La democracia representativa ha fracasado. A los políticos, que se sientan en el Gobierno y alrededores, solo se les exige sumisión, talento para la doblez, defensa y encumbramiento, a ultranza, del que les manda y estar, siempre, en campaña electoral.
Mi autocita, aquella frase de Lincoln: “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” es eso, una bonita frase, que nunca fue real.
Nunca es, ni ha sido “por el pueblo”. Este tiene que elegir a quienes hagan esa labor por él. Y esos “representantes”, hace tiempo que han usurpado el poder. El pueblo vota engañado y ‘sectarizado’, cada cuatro años y ese tiempo es excesivo para dejarles actuar a su conveniencia. Pero huyen de una ley de referéndum, como de una vara verde. Y se seguirá culpando al pueblo, por no saber elegir, cuando ya no hay donde elegir”. Fin de la autocita.
Una vez más quiero hablaros del ejemplo de Suiza, una nación de orografía enloquecida, sin recursos naturales y que, basada, únicamente, en el talento y laboriosidad de sus habitantes, es la nación más rica de la Tierra.
Una nación que apenas tiene política, ni políticos. El gobierno se compone de siete miembros, que se turnan para presidirlo por un año. Es una labor meramente representativa. Nadie sabe nunca cómo se llama el presidente de la República Suiza
Y para que esté, siempre, claro que en Suiza manda el pueblo, tienen la ley de referéndums, que se activa con facilidad, para vigilar y corregir cualquier posible desmán o eventual error de sus gobernantes.
Existen tres clases de referéndums:
Obligatorios. Para hacer un cambio constitucional, ingresar en alguna organización supranacional o adoptar leyes de carácter urgente. En este caso el ciudadano tiene la última palabra. Se necesita una doble mayoría de voto popular y voto cantonal. Los cantones son lo que aquí nuestras autonomías.
Facultativos. Son de carácter opcional, es decir que los ciudadanos no están obligados a votar. Cuando el Parlamento aprueba una ley y una parte de la población quiere revocarla, se pueden reunir cincuenta mil firmas para convocar un referéndum, en todo el país y que decida la población si esa ley entrará en vigor o será derogada. El proceso se decide mediante mayoría simple de los votantes.
Las iniciativas populares que tienen la posibilidad de someter a votación leyes cantonales (autonómicas), federales (nacionales) o cambios en La Constitución del país, cumpliendo el siguiente requisito: Reunir un mínimo de cien mil firmas, de ciudadanos con derecho a voto, en un lapso de dieciocho meses.
En caso de conseguirlo se realiza una consulta popular para aprobarla o rechazarla. Sería opcional si se trata de una ley normal y obligatorio si es un cambio en la Constitución del país.
Normalmente, los votantes suizos van a las urnas unas cuatro veces al año y rechazan el noventa por ciento de las iniciativas populares, lo que indica lo sencillo que es llevar a cabo propuestas de este tipo. Y aprueban alrededor del setenta por ciento de las reformas constitucionales.
En Suiza sí que manda el pueblo, Señor Lincoln.
La creación de la UE parecía seguir la estela de Suiza. Su creación venía a hacer aliados de los que fueron eternos enemigos y se logró; pero no se puso el mismo empeño en establecer normas que impidiesen, a los políticos, usurpar el poder del pueblo. Su altura de miras no llegaba a tanto.
Su proliferación, la ausencia de control sobre ellos y el establecimiento de su impunidad, nos hace ver que vamos en dirección contraria
En cuanto a nosotros, delegamos, gustosos, el mando en la U.E. Lo nuestro son las riñas de vecindario.