Ottessa Moshfegh es una escritora estadounidense hija de la emigración: de madre croata y padre iraní. Nacida en Boston en 1981, es la suya una voz de la conciencia del mundo desde ese centro que todavía es aquel país. Desde Norteamérica y como americana ha difundido un nihilismo literario en que el desgarro emocional dirige a sus personajes, fundamentalmente mujeres.
Su obra ha recibido galardones importantes. En España ha publicado todos sus libros con Alfaguara desde 2017 en que se dio a conocer con Mi nombre era Eileen, de la que se ha hecho película recientemente. Mi año de descanso y relajación que se publicó en 2019 es la obra que más fama le ha dado; en ella, una mujer decide pasarse un año durmiendo, es decir, desconectada del mundo. Si Eileen era ya una mujer con un trasfondo emocional muy duro, en Mi año… persiste la escritura de Moshfegh en la denuncia del mundo en que vivimos.
Sin embargo, se acaba de presentar McGlue, que en realidad es su primera novela, publicada en 2014. Esto ocurre cuando un escritor al que leemos gracias a la labor de los traductores funciona comercialmente. De manera que ahora tenemos entre manos una obra previa a todo lo conocido. Una lectura acronológica que resulta sorprendente.
McGlue es una novela que no parece un debut literario; tiene tanta o más fuerza que sus obras posteriores, y además rompe con los vínculos mujer-actualidad-nihilismo que impregna los personajes que le conocíamos. McGlue es el monólogo de un marinero borracho. Monólogo que escribe a manera de confesión pedida por su abogado para determinar qué sucedió y su participación, o la conciencia de su participación.
Es una historia que se sitúa a mediados del siglo XIX, en la localidad de Salem (Massachusetts), relativamente cercana al Boston natal de la escritora. El marinero alcoholizado, Nick McGlue, vive borracho y enfermo en la bodega de un barco y se le acusa de haber matado a quien podría ser su mejor –o único– amigo, su compañero Johnson.
Quiere y no quiere saber que Johnson ha muerto; quiere y no quiere reconocer que sí lo mató él, porque cómo iba él a matar a Johnson, aunque duda si realmente fue él quien lo hizo. «Es aburrido seguir con esto. El abogado sabe quién soy. Soy un borracho. Me llevó un tiempo llegar a saberlo».
Lo mejor de esta novela es cómo Ottessa Moshfegh se mete en la mente de un borracho, que solo a veces, tras un período en que no tiene acceso a la bebida, pasado el síndrome de abstinencia, parece tener un razonamiento coherente. La maravilla es cómo piensa y escribe un borracho que lo está sin parecer idiota ni cursi. «La verdad es que es un milagro que pueda leer algo, con la cabeza rota tal como la tengo y la mente pensando constantemente en lo que no me baja por la garganta».
«Se me revuelve el estómago por algo que no puedo identificar. No solo por la bebida. Confesaría lo que fuera si pudiera. Pero mi cabeza ha cubierto de negro todo lo de aquella noche. “Aquella noche”, como la llama el abogado. Lo último que sé de Johnson es que la tenia tomada consigo mismo, me pedía una y otra vez que lo ayudara a morir y yo le decía que no y bebía mucho y yo lo quería. Lo que pudo llevar a matarlo no lo sé. Si me tomara un trago, algo se abriría, de eso estoy seguro. Le contaré eso a mi abogado. Le contaré eso al juez. Alguien me entenderá». Desde luego, esa es la historia que nos cuenta Ottessa Moshfegh. Y la entendemos, vaya si la entendemos. Transmite ese mundo interior.