No haber sido padre te exime de tratar de entender a los niños, incluso cuando son de tu pareja. Ella, de nueve años –aclaro que la niña; mi pareja tiene 45–, y bajo mi punto de vista, hace lo que le da la gana. Y yo sufro, qué quieren que les diga. Sé que educar a un menor debe ser durísimo, sobre todo cuando tú eres la madre y aceptas chantajes y demás situaciones que a mí, cuando las visualizo, me dejan atónito. Pero para mí, que vivo lejos del epicentro de haber traído descendencia a este mundo, padezco cada vez que observo las interminables injusticias que, en general, los niños cometen contra sus padres y que son aceptadas por estos últimos como si tal cosa.
En el caso de esta mozuela, uno de mis mayores padecimientos era verla despertar continuamente a los gatos sólo porque ella quería jugar. El que tenga felinos en casa comprenderá lo que estoy diciendo: si están durmiendo es mejor dejarles descansar, y cuando se despierten, uno ya puede interactuar con ellos. Pero no. A la niña le parecía mejor hacerles perder su sueño porque sí, incluso tras numerosas advertencias que siempre fueron ignoradas por su parte.
Esta acción profusamente malvada la ejecutó la niña del orden de ocho veces diarias durante los cuatro días con los que nos agasajó con su visita el pasado fin de semana, que siendo fiestas en Bali, le permitieron estar lejos de su día a día escolar. Lástima que los gatos padecieran su llegada. Como les decía, se lo dije unas seis veces, gastando fuerzas, tiempo y saliva mientras trataba de explicarle que cuando un animal está durmiendo hay que dejarle descansar. Pero a ella le daba igual. Se lo comenté a la madre para que se lo explicara en su lengua vernácula, y la niña hizo caso omiso cuando la madre ídem.
Como estos días ando excitado por mis asuntos literarios, me acuesto un poco más tarde de lo habitual. Y la última noche, cuando la niña resplandecía dormidita agarrada a su peluche, encendí la luz –serían las dos de la madrugada–, la zarandeé y le coloqué ambos gatos sobre su cabeza. Que no le eché un jarro de agua fría por si me denunciaba la madre. Y claro, tristemente su reacción no fue positiva. Que se puso a llorar, vamos. Y la madre se levantó y preguntó que qué había pasado, y yo le dije que los gatos querían jugar con ella.
En la vida no hay nada como probar de tu misma medicina. Al día siguiente, que fue el día que gracias a Dios se largó de casa, ni una sola vez despertó a los gatos cuando dormían, esperando a que ellos comenzaran a caminar para poder jugar con ellos.
Desconozco si mi acción antropológica ya está patentada, o quién sabe, si podría considerarse ilegal, pero me siento orgulloso de mi capacidad para educar a niños los cuales, afortunadamente, no son los míos.
Mientras escribo, mis gatos se estiran tranquilos en el sofá alejados por completo del terrorismo que emiten muchos infantes a los que sus padres suelen tratar como los reyes de la casa.