Aparte de la violencia intrínseca de todo conflicto bélico, se producen episodios de especial crueldad. Uno de ellos, sucedió en la Guerra Civil española, la etapa más nefasta y cruel de nuestra reciente historia. Estamos en febrero de 1937, en Málaga. Muchos de sus habitantes tienen miedo de la toma de la ciudad por parte del Ejército franquista con su actividad represora, anticipada por las arengas del general Queipo de Llano. Por ello, tratando de escapar del horror, emprenden la huida por la carretera de Málaga. Pero se van a dar de cruces con ese horror. Centenares de civiles, hombres, mujeres, niños, ancianos encontrarán la muerte en la precisamente llamada Carretera de la Muerte. Serán bombardeados sin clemencia desde la costa paralela a la carretera, por tres potentes buques de guerra: el Almirante Cervera, el Baleares y el Canarias. Y los aviones de los colaboradores de los sublevados, en eficaz vuelo rasante, ametrallaban a la población indefensa.
Este indigno episodio, quizá menos conocido que otros, como por ejemplo el de Guernica, lo rescata el escritor malagueño Antonio Soler en la novela que acaba de publicar: El día del lobo. Y no lo hará solo porque se conozca más, sino sobre todo porque afectó de manera directa a su familia: “Mi familia estuvo allí. Anduvieron por ese sendero a lo largo de varios días bajo las bombas de barcos de guerra y el ametrallamiento de aviones italianos y alemanes”, escribe Soler.
Esta historia, confiesa, le impresionó terriblemente en su infancia: “Siempre le pedía a mi abuela materna que me contara. Su viaje al infierno”. Y luego, ya de mayor, volvía a preguntar a su abuela y a su madre, pues estaba seguro de que esa carretera permaneció dentro de muchos de quienes por ella fueron 2hasta el final de sus días. Y ya nunca dejaron de caminar entre cadáveres, milicianos en retirada, niños extraviados, aullidos y sombras”.
Antonio Soler, -autor también de Las bailarinas muertas, El camino de los ingleses, Sur, y Yo que fui un perro, entre otros títulos, que le han valido numerosos premios-, se basa sobre todo en el relato oral de su familia, aunque asimismo en la copiosa documentación sobre la Guerra Civil, para relatarnos lo sucedido y rendir homenaje a las víctimas. En esta novela no hay equidistancia, pues está claro quienes son responsables de lo que ocurrió.
Pero, y esa es una de sus virtudes, tampoco hay ciego sectarismo, que únicamente es la antesala del desastre. Soler no obvia comportamientos criminales de milicianos seguidores de la República ni esta se juzga sin ninguna mácula. Hay pasajes de virulentos ataques vejando y asesinando a sacerdotes o a personas que pensaban no eran de su cuerda. Porque el lobo, como bien ha manifestado el propio Antonio Soler, estaba en los dos lados. Ese lobo de sanguinarios colmillos que jamás debe volver entre nosotros.