Las reformas laborales tienen la alegría aparente de encontrar el camino de las grandes soluciones al desempleo: la última volvió los antiguos cauces de los contratos fijos discontinuos, que ya forman parte habitual del paisaje español. El joven trabajador, dice el último estudio de Walters Kluwer Insights, es fijo discontinuo, es decir, es intermitentemente estable, lo cual es una paradoja… como casi todo por aquí. Los menores de treinta años representan el 45% de los contratos fijos discontinuos firmados este año, por ejemplo. Este currante es permanente pero a la vez puede volverse inactivo; es decir, que cuando viene su estabilidad, todo se vuelve querer demoler dicho andamiaje, porque a los que mandan les atemoriza la solidez del personal y lo hacen volátil, para que no tenga nada a lo que agarrarse en firme. Porque los inversores de las grandes empresas de España son de una voracidad insubsanable y pelean y batallan contra esos últimos resistentes que quieren un trabajo a la antigua usanza, como hay también amores antiguos y coches de época, que cotizan al alza.
Así que se contrataron más de un millón doscientas mil personas en lo que va de año en este formato, porque antes de la reforma su número representaba el 3% y ahora ronda el 14%. Y es que el gusto que le están tomando a la cosa los patronos consiste en que, aunque legalmente sea un contrato indefinido, no se garantiza plenamente la estabilidad del individuo, es decir, del currela. Porque a ellos no les importa nada de eso. Ellos quieren unir el salario mínimo interprofesional con un contrato que no reanude su actividad en el mismo puesto, que se mueva el esforzado trabajador, vaya. De manera que su pensamiento se vuelve estacional, por temporada y efímero, pero perenne a la vez, no sé si me entienden. Casi todos los jefes son una mierda, salvo honrosas excepciones, porque siempre trazan usos y normas inaplazables, que afortunadamente casi siempre se les vuelven en contra, porque a las muchas altas de fijos discontinuos de abril, mayo y junio, que es cuando el sol está más alto y apetece más consumir y viajar, le siguen enero, febrero y noviembre, cuando el bolsillo intima en los vericuetos y por entre la maraña de tarjetones y carteras, sin atreverse a gastar mucho.
Hemos logrado la plena igualdad con el contrato fijo discontinuo, que en esto sí que estamos a la vanguardia: se reparten al 50% entre hombres y mujeres. Y, por comunidades autónomas, Baleares, Cataluña, Comunidad Valenciana y Madrid encabezan la bicoca de te contrato para despedirte y volverte a contratar cuando yo quiera o la temporada mande. Los hoteles y restaurantes, la agricultura, el comercio, la educación y hasta las actividades artísticas son los reyes y las reinas de los fijos discontinuos, serrando el horizonte de expectativas de los contratados, no vaya a ser que se estabilicen de alguna manera. Hay que renovar semestralmente, anualmente, periódicamente, porque los sajadores de los recursos humanos reciben órdenes de otros hombres y mujeres feroces que, sin que les afecte en nada las vidas ajenas de sus empleados, desean coadyuvar a esta sarracina contractual, esta esperanza desesperanzada, esta felicidad infeliz de millones de españoles, que se aferran a sus contratos fijos discontinuos como a un clavo ardiendo. Porque el nivel inferior es el contrato temporal, de los que dos de cada cinco realizados en el mes de octubre tuvieron una duración inferior a una semana y casi seis de cada diez, menos de un mes. En España los que gobiernan, la clase dirigente y empresaria tienen alma de socavadores máximos. Y en vez de hacer una nueva ley favorecedora, cortan y pegan la enésima reforma a favor de la ciudadanía laborante y laborable, que es como deshacer las últimas alegrías fértiles en que se guarece su esperanza. Solo en medio de esta desolación laboral, únicamente en mitad de tanta incertidumbre, se alegran los autores de nuestro salario, el mínimo, el interprofesional y el que empleamos en gastar el último cuarto en la compra. Se nos va a quedar el cuerpo como el espíritu de la golosina. Pero, eso sí, sin azúcar, por favor.