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Novela

Mircea Cărtărescu: Theodoros

domingo 01 de diciembre de 2024, 22:31h
Mircea Crtrescu: Theodoros

Traducción de Marian Ochoa de Eribe Impedimenta. Madrid, 2024. 656 páginas. 25,95 €. Libro electrónico: 15,99 €.

Por David Lorenzo Cardiel

¿Quién es Tudor-Theodoros? Nadie lo sabe. Ni siquiera el lector una vez que ha terminado de recorrer las páginas de la nueva propuesta literaria de Mircea Cărtărescu. Una obra que, con acertada adjetivación, bien puede considerarse como «monumental». Theodoros, publicada en castellano por Impedimenta, es una novela compleja, de las que se percibe cómo el autor ha meditado con cuidado su escritura. No en vano, sus más de seiscientas páginas delatan el objetivo que se pretende al construir la novela: una obra sublime, elevada, ajustada al canon de nuestro tiempo, pero recuperando la noción de las grandes narraciones que fueron tan apreciadas en el siglo XIX.

La pregunta que me hice nada más comenzar la lectura de esta novela es si Cărtărescu había conseguido mantener el pulso a su propio relato. Explico este matiz para los que no son escritores profesionales como yo mismo o el autor de esta obra: cuando se escribe ficción es el relato el que impone su propio ritmo, exige un grado determinado de complejidad y, hasta cierto punto, modela la volición del escritor. El producto final en bruto y sin corregir es un híbrido entre la estructura original que había pensado el autor y la exigencia de coherencia y ritmo internos de esa misma creación. Por esta misma razón, a mayor estructura, extensión, elementos, personajes, tiempos, ritmos y marcos narrativos más probable es que el resultado final se distancie del deseado.

Los escritores somos humanos –que el destino de la humanidad nos libre de las inteligencias artificiales metidas a juntaletras­, más aún de tener que tragarnos sus pastiches en nombre de una idea degenerada de progreso–, cometemos errores, nos cansamos durante la extensa fase de escritura o proveemos a nuestras invenciones de la poderosa nutrición de la experiencia, de elementos de las conversaciones mantenidas, de lecturas, películas y series, vídeos de YouTube o de cualquier otro elemento obtenido de las vivencias del día a día. En muchas ocasiones, la desviación respecto del plan original no produce monstruos, sino belleza inimaginable, arte y, en algunos casos muy puntuales, maestría en la obra. Pero no siempre es así.

Después de leer Theodoros puedo afirmar varias cosas al respecto. Ante todo, admiro la capacidad de Cărtărescu para mantener un buen ritmo, tono y estructura en la evolución de una novela que transita el tiempo histórico y habita en cierto grado de fantasía. También, que sus personajes, y en concreto el protagonista, sean capaces de generar en el lector un grado cambiante de impresiones, en cierto sentido emulando el proceso que implica ir conociendo a una persona tan poliédrica en el mundo real. Allí donde la Historia no llega lo ha hecho el autor mediante su imaginación para crear, a mi juicio, el personaje definitivo, el héroe y el antihéroe, el humano divinizado, el ángel caído y el elevado, el rey y el esclavo, el cosmopolita al que cualquier ciudadano del mundo quisiera aspirar ser. Esta ambición la celebro: Cărtărescu crea un personaje más allá del personaje y rompe la dualidad propia del pensamiento greco-occidental. Theodoros es y no es, existe dentro del pacto de ficción que se establece al leer la novela y, al mismo tiempo, deja un cierto regusto surrealista.

Quizá es este el problema que le encuentro al libro. La narración es entretenida, apela a la curiosidad, es bella y, en verdad, es exuberante tanto en extensión como en su objetivo, pero me queda cierta sensación de inverosimilitud y de mezcolanza de escenarios, unos reales, otros imaginados ­–necesariamente imaginarios, el lector que lea Theodoros sabrá por sí mismo a qué me refiero­–. Pienso, como he aventurado líneas antes, que la causa de este cierto derrape no afecta en nada a la maestría literaria de Cărtărescu sino al desafío implícito de escribir una obra que persigue ser descomunal, en muchos sentidos. A mi querido referente, León Tolstói, le pasó con Guerra y paz. A mí, dos siglos después de su publicación, me encantó, pero él, en su época, salió harto, agotado y hastiado de su novela. Su opinión sobre el resultado final nunca fue agradable con la que hoy es considerada una de sus obras maestras.

Y ha sucedido con ensayos actuales –El infinito en un junco, Nexus–, donde la variación de escenarios, a veces tirando del comodín de la autoficción, no han salvado exitosamente el reto de una coherencia impoluta, seguramente imposible de sostener. Aunque comprendo que para la mayoría de los lectores estas apreciaciones de tiquismiquis del oficio y de la erudición sean, eso, protestillas de damas y caballeros exquisitos. Luego, arrieritos somos y lo sé bien, vendrán nuestros ensayos, nuestras novelas y, me temo, pecaremos en cierta medida de los mismos vicios que encontramos en los demás. Por eso, y lo digo por adelantado, esbozo estas palabras no señalando tanto un defecto que merme Theodoros como sí un ejercicio de honestidad y una certeza: el lector se encuentra ante una novela diferente, hermosa y digna de lectura. Humana, mejorable quizá, que a unos gustará y a otros menos, pero que merece atención, entrega y lectura.

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