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DESDE ULTRAMAR

De la película Hispanoamérica

Marcos Marín Amezcua
jueves 24 de octubre de 2024, 18:54h
Actualizado el: 24/10/2024 21:06h
Luego de ver la película Hispanoamérica, no puedo estar más en desacuerdo con una frase que promueve en su página oficial: el ser una "visión renovada, veraz y visualmente poderosa". La cinta de una hora con 55 minutos es buena desde el punto de vista técnico, que ya luego el mensaje se vuelve un chirriante baturrillo sin pies ni cabeza, revuelta en su trama, inconexa, con impresiciones importantes, desde el título mismo, vago, disperso a juzgar por el contenido y la finalidad o el afán que persiga la obra. Tal vez, eso solo refleja nuestro talante hispánico. A saber. Evade hablar de Hispanoamérica, lo cual resulta un inexplicable accidente y una atronadora paradoja que demerita el resultado. Apostillemos, entonces.
Pues sí, mire usted, no es lo mismo Hispanoamérica, el concepto actual que nombra la peli, que el de América española, el colonial. Y si quiere, vayamos a la herencia común generada. De ser así, hay la América hispana, que evoca, esa sí, la herencia común y con una historia común que no se ha contado completa con el concurso serio de ambos lados del Charco y es la que, de cuando en cuando por esa omisión, genera polémicas y rencillas en ambas orillas del océano. La cinta prima visiones de ambas orillas, pero unilaterales, sesgadas, y, sí, tramposas, que empobrecen el reconocimiento de la historia común. Yo no digo que sean narrativas de mala fe, quizá. Simplemente, es errático y mantienen y alimentan equívocos vigentes hasta hoy – como esta cinta que solo acoge a la innecesaria y casposa leyenda rosa– aprovechados en todas partes, en todas, por quienes les agrada torcer la Historia y en ello hay muchos iberoamericanos por la labor y que han crecido con la mitad de la historia contada, sea la enseñada, sea la que solo quieren conocer y eso sí es grave. La peli excluyó opiniones discordantes al eje de vanagloriarse de una herencia común planteada de forma muy celestial, rudimentaria y sin un atisbo de autocrítica. Vale, cada quien.
Estamos, modestia parte, quienes por el contrario y así clamemos a veces en el desierto, seguiremos insistiendo en desmontar leyendas negras y leyendas rosas, ya no digamos las infumables leyendas doradas que también sobran y mucho por pretensiosas y falseantes. Y desmontar unas u otras lo entendemos no como quitar una, para plantar otra. Compleja tarea, pero no es imposible. Miramos al pasado con sosiego y valentía para contarlo completo. ¿Conquista? Con matanzas y universidades, con colonización e imposición y así. Lo bueno y lo malo con la mirada actual y la que haga falta y sin falsos pudores muy facetos. Punto.
Ahora, la película en comento no es un examen de historia y dudo que pretenda serlo, pero sí debiera ser precisa. El concepto Hispanoamérica no existió durante los 3 siglos de dominación española ejercida sobre América continental. Dejamos ‘dominación’ ¿o también lo sometemos a cuestionamiento con valores modernos? Incluso, hay quien aventura que existió primero la idea de ‘Iberoamérica’ atribuida al excelso español José Blanco-White, cuya obra y pensamiento deberíamos de estudiar con más ahínco en ambas orillas del Charco. A este filme habría sido mejor titularlo Iberoamérica. Expresión más incluyente, más rigurosa y toral.
Hispanoamérica no es un concepto tan antiguo si por tal entendemos repúblicas independientes de España. La otra sería la América española que se componía de virreinatos y capitanías y que se diluyó entre 1808 y 1898. Aun si se trataba de exaltar lo que une, es erróneo callar que Hispanoamérica es la surgida sobre todo, de las independencias frente a España –esa ruptura explica mucho más el concepto que intitula la peli, que la conquista española o el viaje colombino, porque dejó de ser América española para ser América hispana e Hispanoamérica – y tales independencias son el origen directo de anhelos, atrasos, avaces y realidades actuales, explicando con ellas mucho más la idea de la Hispanoamérica actual que se forjó de la suma de sus identidades y particularidades adyacentes, rupturistas, y no solo proviene de los magníficos exponentes que la película enfoca limitándose a la arquitectura catredralicia barroca, habiendo tanto más que la conformó. Los cineastas se vieron muy limitados en sus referentes.
