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TRIBUNA

Ratas

sábado 05 de octubre de 2024, 18:53h

El otro día un amigo me decía que él no podría vivir en Bali por el miedo que tiene a ser mordido por una serpiente o recibir el aguijonazo de un escorpión. Para tranquilizarlo, le aseguré que hace cosa de un año yo padecí el segundo ejemplo que él me acababa de citar y que aquí seguía: vivito y coleando. También le aclaré que yo la mayoría del tiempo resido en Denpasar, que es un ciudad asfaltada y llena de casas, lejos de las postales con las que se asocia a Bali. Que sí, que de vez en cuando te encuentras en medio de arrozales, y que incluso urbanizada, por la ciudad corre el agua a discreción, y que por ello los árboles, las flores y las plantas brotan tras agrietar el asfalto, tantas veces obsoleto, mostrando un verde constante entre el violento tráfico; que se escucha el cantar de los pájaros y que antes nos mataría la contaminación que una pitón.

Cuatro noches después me disponía a apagar las luces de casa para ponerme a dormir. Como si de un militar me tratara, verifiqué si el gas estaba cerrado, si los gatos estaban localizables, si dispondría de agua suficiente para pasar la noche cuando además repasé las habitaciones, que fue cuando en sombra creí ver una especie de hoja gigante, como seca. Pensé en los gatos trayendo a casa todo lo que pueden, cuando al dar la luz descubrí que incluso a los cincuenta años puedes sentir cosas nuevas. Porque aquello que yo creí hoja en realidad era una rata de tamaño XL, aparentemente muerta, de bigotes llamativos con una cola larga como un funeral. Tras gritar –porque cuando uno se topa con semejante bicho la primera reacción sólo puede ser esa–, me acordé de Daniel Sancho descuartizando como si nada y yo allí metiendo berridos a eso de la medianoche mientras me agarraba el corazón, por si fuera a salirse, tras aún no saber si el bicho estaba muerto o camino de.

De pronto, me di cuenta de lo complejo que es sacar cadáveres de una casa. Aquello debía pesar y yo, por supuesto, no iba a ponerle la mano encima. Por lo que apoyándome en la escoba utilicé el recogedor, al principio, como un contenedor descapotable, para que llegando al arroyuelo encauzado de detrás de casa, utilizarlo como catapulta, momento en que la rata, por fin, desapareció de mi punto de mira. Volaba.

Luego traté de dormir pero sólo pensaba exagerado, asumiendo que esa rata muerta hubiera dejado descendencia. Por lo que me levanté a revisar la habitación donde la encontré además del resto de las estancias. Enloquecido, me puse la canción Rats del único e inconfundible Syd Barrett, que en vez de como nana, me valió para ver cómo daban las tres de la madrugada y yo allí, a lo Hitchcock, pensando en una invasión de roedores de todos los tamaños que ríete tú de la pandemia por el virus chino

Finalmente se puso a llover. Que aquí llueve como en España lo hace una vez cada década. Que mientras allí se abren telediarios aquí, al menos, el cauce del arroyuelo mejora y la rata muerta es llevada por la corriente. Y entonces sí, pude ponerme a dormir.

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