Las amistades se desintegran. Si tienen un propósito, aparte de confortar y dignificar la relación entre dos o más personas, es el de caer por su propio peso. La lealtad, malentendida, es esa cuchilla que se ha oxidado antes de usar, infectando la carne al segundo si se produjera el roce. La comunicación acaba siendo un ir y venir de males, una decepción compartida que reprocharse sin saber cuál de las partes es más causante o receptora.
Decía Séneca que no hay que interesarse en la cantidad sino en la calidad de los admiradores, pues a veces es molesto no ser del agrado de las buenas personas, pero siempre es bueno no serlo de las malas. ¿Y qué ocurre cuando nuestra vida se ha cimentado en torno a la supuesta admiración, al supuesto respeto que profesábamos y éramos correspondidos del, me reitero, supuesto mismo modo? Que el humor desaparece. El ánimo se cuartea. Lo que podía hacer salvable y respetable el trato entre dos seres humanos se queda en un bufido oscuro, doloroso si es repasado para averiguar qué lo dinamitó y qué felices fueron esos momentos de inocencia, y si fuera el caso, de arrogancia.
En esta novela del estadounidense Mark Haber —autor prácticamente desconocido en nuestro país— que nos llega en traducción del poeta y traductor José Luis Piquero, ni el arte es capaz de enderezar lo escorado.
El abismo de San Sebastián es un lienzo de tamaño menor, de doce pulgadas por catorce, pintado en el siglo XVI por el misterioso conde Hugo Beckenbauer. Es su obra maestra, conservada en un museo barcelonés, donde se custodia entre dos pinturas más de Beckenbauer, de mayor tamaño pero consideradas obras menores o, como afirman los protagonistas, los cuadros del mono, ya que su inferioridad sólo puede ser entendible si hubieran sido pintados por dicho animal. Haber nos hará saber algunos datos más, a través de un recóndito diario, sobre los días finales de Beckenbauer en los que, atravesado por la decrepitud y la enfermedad, pintará su gran obra, sin atisbo alguno ni seguridad de que pudiera permanecer y mucho menos ser cuidada, estudiada y valorada. Venerada, más bien, y esto es gracias a los historiadores y escritores de arte que acabaron siendo los padres adoptivos del tormentoso lienzo.
El narrador y Schmidt, en amor y compañía —lo que pueda permitirse en esta novela— en sus comienzos y luego en pugna durante los años finales, mediante sus respectivas publicaciones exponiendo teorías y posibles significados del cuadro de Beckenbauer, llevarán su contienda hasta las últimas consecuencias. Pero no debemos esperar batallas dialécticas ni sesudos párrafos con prolijas argumentaciones. El abismo de San Sebastián es, ante todo, una novela de humor, y este es negro como sólo el alma humana sabe serlo si le dan carta blanca a su mezquindad, al ego desmedido y atrofiado, a dejarse vencer por los tomas y dacas ingratos y creer que habrá una recompensa y una respuesta que suplan todo el valle de lágrimas recorrido. Sabemos que no. El narrador también, pero igualmente escoge la rendición, sabiendo algo más que Schmidt o poniéndose en su mismo listón de incomprensión absoluta por mor de su verdad, que no es ya más que locura. Recuerda a las mejores de Thomas Bernhard, si este hubiera tenido sentido del humor, claro.
El arte, el mundo de la crítica, los enlaces amistosos y los enemigos que propicia, en esta novela son armas que dejan heridas profundas. Más valdría olvidarse un rato de esas guerras que no traerán promesa alguna, porque ni se avanza a partir de ellas ni las valoraciones que se sacan terminan por demostrar nada concreto. Sólo dejan un rastro de sangre, malas palabras. No lo hacen el narrador, ni Schmidt ni los seguidores de uno y de otro. Se echan a los brazos de ese lienzo que ha sobrevivido siglos por su impenetrabilidad. Ellos no quieren dejar de bordear esos lechos mortuorios en los que se han convertido sus carreras, y es fascinante cómo dos personas se obsesionan tanto por nada, en realidad. Unas veces ese empecinamiento descubre paraísos. Otras, como sucede en estas memorables páginas, hace abrir ‘las simas que uno nunca supo que podrían encontrarse o que existiesen siquiera, más oscuras y más frías y más vastas, más ilimitadas que el fondo del océano más profundo o el firmamento en toda su inmensidad […], lo más alto y lo más bajo, todas las notas del corazón humano.’