Con la actriz Silvia Pinal hay muchas maneras de iniciar una columna. Pintada por Diego Rivera, musa de Buñuel, pionera de tantas cosas en la farándula mexicana, fallecida a los 93 años el 28 de noviembre de 2024, fue homenajeada en el Palacio de Bellas Artes en la capital mexicana en vida y post mortem. Empezaré por una anécdota. Cuando era diputada federal, jamás faltó a una sesión al tiempo que hacia un programa semanal de televisión, tenía una obra musical de la cual era protagónica, dirigía su revista, impulsaba un perfume... Habrá tenido un equipazo que le organizaba magníficamente la agenda, pero al final, ella, al centro, cumplía. Esa fue la clave de su éxito, porque se pueden tener los contactos y enchufes que se quiera, todas las encomiendas, mas si no respondes, no duras. Esa es la gran lección de la Pinal. O pones todo de tu parte o la cosa no funciona.
Así entonces, siendo servidorito asesor en la Cámara de Diputados, le trasladé un expediente que aguardaba. Me acerqué a su curul, la saludé y entregado el sobre extendida su mano, me dijo un "gracias" muy amable y muy seria, en su papel de legisladora. Así era. El diputado presidente de la comisión en que yo laboraba, provenía de Mexicali, norteño. Cuando se la encontraba al inicio de algún evento, la saludaba diciéndole: ¡hola, figura! Ya sabe, la gente del norte, muy echada pa'lante y sin protocolos banales.
Mi amiga, la doctora Susana Ostolaza, me compartió otra anécdota: "cuando estuvo en la política y en una declaración que hizo, fue muy criticada; entonces, convocó a una rueda de prensa a la que por alguna razón, yo asistí. La vi entrar muy guapa con un traje sastre amarillo, pero con el dobladillo de la falda, caído. Discretamente, varios nos percatamos del asunto, a lo que ella al darse cuenta, nos dijo: "esperé a que llegara la costurera y nada; y yo NUNCA he agarrado una aguja, así que aquí estoy y no estaba dispuesta a cambiar mi elección para hoy".
Otra clave de su éxito reconocido: decidida. Ir así por la vida y no a medios chiles. Ir al completo, a todas, comprometida con sus labores y emprendimientos. Eso era y es encomiable.
Ya la había visto en el escenario en la reposición de la obra musical Mame, donde y tal y como el personaje exigía, ella cantaba, bailaba, subía y bajaba. Una artista muy completa que en su día jugaba mucho más con la comedia –donde considero que se desenvolvía muchísimo mejor – y el drama, donde se la encasilló en las últimas décadas. Quizá un joven de 20 años piense que era dramática y no, su historial pinta más a la comedia ligera y a la cantada, cuando el guion marcaba cantar para robustecer el histrionismo.
Silvia Pinal ha muerto y ha provocado un extendido sentimiento de pesar, de ausencia, de lamentar su perdida. Fue afable, era divertida dicen sus cercanos, no perdió el piso, y me consta, y era popular. Siempre lo fue. ¿Polémica? ¡Claro! raro hubiera sido que no. Escándalos propios y ajenos, de los maritales a cuestionamientos a su ejercicio público que, incluso, desde tal, la condujeron a expatriarse en alguna época, avecindándose, incluso, en España –donde aprovecharon para homenajearla, a ella, a la musa del exiliado cineasta español Luis Buñuel– país que le supuso películas de hechura hispano-mexicana, trabajar con Fernán Gómez y ser dirigida por Forqué, ni más ni menos. La persiguieron rumores de dineros y nunca faltaron y continúan, ahora especulándose acerca de su fortuna, en monto y destino. Pero al final, pesó más la artista, madre de artistas fundando una dinastía, dueña de un teatro, con 83 pelis, viviendo 93 años, equivaliendo a casi realizar una peli por año de toda clase y género, unas buenas, otras no, perdiendo el mundo del espectáculo su inconfundible presencia física que dejó huella.
Si la cultura es cine y el cine, es cultura, sí dejó huella y aporte cultural. Quienes dicen que no, quién sabe de qué clase de huella esperaban que imprimiera si de cultura se habla.
