Para describir la debacle de la comprensión lectora de las generaciones actuales nada mejor que esta columna que van a leer. Resulta que alguien que conozco había colgado una foto en su perfil de Facebook despidiéndose de un amigo que había fallecido. En la imagen, salían los dos dándose la mano mientras la persona que conozco, tras mostrar varios emoticonos con caras llorosas, escribía lo siguiente: “Buen viaje, querido amigo”.
A continuación, comencé a leer comentarios de otras personas que debieron conocer al muerto aunque no con la suficiente profundidad. Y paso a explicarme. El primero decía algo así como: “Otra vez, cabrón. A gastarte la pasta. ¿Y adónde vas ahora?”. El segundo, más liviano, sólo comentó: “Cuelga fotos que te veamos”. Pero el problema llegó en el tercer comentario: “Qué, a Cuba otra vez. A meterla. Es que no paras. Es ya la cuarta vez en dos años, ¿o me quedo corto?”.
De pronto, el dueño del perfil tuvo que aclarar que el supuesto viaje de la citada persona no era ni a Cuba, ni a Rusia ni a Santiago de Compostela. Que se había muerto. A continuación, varios de esos mensajes fueron borrados mientras todos los que se escribieron a partir de ahí sólo mostraron sus condolencias.
El mundo se ha convertido en un lugar infantil. No somos capaces de llamar a las cosas por su nombre pero tampoco entendemos una simple metáfora, además, acompañada de emoticonos. Por lo que cuando alguien se muere y una persona desea homenajearlo en alguna red social esta debería o no decir nada o directamente subir el parte de defunción viendo cómo están las cosas.
Y claro, mejor no preguntar si todavía la gente lee novelas de Pynchon, y ya no digamos, El Quijote.