www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Ana María Matute sigue presente

lunes 23 de septiembre de 2024, 17:58h

Hay muchas maneras de admirar a un poeta. Quizá la más común es que sea diferente, pero sobre todo que siempre nos conmueva, porque el hecho poético debe incidir esencialmente sobre la emoción. La otra es la de encarnar un tipo genérico que abarque lo intemporal y aspire a lo universal. En la alquimia del verbo la palabra hasta puede ser el reverso de la realidad y mantener su esencial belleza. Hay veces, sin embargo, que las verdaderas ideas de un poema no son las que se le ocurren al poeta, sino lo que a veces, contra su voluntad, se desprenden de lo escrito. En fin, la poesía está siempre en movimiento y aspira ser vida en palabras.

A partir de los años ochenta del siglo pasado, la poesía femenina empezó a manifestarse con un contenido propio y como una ruptura respecto de lo escrito hasta aquel momento. Las poetas encontraron su propio camino para acabar con un ideal estético por el que habían sido sublimadas y hasta suprimidas del arte de la palabra. A partir de entonces el rol de la mujer en la poesía empezó a ser esencial y a proyectarse más allá de su condición femenina; salvo aquellas que el éxito momentáneo las llevó a resignarse al best-sellers, o a participar de frívolos congresos que nada aportan a la creación.

Hay poetas mujeres que cambiaron nuestra forma de entender la literatura y me detengo en algunas referencias que yo considero imprescindibles de este o del otro lado del Océano. Pienso en sor Juana Inés de la Cruz y Carolina Corona, en Rosalía de Castro y Rosa Chacer, en Gabriela Mistral y Alfonsina Storni, en Carmen Conde y Olga Orozco, en Silvina Ocampo y Ana María Matute, en Alejandra Pizarnik y María Elena Walsh, en Gioconda Belli y María Rosa Lojo.

Aquí me doy cuenta que acaso he cometido la imprudencia o la torpeza de ofrecer nombres y, por lo tanto, el pecado de omitir a nombres a su vez, ya que hubo y hay, sin duda, otras poetas tan notables como las nombradas; pero dejo a mi lector el espacio abierto para que las incluya y se siga enriqueciendo nuestra literatura de lengua española con la presencia femenina. Eso sí, aclaro, que rechazo la palabra “poetisa”, y recuerdo algo que me dijo Pablo Neruda mientras caminábamos a orillas del Pacífico en Isla Negra: “abundan las poetisas por todos lados; yo conozco a muchas, pero hay muy pocas mujeres poetas”. Ni qué agregar que reniego del vicio menos social que ideológico de la palabra “inclusión”. Nuestra precavida lengua española desde hace cientos de años, nunca ha dejado de considerar los géneros, y menos aún de incluirlos. Completo diciendo que soy de los que piensan que en campo de la literatura se es o no se es poeta y que esa sagrada palabra es insuperable y preciosa y va más allá de lo masculino o femenino.

Pero el propósito de este comentario está destinado al humilde homenaje a una de las poetas mencionadas y fijo territorio en ella. Descubrir a Ana María Matute, poeta de la prosa y de la ternura, me ayudó a encontrarme con una obra sensible e intensa que me sería de permanente asombro y cobijo en demasiados casos, refirmando mi pasión por la literatura, por cualquier forma de literatura.

Recuerdo que todo empezó en Madrid, allá por el año 2005, cuando fui invitado a la Feria del Libro donde se le rendía un homenaje a Ana María. Yo la había conocido unos años antes cuando acompañando a Jorge Edwards nos encontramos con ella para tomar un café en Barcelona. Al acercarme para saludarla, se acordó también de otro encuentro que tuvimos en la Biblioteca Nacional de Madrid, cuando la dirigía nuestro común amigo, el muy querido y admirado Luis Alberto de Cuenca. Fue en ocasión de un homenaje a Jorge Luis Borges en el que ambos participamos de la mesa.

Ana María, además de ser una mujer brillante y encantadora, era la dulzura personificada. Una conversación con ella no dejaba nunca de ser enriquecedora. Después del homenaje, fui invitado a una cena y me pidió que me sentara a su lado para seguir conversando. Contrariamente a mucha gente de la literatura, de Borges ella prefería su poesía más que sus cuentos. Adoraba a Anton Chejov y tenía devoción por Julio Cortázar, a quien vivía releyendo (cuando se lo comenté a Julio, me pidió su dirección para escribirle y a partir de allí nació entre ellos una epistolar y sólida amistad); su coincidencia con Borges se daba en la devoción por Robert Louis Stevenson, a quien consideraba uno de los genios más fabulosos que dio la literatura de todos los tiempos, y la sorprendió cuando le conté que yo traduje con Borges las Fábulas del genio de Edimburgo, que aún no se habían vertido a nuestro idioma, y que le haría llegar el libro. Nunca terminó de agradecerme.

