Aparece de improviso, cuando menos la esperas. En mitad de los silenciosos bosques o acariciado por la apacible lumbre, la oropéndola descubre su discreta presencia con un breve y agudo silbido. Destaca sobre las discusiones de gorriones y el grave refunfuño de las palomas torcaces. De vez en cuando, una urraca picotea las últimas gramíneas salvajes que intentan resistir a la impertinente llegada de la humedad y el frío. Es en ese momento cuando la lectura se amansa, el teclado deja ser importunado por los dedos y la mirada regresa hacia la pantalla que nunca debería haber dejado de admirar: la naturaleza.
Por donde vivo suele pasearse una oropéndola europea (lo más probable es que sea una Oriolus oriolus L., pero no soy ornitólogo ni un aficionado de la observación de aves). Su peculiar trino la delata. Cuando ella canta –por el timbre reconozco que es el mismo espécimen–, las demás aves guardan silencio, como si admirasen su armónico tono de soprano. Nos acompaña un rato y, más tarde, desaparece, devolviendo así a las urracas, gorriones, cuervos y palomas la hegemonía del paisaje ibérico de interior.
La poeta estadounidense Emily Dickinson (1830-1886) sí que fue una apasionada de las aves. Gustaba del contacto íntimo con la naturaleza y de la observación de la exuberante vida animal y vegetal que prolifera en el área noreste de los Estados Unidos. Nueva Inglaterra mantiene un frágil equilibrio entre urbanidad y bosques fríos, húmedos y calmos, forma una suerte de oasis que anima a la serenidad y a la introspección. La vida serena –que no paralizada, es decir, la vida a su debido ritmo– es una ambición difícil de hallar en países como España, salvo en el riguroso norte del país o en algunos valles pirenaicos que me abstengo de enumerar para protegerlos de un devastador turismo de masas.
Lo comentaba con mi querido amigo C. hace unas semanas, que se encontraba por motivos de trabajo en el estado de Nueva York. Cuando días después me sumergí en El secreto de la oropéndola, que Dickinson sitúa en esa área geográfica de nuestro bello mundo tracé un puente mental entre Nueva York y la oropéndola que nos visita de vez en cuando en España. En el siglo XIX, la vida sencilla que ofrecían las boscosas tierras de Massachusetts, donde coincidieron Dickinson, Emerson y Thoreau debió de ser más rotunda y liberadora que en nuestros prolíficos días, según la necesidad espiritual y psicológica de cada cual.
Dicho esto, El secreto de la oropéndola reúne cuarenta y siete poemas donde la célebre escritora norteamericana esbozó la vida en la región a través de la rutina de las aves. La naturaleza cobra un absoluto protagonismo en este poemario intenso, claro en su lírica y bello en el juego de imágenes. Estos aspectos son clave en la literatura de Dickinson y en su grandeza como poeta. Sus poemas llegan porque, sin olvidar la esencia de la poesía, que consiste en abarcar la esencia primera y objetiva de las cosas desde la intensidad subjetiva del pausado análisis del poeta, fue capaz de llegar a sus lectores sin rodeos innecesarios ni un simbolismo indescifrable. Creo que bastará un brevísimo poema de libro, titulado El alba, para dar buena fe de la virtud de la que estoy escribiendo: «Abro todas las puertas, / pues no sé cuándo va a llegar el día;/ ni sé si tiene plumas, como un pájaro,/ o tiene olas quizá, como una orilla».
Aunque la voz poética se sitúa en la autora, huyendo de la cursilada que suele implicar humanizar el comportamiento natural, ella, y el lector, pasan a un segundo plano. Dickinson nos convierte en espectadores de la belleza y del secreto que esconden las frágiles aves, con su vida acelerada y discreta, pero compleja y digna de admiración. Sólo la tormenta y la luz del sol y la quietud revitalizante de los bosques y las aves que revolotean y se esconden entre el follaje representan la verdadera vida. En comparación con la naturaleza en movimiento, el ser humano urbanita habita la falsedad. Su existencia está fabricada. El mínimo contacto con la naturaleza es al que nos invita Dickinson: mirarla, dedicarle algunos minutos al día para entregarnos a su contemplación y mantener un equilibrio entre pertenencia y nuestra también natural actividad humana.
El sello madrileño Nórdica Libros acaba de publicar en castellano El secreto de la oropéndola en una mimada edición bilingüe y en tapa dura. La traducción corre a cuenta de Abraham Gragera, mientras que las ilustraciones las firma Ester García con una delicadeza y pertinencia que convierten su trabajo y el resultado final en una delicia. Adolezco únicamente la estridencia, a mi juicio, que supone reunir la versión original en letras rojas en las páginas finales del libro. Una costumbre que había observado en otras traducciones de clásicos de la editorial y que quizá debiera realizarse con letra de otro color y sin abusar de la letra cursiva. Pero quizá soy yo y estoy refunfuñando, con el puño en alto, como el bueno de Abe Simpson, después de haber disfrutado de la inmensa belleza que alberga esta edición. Les recomiendo hacerse con ella que bien merece el adjetivo de «maravillosa». La gozarán y enriquecerá su sentido lector.