www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

'RESURRECTIO'

Víctor Ochoa: "¿Por qué afronté el desafío de realizar una escultura de Jesucristo en el instante mismo de su resurrección?"

sábado 30 de noviembre de 2024, 10:54h
Actualizado el: 30/11/2024 11:04h

Fotografía de la obra escultórica "Resurrectio", expuesta actualmente en la Sillería del Coro del Monasterio de San Martín Pinario, Santiago de Compostela./Belén Esturla

Mi trabajo de escultor sería el de materializar el increíble vacío artístico que había dejado después de muerto, yaciente y amortajado, hasta que hubo resucitado. Algo que nadie parece haber materializado, o al menos esbozado, durante los 2000 años que nos anteceden. Resulta comprensible, tampoco lo vamos a negar, que ni desde las Sagradas Escrituras o relatos evangélicos, ni desde la tradición, la historia o la ciencia, ni con el velo de La Verónica, el Sudario o la Sábana Santa, ni a través de las impactantes reconstrucciones 3D y las imágenes refiguradas por la inteligencia artificial (IA), se pudiera verificar que el cadáver de Jesucristo se hubiese volatilizado en forma radiante en aquel sepulcro precintado.

Es hasta bien pasado el sábado del silencio y ya al tercer día, domingo de resurrección, que no se descubre el sepulcro vacío; pero es de presuponer que llegado su momento y tras un leve estadío en el sepulcro, la resurrección fuera prácticamente instantánea, en las horas, no días, posteriores a su muerte.

"En verdad te digo, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso".

Dícele Jesús al buen ladrón, e imprime mi idea de resurrección sin prolongar la corrupción del cuerpo, pero esa misma actitud chocaba con la muy asentada creencia popular y de la recientemente restaurada Macchina delle Quarantore, del escultor Gianlorenzo Bernini (1598-1680), que evoca con precisión las 40 horas transcurridas desde su expiación y muerte en la cruz, hasta su resurrección al amanecer del domingo.

Incluso así, en ese lapso, el hacer transitar en la escultura a Jesús de Nazaret, desde la misma muerte a la vida y desde el ser humano al Ser Divino, marca dos aspectos extraordinarios para los que los escultores no tenemos utensilios y a los que, habremos de añadir otras cuestiones aún más complejas si cabe. Y me refiero a que en anteriores relatos de una resurrección, la persona muerta volvía a su vida anterior, vuelve, por así decirlo, a ser el mismo de antes, con su misma apariencia y dando continuidad a una existencia terrenal que se agotará con la muerte, al igual que al resto de sus coetáneos mortales. Pero con la resurrección de Jesús, esto no pasa. En ella se despoja del ser humano mortal para recuperar su ser total de Dios eterno, y lo hace desechando aquella apariencia anterior por la que le conocían, es irreconocible, para mostrarse de manera glorificada, si nos es más fácil entenderlo o imaginarlo así.

Fotografía de la obra escultórica "Resurrectio", expuesta actualmente en la Sillería del Coro del Monasterio de San Martín Pinario, Santiago de Compostela./Belén Esturla

Es tal la revolución sobre lo que entendíamos por resurrección, tanto en su esencia como de identidad corporal o material (diríase doble mutación), que se convierte en la base y razón del Cristianismo, de la fe y de la Iglesia.

Y volviendo al escultor que no quiere naufragar por los impactos visuales que recibe de los miles y magníficos ejemplos artísticos "del antes y del después" y que confluyen en el día del silencio de uno como otro lado, es que decidí emprender sus dos relatos.

El de La Pasión, que irá desde primera hora del jueves Santo y los preparativos para la última cena, hasta el cierre del sepulcro; y ahí me paro para responder a la pregunta ¿Cómo era Jesús de Nazaret?

Y el segundo relato, donde analizo todo lo que revela la Síndone y escucho lo que se dice del Cristo resucitado en sus Apariciones, hasta que desaparece en los cielos; haciendo también mención al cómo se nos ha mostrado, a través del arte, de las estampas, del cine, etc.

Pero aquellas anotaciones, tanteos y bocetos de ambos relatos, parecieron deslizarse, encontrándose y/o contradiciéndose por el territorio de Judea y la ciudad de Jerusalén, como olas a contracorriente y sin un lugar de encuentro en mi escultura donde fijarlas. Aún me faltaba dotarlas, como lo hizo Gabriel García Márquez, del "realismo mágico", algo que a semejanza de La Leyenda, la Mitología y las creencias de otras culturas y civilizaciones, tienen tal fuerza que las hacen capaces de sobreponerse y volar por encima de cualquier incongruencia. Yo no quiero obviar ni menospreciar esos sentimientos, o los de un amigo de otro país que me afirmaba tajante: "No te engañes, que aquí la leyenda es la auténtica verdad". Es por lo que al tratar de recomponer la figura de Cristo resucitado, habría de servirme irremediablemente de la fe.

Fe, que los creyentes no asumen como un manto que echaran a sus espaldas, sino como un regalo divino que les hace arraigar el sentido de la vida desde lo más profundo y que desplaza así a cualquier arrogancia racional que tratemos de imponerles o justificarles; Y que luego busquen arroparla con la doctrina, la liturgia o las tradiciones, la devoción y el fervor, lo tengo claro como escultor, y no digamos ya, si fuera un escultor imaginero. ¿Y que dicha fe pueda brotar o desaparecer, "y creyó" o "perdió su fe" como decimos coloquialmente? Pues claro. Por eso fue tan importante en este trabajo que emprendí hace meses, pero cuya idea me rondaba hace años, no solo el resolver una escultura bien ejecutada y ajustada a este mundo y a la exposición de Las Edades del Hombre, sino que a través de Resurrectio, así la titulé, los fieles y visitantes pudieran cruzar el abismo entre el material escultórico humano y lo divino, percibiendo en ella, la escultura de Jesús, cuyo tránsito se hizo por amor a la misma humanidad que lo había condenado. Veamos.

EPÍLOGO

"Todo está en Resurrectio. Lo que quise decir, lo que decido omitir, lo que no sé u olvidó y lo que ha fluido sin poder contenerlo a través de mis manos.

Durante estos meses he convivido con la escultura, sus dibujos, bocetos y bastidores, en un espacio tan reducido que ni cabían en él las cuestiones más elementales, como debe ocurrirle a un ermitaño que quiere aislarse en su gruta de todo lo mundano.

Allí, incapaz de desbrozar esas inquietudes, anhelos y desvaríos de escultor, del material que pertenece al mundo onírico y espiritual, me sentía navegando una quimera.

Pero rema que rema, aquí lo tenemos, tan veraz como cualquier otro Cristo de cualquier otra época o artista y no como el de la beata Ana Catalina Emmerick (1778-1842), enclaustrada y estigmatizada por sus sobrecogedoras visiones de la Pasión, sino porque lo he materializado en ese instante, como si fuera el primer escultor que lo intentara.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
1 comentarios