El 4 de octubre de 1824 se promulgó la primera constitución mexicana de carácter republicano en el México independiente. Nació así la primera república federal, la llamada “criolla” que era extremadamente excluyente, favoreciendo a la minoría blanca, inspirada en algunos rasgos a los vecinos Estados Unidos, copiando hasta el nombrecillo oficial, Estados Unidos Mexicanos, frente al que yo preferiría que mi país portase el de República Mexicana, como todo niño alude al pedir un mapa en las papelerías de México.
En todo caso, la República cumple dos siglos en México. Ya es bicentenaria.
Quedaron atrás el periodo virreinal español, el efímero Primer Imperio y la Regencia resultante de su caída. Por delante, habría distintos modelos de república hasta la actual que responde o deriva de la Constitución vigente dictada en 1917, resultante, a su vez, de la Revolución Mexicana.
Este bicentenario importa porque supone a los interesados diletantes no solo refrendar esa vocación republicana que resistió en América el embate monárquico que supuso el II Imperio mexicano apoyado por las bayonetas francesas, y, fracasadas en su intentona, con exabruptos, no ha conocido un golpe de Estado desde 1913 y un presidente asesinado, desde 1920. La estabilidad política mexicana, anclada después en el predominio del PRI, predominio roto en 2000, afianzó la institucionalidad que, a tirones y empujes –normal en el devenir democrático, republicano, no exento del debate álgido y del vaivén resultante de las urnas o la estridencia propia de la libertad de expresión– deja una república afianzada, no carente de severos desafíos.
Ya después, el 10 de octubre de aquel lejano 1824 asumió el cargo como primer presidente de México, Guadalupe Victoria, uno de los próceres de la Guerra de independencia mexicana. Y encabezando un listado prolongado hasta nuestros días, este 2024 ve el ascenso de la primera mujer, Claudia Sheinbaum, quien llega a la presidencia de la República entre las opciones políticas que incluían en la boleta electoral a otra mujer y a un varón que se coló de últimas y que hubiera sido mejor no hacerlo en una elección entre mujeres, como terminó siéndolo, porque, bien apunta Claudia Sheinbaum, es tiempo de mujeres.
Por lo pronto, me limitó a señalar que el triunfo de Sheinbaum y su toma de protesta este 1 de octubre supone el culmen de más de cien años de lucha de las mexicanas por el espacio público, por el reclamo permanente de que el acceso al poder es y debe ser paritario, de hombres y mujeres, de mujeres y hombres, da igual. Llegar a la presidencia se intentó desde la derecha y desde la izquierda, consiguiéndola esta última. Supone un logro rotundo en el mundo y la cultura iberoamericana, un paso dado por México tardíamente, comparado con el acceso de las mujeres iberoamericanas a las máximas magistraturas de sus países, iniciando en 1974 en Argentina. Pero se llegó. Por el peso de México, era ya ineludible.
Cabe puntualizarlo: me agrada sobremanera que México impulsara y consiguiera colocar a una mujer en la presidencia de la República antes que los Estados Unidos, en donde, coyunturalmente, ahora mismo se apuesta a esa posibilidad con Kamala Harris. Si lo consigue, enhorabuena, pero en todo caso México fue primero y tiene relevancia el suceso, porque así evitaremos la burda posición de algunos “observadores” en afirmar que de haber sucedido al revés, primero los yanquis y luego nosotros, México habría impulsado a una mujer a la presidencia por imitación o siguiendo una suerte de ejemplo impulsor y así se iría al garete la intrincada, compleja, enrevesada trayectoria que ha significado la lucha de las mujeres mexicanas por escalar el espacio público. Cada país tiene su propia dinámica. Nadie copia a nadie y en dado caso, esta vez es México el inspirador al vecino de la posibilidad de conseguirlo o, al menos, fue el primero.
Sí, el reto de la agenda resulta todo un tema, sin que la nueva presidenta de muestras de arrostrarse, amilanarse, afrontando de consuno las complejidades y los desafíos que entraña. Ya veremos qué arroja su sexenio. Es una página en blanco y no merece elevarse columnas de humo ni jugarle al oráculo. Para todos los mexicanos es un aprendizaje, partimos de cero al no existir precedente similar en nuestra historia. Al final, en democracia, el paso dado de encumbrar a una mujer siempre es formidable, siempre es una oportunidad excelsa. México ha dado el paso y me congratulo de ello. Al final, quedarán los hechos, no los sentimientos. Y que nadie lo olvide. Ya encarrerados, me gustaría que en España suceda pronto ver a una mujer en la jefatura del gobierno. Nombres, nombres, nombres y voluntad política en los partidos para que acontezca.