Entre el mundo que desearíamos habitar y en el que forzosamente nos encontramos y debemos enfrentar como mejor podemos y sabemos, media la brecha de la imaginación, una necesaria en la que proyectamos las libertades y emancipaciones con anhelo de lucidez y redención, se dice en el muy completo epílogo de Berta Ares Yáñez a esta edición, la de un libro, un relato largo o novela breve, según se prefiera, que no se presta a la interpretación unívoca, asegura, y que este año celebra el centésimo trigésimo aniversario del nacimiento de su autor, Joseph Roth.
En nuestro país ha conocido sucesivas reediciones en distintas editoriales, esta última de la mano traductora de Roberto Bravo de la Varga. La leyenda del santo bebedor puede ser, junto con La marcha Radetzky, una de sus creaciones más reconocibles y recordadas todavía. La memoria, en Roth, anega toda su pulsión literaria y escritora. Su recorrido vital como hijo de un imperio caído, de un mundo caducado y obligado a la progresión —en su momento, a las puertas del incipiente fascismo europeo desde Alemania e Italia— que conduciría a las sociedades a una segunda contienda mundial, le harían firmar en La leyenda… su testamento como testigo del abismo hacia el totalitarismo, cuya sombra podemos considerar, sin titubeos, extendida hasta las prácticas y omisiones políticas de nuestra actualidad.
Encerrado en la última ciudad de la que pudo sentir un prendimiento que lo alentase, desde su viaje inicial en 1925 y exceptuando contados regresos forzosos a Viena y Alemania por asuntos editoriales o personales, la belleza del París de inicios del siglo veinte lo subyuga. Bajo la luz inspiradora, no exenta de rincones umbríos y desgarrones vitales inherentes a toda la condición humana, Roth decidió servir la última ronda de briosa esperanza al personaje de Andreas, quien, una noche como hubiera sido cualquier otra desde el comienzo de la serie de infortunios que lo llevaron al vagamundeo, cambia su suerte a una serie de pequeños milagros tras el misterioso encuentro con un hombre que le presta doscientos francos a cambio de que los pueda depositar como limosna a la santa Teresa de la iglesia Sainte-Marie des Batignolles. ¿Eterna parábola cristiana? ¿Fábula jasídica? ¿Relato simbolista y metafórico de los diferentes caracteres y pareceres humanos? Todo y no exactamente a la vez. Para uno, la vigencia de La leyenda del santo bebedor, aparte de su solvencia estilística, sobria y liviana como una moneda sobre la mano pero cargada de significados por desvelar, es su adaptación atemporal a la lectura que se presente. Me gusta la deriva de varios días del solitario y afable Andreas por las tentativas que se interponen entre su propósito y los naturales placeres que llama la suma portada. Su fuerza está en que se apropia del absurdo con sus consecuencias, satisfecho con la voluntad por asumir, indiferente del patetismo o del injusto final.
Según el novelista y dramaturgo Hermann Kesten, Roth dio por cerrado su canto de cisne diez días antes de su muerte. No distaba mucho la realidad del autor de la de su trasunto, pues en aquella época arrastraba diversas deudas con amigos y editores. En un artículo de la propia Ares Yáñez explica: ‘En abril de 1939 viajó a Ámsterdam para firmar el contrato de la publicación de su ensayo político sobre Clemenceau con Allert de Lange. Sus editores Walter Landauer y Hermann Kesten prefirieron quedarse con La leyenda del santo bebedor. Durante su estancia en esta capital, Joseph Roth creyó haber extraviado el manuscrito de su novela y tuvo un ataque de pánico; al encontrarlo expresó su deseo de dejar de escribir después de su publicación’.
No sabemos si, de no haber muerto, hubiera cumplido su promesa. Sus últimos días fueron un apuramiento de las derrotas, de las ausencias de sustento emocional, de las fatigas físicas. A pesar de la cercanía de la muerte, escribió. Ese aquel sagrado quedó conferido a su obra. Sirva esta leyenda, también la suya.