juzgase, yo le hubiese dado un notable raspadillo. ¿Por qué? Muy sencillo, porque adolece de un defecto que me irrita sobremanera, lo reconozco. El reportaje, conteniendo verdades como puños, huele, en ocasiones, a orientalismo a lo Gauthier. ¿Qué en qué me baso para hacer semejante alegato? Pues en que Michael Reid regurgita aquello de que el sur de España vivía en los años setenta, a la salida del franquismo, más cerca de África que de Europa y que la práctica de la semiservidumbre era bastante habitual. ¡Pero si la emigración masiva y la mecanización del campo habían roto, desde mediados de la década anterior y con la fuerza de un tsunami, con esa situación! Esto es, simplemente, una bobería fruto del desconocimiento y, probablemente, de la rutina. Concretando, al trabajo le falta un punto de profesionalidad… histórica. Con toda certeza hubiese llegado a idénticos resultados mirando a España sin esos mitos acerca del punto de partida. Mitos que hoy sólo sostendrían el más inane de los hispanistas, el más sectario de nuestros historiadores marxistas o el más indocumentado de los gacetilleros británicos.

Éste es el único inconveniente que le he encontrado al texto. Por lo demás, me parece que Reid se ha limitado a colocarnos delante del espejo. Superando la rémora señalada, el enviado consigue reflejar con precisión algunos de los problemas que soportamos en la España de las autonomías: el despiece del Estado, la adopción de políticas lingüísticas que propenden a la confrontación o a la diferenciación antes que al entendimiento y a la cohesión, el despilfarro burocrático, el clientelismo exacerbado, el lastre que suponen diecisiete comunidades autónomas empeñadas en tratar de tu a tu a la administración central… y más en unas circunstancias económicas inciertas como las que afrontamos. Lo que ya se sabe, o se intuye, o se rumorea.

¿A qué, pues, tanto alboroto con el artículo de Reid? A mi entender, los motivos de contrariedad son dos. En primer lugar, que lo ha dicho en voz alta. Tan alta como para que vicepresidentes y consejeros y consejeras de la Generalitat, en una reacción absolutamente provinciana, se rasgasen las vestiduras. ¡No entienden que The Economist ose publicar el artículo! No lo pueden entender. Se olvidaron que la prensa puede ser independiente y de que debe sostener los argumentos que estima oportunos. Creen, y ese, más allá del caso catalán, es un rasgo preocupante del poder político en España, que las opiniones contrarias son insultos, a su propia condición o, lo que es peor, a la patria. ¿La segunda de las razones? Que haya sido dicho en el extranjero. Los catalanes llevamos tiempo alimentándonos espiritualmente de la convicción de que, como somos tan modernos, en el extranjero nos entienden a poco que nos expliquemos. De ahí embajadas y delegaciones, de ahí viajes institucionales arriba y abajo. Tanto turismo patriótico al traste por un miserable informe. De hecho algún cargo hubo que ya insinuó que el efecto Reid sólo podría apagarse mediante una reactivación de la últimamente alicaída acción exterior. Contra The Economist la consigna parece ser: ¡Que viva el cuerpo diplomático! No han entendido nada.

Ángel Duarte

Catedrático de Universidad de Gerona

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