Si es una historia común, pues sin España, Hispanoamérica no se entiende, entonces cuéntese bien, con todas las voces, por discordantes que resulten, no con visiones unilaterales como en la cinta, dado que Hispanoamérica es un concepto plural, no unidireccional ni puede plantearse a modo como en la peli.
O, la otra, se abordan los tres procesos formativos con valentía y objetividad –conquista, coloniaje e independencia– sin leyendas negras, pero tampoco con puras leyendas rosas o no se entenderá mejor qué es Hispanoamérica. ¿Qué van solo por el resultado? ¡Uyyy! pues es más rico y complejo que la trama de la cinta, que va de una mirada muy unilateral, simplista y superficial. Ha de contarse una historia común en dos vertientes, de ida y vuelta: España-América hispana y entre los propios países hispanoamericanos, donde por fortuna hace ya años que en muchos de ellos, México incluido, se cuentan tres raíces: española, indígena y negra. La película se calla inexplicablemente la tercera raíz, la invisibiliza, mientras exalta las catedrales católicas. Qué lástima, con lo rica, aportante y potente que ha sido la raíz negra a la quintaescencia hispanoamericana. Y una historia común implica oír muy probablemente a varias versiones, aunque choquen y no gusten. Tolerancia. No sucede ese contraste en esta película. Oportunidad perdida. Traer a cuento que los ingleses fueron peores es distraer el punto y es muy soso.
Así como es impreciso hablar de Conquista de México al no existir México en 1521, bien afirman historiadores en ambas orillas del océano. Añado: como no corresponde una estatua a Cortés en México como conquistador de México, porque ni México existía y hoy en ambos lados del Atlántico no faltan historiadores serios que sostienen que sin la contribución indígena mayoritaria, no se hubiera conquistado Tenochtitlan; y hasta atribuyen aquella rendición más a las enfermedades y no a los soldados españoles ni solos ni acompañados. Ergo, si se mantiene esa idea tan válida como otras que endiosan a Cortés, mata toda queja o reproche vigente a la ausencia de tal estatua a Cortés en México. Todo dígase.
No sé qué tan meritorio sea que los testimonios en la peli reducen esa “mirada renovada” al invocar espacios comunes y muy sobados, evadiendo lo importante. Los temas escabrosos como que América se independizó de España. ¿Ocurrió al revés? pensémoslo. Que si se zapatea en el flamenco, que si el cajón en tal es de origen peruano, pasa corriendo por las independencias hispanoamericanas que son la esencia de la naturaleza de tales países… y sí, yo no habría buscado ni a Krauze ni a Zunzunegui.Yo. Cada quien. ¿No tenían mejores referentes? Acertado incluir la sensatez de la historiadora mexicana Guadalupe Jiménez Codinach, historiadora de cepa, respetabilísima ella sí. Recordé mis charlas con ella.
Total, la cinta me ha quedado tanto a deber. Me habría gustado ver más detallada la participación de España en la confección de Hispanoamérica, en vez de tanta alusión al baile y al zapateado, que Hispanoamérica es mucho más que eso, es bidireccional. Registra desde revoluciones agrarias o socialistas a jefas de Estado elegidas y migración imparable. Es mucho más compleja que dedicarle un amplio espacio al baile. De allí proviene la pobreza discursiva de la cinta. Cabía reconocer que sin Hispanoamérica, España tampoco la tuvo fácil estas últimas dos centurias. Nadie la tuvo fácil y subyace en la peli el discursillo de tapadillo muy trillado de solapado reproche al independentismo forjador de naciones y sugiere que juntos, bajo el dominio peninsular, habríamos estado todos mucho mejor. Sin visos de que aquel dominio, siquiera, evolucionara. El 98 es la prueba de que eso no sucedería, con derechos limitados, escamoteados y tardíos a Cuba. Así fue.
La peli es un esfuerzo loable, sí, que deja muy mal parados los insultos de Pérez-Reverte al presidente mexicano por revisar el pasado. La cinta clama inteligencia, no insultos. La inteligencia no necesita que nadie los profiera. Una cosa es la crítica acre, mordaz, feroz, otra es el insulto y siempre es reprobable y cavernícola y degrada a quien lo profiere. Lástima por Pérez-Reverte. Paso de él hace ya rato.
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