Sólo se le puede ocurrir a Nicolás Maduro que el Gobierno español haya contratado a dos sicarios para asesinarle. Pedro Sánchez es uno de los mejores aliados internacionales de Venezuela. Se limita a pedir las actas electorales, pero también se resiste a reconocer como presidente electo a González Urrutia. Y, como se ha demostrado, negoció con el régimen venezolana para acoger al líder de la oposición y vencedor de las elecciones. Sin embargo, el dictador caribeño ha detenido a dos españoles a los que acusa de intentar matarle y de pertenecer al CNI. Se trata, sin duda, de una artimaña más para desviar la atención del fraude electoral. Pero España no puede cruzarse de brazos.
El Gobierno está obligado a desenmascarar la maniobra y liberar a los dos ciudadanos que estaban de turismo en Venezuela. No puede mirar para otro lado, como ha hecho siempre con las trampas y la represión de la dictadura venezolana. Es el momento de que Zapatero, por una vez, se desmarque de Maduro y actúe para aclarar este embrollo diplomático y humanitario.
El silencio de Pedro Sánchez es sospechoso. Evidentemente, no por ser el responsable de haber enviado a dos sicarios. Si no porque oculta el motivo de sus buenas relaciones con el régimen venezolano, como el surrealista viaje de Delcy Rodríguez a España y el trajín de las famosas maletas por el aeropuerto de Barajas. Probablemente por eso, el dictador venezolano ha elegido a España como su nuevo enemigo exterior para tapar el fraude electoral. Insultó al PP por la proposición del Congreso que reconoció a González Urrutia como presidente electo. Pero se indignó de verdad cuando la ministra de Defensa calificó a Venezuela de dictadura.
La acusación de Maduro contra España es ridícula. Pero no lo es que dos ciudadanos españoles inocentes se encuentren detenidos en la cárcel por unos delitos que no han cometido. Ya es hora de que Pedro Sánchez actúe con contundencia y, de momento, haga las gestiones diplomáticas pertinentes para librar a los detenidos y aclarar la nueva farsa inventada por Maduro para permanecer en el poder. Y, más pronto que tarde, como han hecho Margarita Robres y Josep Borrell, tachar a Venezuela de ser una dictadura.