La última vez que estuve con ella conversamos largamente sobre don Antonio Machado, uno de sus poetas predilectos. Ana María había conocido a su hermano Manuel al que recordaba como un fino poeta, y especialmente como un dandy seductor; pero de su memoria brotaban incontenibles los reveladores versos del hermano Antonio. Conversamos sobre el autor de Soledades y se asombró hasta las lágrimas cuando yo le recité en su oído algunos poemas del prodigioso Machado. Entre ellos los alejandrinos, que luego musicalizó espléndidamente Joan Manuel Serrat, agregándoles su propio talento para hacerlos famosos en el mundo:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,

más recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario…

Cuando dije de memoria los versos se humedecieron sus ojos. Me confesó que la poesía de don Antonio evocaba su propia infancia, la época más feliz de su vida, donde ella misma se veía reflejada. “Eso sí -me aclaró-, siempre con la cabeza metida en los libros; leyendo, releyendo y asombrándome con aquellas historias que me llevaron a inventar mis propios mundos imaginarios”. Ahí entendí su admiración casi sagrada por Stevenson.

Me contó luego que su infancia se caracterizó también por los largos veranos pasados en Mansilla de la Sierra, un municipio perteneciente a las 7 Villas, enclavado en la comarca del Alto Najerilla de la comunidad autónoma de La Rioja, donde disfrutaba con sus hermanos de la vida salvaje del campo, aprendiendo a relacionarse con niños muy diferentes a ella. Ana María fue la segunda de cinco hijos de una familia de la burguesía catalana, conservadora y religiosa. Su padre, don Facundo Matute, era un emprendedor empresario fundador y dueño de la fábrica de paraguas Matute S.A.,​ vendidos en toda España, y su madre fue doña María Ausejo Matute, a la que recordaba como “la mujer más tierna de este mundo”.

Y fue en esa infancia donde eligió quedarse como escritora, y componer maravillosas novelas y cuentos partiendo de esas emociones. Historias cuyos protagonistas fundamentales tuvieron algún acercamiento a los duendes del bosque que ella misma visitara de pequeña, y en las que se aparece la magia que descubrió en aquel cuarto apenas iluminado con un terrón de azúcar. Ana María fue una escritora que a través de la lucidez, que nunca dejó de asistirla, realizó una rotunda defensa de la infancia, los sueños y la vida. Tal vez la más conmovedora.

En mi caso Ana María Matute es una de esas escritoras a las que vuelvo con cierta inagotable constancia. La ternura, belleza y sensibilidad de su prosa poética me ayudan a recuperar mi propia infancia y hacer de la vida un largo juego que, como diría su admirado Stevenson, debemos seguir jugando en la adultez “con la seriedad con que juegan los niños”. Porque el ser humano, con sus defectos y virtudes, es un niño que nunca termina de crecer.

Ana María, artista por donde se la mire, también era dibujante, pero nunca pude ver los originales de sus dibujos. Estuve a punto de hacerlo en una de las oportunidades en que visité a mi hija en Girona y a mis nietos catalanes, pero un viaje imprevisto me impidió ese placer de encantarme en su estudio. Me he enterado ahora que en el Instituto Cervantes, se están exhibiendo en este momento esas obras. Felizmente el 15 de octubre pisaré Madrid, y ese mismo día, sin falta, visitaré el salón donde se exhibe su obra para disfrutar de esta faceta menos conocida de su extensa calidad artística.

Leo en La mirada actual, el bien informado y prestigioso block digital de Julia Sáez que la exposición se titula “Ana María Matute. Quien no inventa no vive”, y ofrece un exhaustivo recorrido por su vida y su obra plástica. El trayecto está dividido cronológicamente en cuatro etapas, referidas a su infancia, juventud y madurez (que refleja a su vez la terrible depresión que arrastró durante aquel período) y a su renacer.

Cabe tener en cuenta que Ana María Matute, fue la creadora de mágicas historias, como “Los hijos muertos”, que me toca muy de cerca por haber perdido a dos hijas. Cuando se habla de una literatura infantil no faltan los que muestran prejuicios contra sus artífices que, a pesar de apostar por el realismo, son conscientes de que en el sendero de la creación estética es imposible olvidarse de la fantasía ni de la realidad como invención.

Para el poeta Luis García Montero, director del Instituto Cervantes, la apariencia de “fragilidad y ternura puede llevar a engaño, puesto que se trataba de alguien que iba por la vida muy segura y firme, sin confundirse con la soberbia y el elitismo”. Coincido con esos conceptos. El director de la institución también nos informa que ese momento de la censura la llevó a nuestra escritora a concebir el libro Luciérnagas, ahora reditado después de años sin volver a publicarse. Descuido editorial que al fin ha sido subsanado.

Si bien Ana María ha sido reconocida por sus novelas y sus cuentos, desarrolló un gran interés por el género breve y construyó un importante universo de relatos con gnomos, duendes y elementos fantásticos. Ella entró en el universo literario, me dijo, a través de los cuentos que le narraba “su tata” y la cocinera de la casa de sus padres; también recreo las historias de Perrault y los Hermanos Grimm. Cuentos le dieron otro sentido a su vida; en especial, porque le hicieron ver que “dentro de la realidad real hay otra mucho más importante, poblada de palabras y de aventura”, hasta quedarse en el fabuloso mundo de la literatura. Y para siempre.

Ana María Matute Ausejo, nació en Barcelona, 26 de julio de 1925 y se sumó a los más el 25 de junio de 2014. Fue miembro de la Real Academia Española y en 2010 obtuvo el Premio Cervantes. Su voz, que sigue presente, fue una de las más personales de la literatura española del siglo xx y es considerada por muchos como una de las mejores poetas de la prosa española de posguerra.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (13)    No(0)

+
1 comentarios