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Novela

Antonio Soler: Yo que fui un perro

domingo 01 de octubre de 2023, 20:38h
Antonio Soler: Yo que fui un perro

Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2023. 289 páginas. 22 €. Libro electrónico: 13,99 €.

Por Matías Jaque Hidalgo

La última novela de Antonio Soler constituye una intensa exploración en los oscuros recovecos de la masculinidad desde los que surgen la violencia y el maltrato. A ratos una confesión sexual a la altura de El mal de Portnoy, de Philip Roth, aunque desprovista de su sorna, adopta en cambio el tono sombrío y culposo de las Memorias del subsuelo, o la mirada fría y descarnada sobre la decadencia masculina que advertimos en Desgracia, de Coetzee.

Yo que fui un perro nos presenta el diario de Carlos, un estudiante de medicina obsesionado por su novia, Yolanda, con quien vive una relación destructiva y perturbada. Desde el piso que habita, justo enfrente, vigila sus horarios de llegadas y salidas, lo que viste, cuánto duerme y, a partir de estos retazos de información, cómo concretará sin duda la humillación de su novio. Porque, a sus ojos, Yolanda, aunque es el sincero objeto de su amor y su deseo, es una chica vulgar y promiscua con un vergonzoso historial, que debería estar agradecida de que Carlos, futuro médico, orgullo de su madre viuda y última esperanza de progreso para sus amigos de clase trabajadora, se fije en ella y esté dispuesto al enorme sacrificio de aceptarla.

Aunque Carlos haga ostentación de una mirada objetiva e impersonal (“Como un pequeño animal. Llegó al orgasmo. Yo frío, mirándola científicamente”), sus confesiones están lejos de ser un retrato transparente del mundo que le rodea. Él lo sabe, y le desespera. Desde su narcisismo solipsista (“A veces pienso que la gente no existe si no la veo”) se erigen, como una fortaleza oscura y nebulosa, pero al fin y al cabo indestructible, ciertas convicciones, ciertos valores y, en especial, cierta narrativa: se sabe merecedor de un destino luminoso, pero el mundo insiste en ocultarle su verdad y hacerlo objeto, finalmente, de humillaciones e injusticias. Algo oscuro palpita siempre detrás de las apariencias: “Me habría gustado que las paredes de la habitación se agrietasen y que de las grietas hubieran salido millones de moscas”; “El cielo parece falso. Como si hubiese un cristal que hubieran pintado y detrás del cristal estuviese el verdadero cielo”.

Por supuesto, la máxima expresión de la impostura del mundo es la propia Yolanda y, en especial, la insoportable paradoja de su deseo sexual. Por una parte, necesita el deseo de Yolanda para confirmar que la posee, que es capaz de controlarla; por otra, una vez que el deseo se despierta, Carlos teme, odia, rabia, porque la promesa de una posesión racional se transforma en la irrefrenable sospecha de que ese dionisiaco deseo femenino lo desborda, lo traspasa y, en última instancia, lo empequeñece: “La mirada ida, sin reconocerme, como si le diese igual quién estuviese haciéndoselo”, “[…] su desenvoltura y el poco pudor, como si estuviera muy acostumbrada a este tipo de cosas”.

Pero el diario es un reflejo distorsionado del universo exterior casi en la misma medida en que lo es de la conciencia de su autor. La voz de Carlos se alimenta de los libros que caen en sus manos, y que él leerá como si se le ofreciera un catálogo de ropajes humanos entre los cuales reside aquel que, alguna vez, podrá vestir para enfrentar el mundo. Su amigo Miguel, un joven con aspiraciones literarias, le prestará El árbol de la ciencia de Baroja. Más tarde dará con el que, según afirma, pasará a ser su libro favorito, El enano, “del sueco que ahora no sé si exactamente se escribe Lagerkvist”. Ambos libros gravitarán durante toda la novela y servirán de clave intertextual para entender la evolución del protagonista.

Si Andrés Hurtado, el schopenhaueriano héroe de Baroja, busca “una orientación, una verdad espiritual y práctica al mismo tiempo”, y ejercerá la justicia allí donde descubra la degradación social y moral, Carlos reinterpretará la injusticia exclusivamente como la traición del mundo a sus intereses y aspiraciones. De ahí que se identifique, finalmente, con el maquiavélico enano: “Yo también tratado como un enano. Rebajado por gente que es inferior”.

Estas referencias literarias, que abundan en el libro, permiten asimismo que ajustemos cuentas con los modelos de masculinidad de los que bebemos y a partir de los que construimos nuestras identidades, renunciado a la tentadora interpretación de este diario como el acceso privilegiado y morboso a la mente de un perturbado que, por fortuna, dista mucho de ser como nosotros. Incluso la nobleza de un Andrés Hurtado (siempre dispuesto a poner en su sitio a los truhanes de toda especie) tiene aquí un reverso oscuro que sirve para inquirir en qué medida esa presunción de nobleza masculina no es ya el primer paso hacia su potencial de barbarie.

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