La Pinal fue definida hace años como la última estrella que trabajó con todos los grandes reconocidos en México, ya fuera por su calidad actoral o por ser los galanes de la pantalla grande. No se privó, prácticamente, de ninguno. Su dilatada vida le alcanzó para ello. Fue una mujer que supo aprovechar el poder y las oportunidades. Eso la empoderó, le abrió caminos, requiriendo su aporte, afianzando su vigencia y consolidó contactos importantes para su carrera. Sin ellos, habría sido imposible llegar tan alto y a tanto, pero en ello va su mérito, pues hay algo que tuvo propio y no es regateable: su talento, manifiesto de mil maneras, sin el cual el resto habría sido simple humo o glorias pasajeras y futiles. Eso también debemos de reconocérselo.
En torno a su fallecimiento, en redes sociales ciertas personas que gustan de hacer polémica donde no la hay, expresaban en plan lastimero –explotando eso, una lástima impostada que no cabe– que era una falta de respeto decir que murió la última diva del cine mexicano. Caben dos precisiones cabales: una, sí se trata de la última diva del cine de oro mexicano –y filmó con los consagrados y los que siguieron a ellos– del cual sí le tocó su parte y no solo un refilón –pues no hay número mínimo de pelis para acreditarte y para ser considerado de tal etapa, sino la época en que sucedió– y, dos, sí, hay otras artistas vivas que, a valorar si fueron divas o es que algunos así las ven, con más edad que supera a la Pinal, empero ninguna de ellas reúne el historial, el éxito, la trayectoria y el palmarés de la Pinal. Glamour y belleza, incluidas. Eso las coloca en un plano distinto, para no decir inferior, a la Pinal. O a cada cual sus méritos y punto.
La Palma de Oro obtenida en Cannes por la película Viridiana no la ha conseguido otro largometraje en lengua española hasta hoy. Los familiares del finado Buñuel se la obsequiaron. Pionera en la televisión y el teatro musical, empresaria, política, con un programa al aire por 22 años, no tiene rival en trayecto. Quizá por eso hay cierto duelo generalizado. Con ella al final, sí se acaba una época y para que una artista tan completa aparezca en el estrellato, se antoja difícil. Son otros tiempos, además. Sin embargo, la Pinal fue un hito, un referente, un imprescindible. Estuvo activa hasta muy avanzada edad y, no obstante que estaba retirada, mentiríamos diciendo que sus mejores años fueron los 50, 60, 70. No, pues siguió renovándose y siendo exitosa en distintos proyectos. Buñuel o Italia fueron una etapa, pero las obras musicales o la televisión internacional fueron otras, de ahí que reinventarse fue una clave en su permanencia en el gusto del respetable y en el tiempo.
Se me acabó el espacio para escribir. Otro día le contaré otro encuentro personal con la dinastía Pinal, distinto al día en que un viernes por la noche Alejandra Guzmán me preguntó por una calle cercana con su voz carraspeada clásica e inconfundible, de auto a auto y en plena plaza de Cibeles en Ciudad de México –ya sabe, réplica exacta en bronce obsequiada por Madrid en el hermanamiento de ambas metrópolis (la Cibeles, no la Guzmán)– ella, envuelta al volante en una estola rosa; pero ya no tengo espacio y tiempo para narrarle cuando choqué muy fuerte son la nieta de la Pinal –la que tuvo una hija con Luis Miguel y fue otro pleitazo el no reconocimiento por años y que mucho afectó a la Pinal– en pleno Paseo de la Reforma hace más de 20 años y mi vehículo terminó trepado a la guarnición central. Ya sabe, a uno le gusta estrellarse a lo grande, aparatoso, en pleno domingo, en avenidas prominentes, con gente famosa y a medio día, cuando aún no había el paseo ciclista dominical. Si no es así, no merece la pena chocar. No le diré, se me acaba el espacio, quién no portaba licencia de conducir ni tenía seguro de auto. Sí puedo adelantarle que no fui yo el omiso. Al final, todo se resolvió favorablemente. Los imponderables de la arenisca en el pavimento, resultante de obras en embellecimiento al afamado Paseo, son inescrutables. Es cuánto.