En el quinto aniversario de su
"Revolución de las rosas", que se celebra este domingo, Georgia se ve sumida en un nuevo conflicto entre las autoridades y la oposición, a la que se suman ahora los antiguos aliados del presidente Mijaíl Saakashvili.
El detonante de esta crisis ha sido la derrota en la guerra de agosto pasado, cuando a raíz de una invasión militar directa rusa Georgia perdió los enclaves que aún controlaba en los territorios de las separatistas Abjasia y Osetia del Sur.
Hace cinco años, sin embargo, todo era distinto.
Las autoridades revolucionarias consiguieron no pocas victorias, poco menos que imposibles. Ya en tiempos soviéticos la corrupción en Georgia era proverbial, pero en poco tiempo las nuevas autoridades consiguieron erradicar este mal, aunque para ello tuvieron que disolver y crear desde cero prácticamente todo el aparato del Estado.
En el sudoeste de Georgia, el régimen de Aslán Abashidze, por el que Rusia no ocultaba sus simpatías, prácticamente había consumado la escisión económica de Adzharia, que no aportaba un solo céntimo de sus recaudaciones en las fronteras y puertos, principales puertas hacia Occidente de Georgia y el resto del Cáucaso, y amenazaba con seguir el ejemplo de Abjasia y Osetia del Sur. Una fulminante repetición de la "Revolución de las rosas" en Adzharia destronó a Abashidze y empezó a llenar las vacías arcas del Estado.
El enérgico equipo de Saakashvili consiguió vencer también la crisis energética, que mantenía medio paralizado al país desde la desintegración de la URSS. La rápida privatización y modernización del sector energético hizo que el país de los apagones crónicos pasara a exportar electricidad a sus vecinos Armenia y Turquía.
Poco a poco le siguió el resto de la industria, puesta en manos del sector privado. Como consecuencia, los 800.000 jubilados georgianos, una quinta parte de la población, que llevaban meses sin poder cobrar sus pensiones, no sólo empezaron a recibirlas a tiempo, sino que en estos años las vieron multiplicarse por cinco.
En 2007, las inversiones extranjeras alcanzaron los 2.300 millones de dólares y en el primer semestre de este año fueron de 1.400 millones. A cambio, desde el comienzo mismo fracasaron todos los esfuerzos de normalizar las relaciones con Moscú, pese a que ya en febrero de 2004, nada más ser elegido presidente, Saakashvili viajó a Moscú en su primer visita exterior. Según los georgianos, el Kremlin no perdonó y al final castigó con la guerra el deseo de su ex feudo de entrar en la OTAN y la Unión Europea.

La derrota militar no sólo supuso la pérdida de los enclaves georgianos en Abjasia y Osetia del Sur, cuya población, unas 37.000 personas, engrosó las filas de los centenares de miles de desplazados que huyeron de las limpiezas étnicas en esos territorios separatistas durante las guerras de secesión a principios de los 90. Rusia reconoció la independencia de Abjasia y Osetia del Sur y las tropas rusas de avanzada se encuentran ahora en el distrito de Ajalgori, enclave georgiano en el sur de Osetia del Sur situado a escasos 60 kilómetros de la capital georgiana, Tiflis. En Moscú no ocultan sus esperanzas en un pronto "cambio favorable" en Georgia.
Tras aquella guerra, en Georgia, donde desde la proclamación de la independencia en 1991 ningún presidente abandonó su cargo de acuerdo al procedimiento constitucional, de nuevo se habla de un cambio de poder revolucionario o, al menos, anticipado. De los líderes revolucionarios que hace cinco años eran aclamados por la multitud sólo queda en el poder Saakashvili, y otra multitud aprovecha este aniversario para reclamar en las calles su dimisión.
El primero en abandonar el triunvirato fue el primer ministro, Zurab Zhvania, que murió en 2005 en circunstancias hasta hoy cuestionadas por la oposición. Y ahora, el "número dos" de la revolución, la ex presidenta del Parlamento, Ninó Burdzhanadze, ha pasado a la oposición y en el día del aniversario dirige el congreso constituyente del opositor movimiento "Georgia Unida" que prende aunar los esfuerzos opositores contra Saakashvili.
"Debemos obligar al presidente a convocar elecciones para esta primavera. No conozco un solo país democrático donde después de una guerra el Gobierno no dimita y convoque elecciones", dijo Burdzhanadze.