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LA BÁMBOLA

Siluro o el arte de escribir con los huevos encima de la mesa

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
lunes 09 de diciembre de 2024, 19:11h

Gasta barba de presidiario, muñeca de torero o carterista, ojos con mucha noche, camisetas viejas, folios nerviosos, gramática eléctrica, prosa cercana al infarto. Todo lo ha ido dando al vertedero, partido en lonchas, en libros míticos: Gotas de ácido (2012). Manifiesto underground y otros poemas insidiosos (2016), Duelo en Código Maleware (2017), Ibiza 35 (Kirón, 2018). Siluro (Ediciones Oblicuas) es su última entrega y empieza con estos puñetazos para gentiles: “Con trece años/ ya me la chupó Madonna/ y Michael Jordan me firmó/ las primeras Air Jordan”. A partir de aquí: su entera confesión esposado, su vómito con tropezones frescos, sus gárgaras de oro y cordones sueltos.

Rafael Sanz es la risa al fondo del túnel: “Con quince/ los Rolling Stones/ me metieron en mi cuenta/ cien millones de dólares./ Con dieciséis/ presidí el FMI/ la reserva Federal Americana/ y el Club Bilderberg”. Sigue y sigue el poema que asienta el libro, ese árbol que no deja de correr, ese bicho por debajo de los pies con dientes de pantera, y la letanía digna de Cela y Leopoldo María Panero, nos pasma: que fue él quien metió el covid-19 a la economía mundial, que fue él quien pegó fuego a la Isla de Manhattan, que fue él quien hackeó Nikkei, Dow Jones y Eurostock, que fue él quien cerró los casinos y empezó a enseñar la flor por las mejores esquinas. Sanz dice haber hecho la mili con Julio César para después hacerse okupa.

Siluro va contra todo, limpia por medio de la suciedad, enseña gracias a su dedo torcido, mea contra el viento y se niega a trabajar como un chino. Asegura su cultura al leer muchos folletos del LIDL, y al emplear como papel higiénico billetes de cincuenta pavos, y sus tesoros joviales son una tienda de campaña y la cartilla seca del paro, y es joven gracias a follar todos los días encima del rimero de facturas acumuladas, y ama mucho los ferraris por principio vital y no al populacho, y su privilegio es tirar el móvil por el retrete y haber dejado los estudios para mamón.

Rafael Sanz crece en los bares de tintorro, en partidas de tute mañanero con los abuelos, mientras se ríe del telediario hasta las cuatro y pico de la tarde. Cree en vender no más de cien libros en España, pero en negarse a poner el culo o trabajar en el Zara ocasional: él quiere ser albañil o chulo de putas, donde está siempre prohibida la poesía por letal. Canta al haloperidol y al agua fresca de la fuente, a los polígonos industriales de mala muerte, a la vida tirada por el barranco y patrocinada por Amazon o Michelin, a la autoestima como saco de basura al espaldar, al señor de las moscas en Silicon Valley, a la manzana agusanada de Steve Jobs, al amor carnal y la muerte masiva de todos los emoticonos. Escribe desde el submarino, desde la patera, donde rema con un palillo negro gastado.

Dice, sí, que en España solo merece la pena el Mercadona, comer y excretar, excretar y comer, la literatura corriente es un coñazo y los brillos de las zapatillas fluorescentes el peor atentado. La felicidad del mono es el supermercado: todos felices, mucha risa, mientras él persigue a la mormona de los pechos generosos, las ubres universales, leche que brota de los gigantescos riscos, Buffalo Bill junto a Leopoldo María Panero en el tiovivo de la sorpresa. Siluro acumula biografía e imágenes, viaje lisérgico del crótalo, cuando le crecen rosas en los cojones porque es un árbol entero navideño. Pocos cenan gasolina, donde el tajo abre y cierra la página, y donde el tipo elige ir a comprar psicópatas a las escuelas de negocios para venir con el maletín lleno y silbando otro villancico grasiento por las cunetas frías.

Rafael Sanz elige un macmenú antes que tres libros de Cioran. El cante jondo de los gitanos derribará las vigas de la apestosa sociedad consumista. El rumor de los desechos merecen una loa porque todos los mirones están pirados. El paro prolongado lleva a felices felaciones mañaneras en los portales de la calle Montera y a la fantasía primaveral de un sex-shop de Atocha donde la antigua metafísica se hizo punk y los pensionistas enseñan la peonza por los pasillos pegajosos. Aprendió la poesía con Mike Tyson donde la indemnización se paga con dos hostias. Elige ir descalzo, sin ducharse, para que le piquen los alacranes. La oferta y la demanda del currela juegan al futbolín para purgar sus pecados. Sanz se comió todas las magdalenas caducadas mientras leía a Marcelo Proust. Una gorda le tiende la nómina y se cree Rimbaud.

Rafael Sanz no está dispuesto a dejar de escribir o aplazar la copa larga de anticongelante electrificado. Es un biólogo del anticonsumo y regala Siluro por los semáforos del miedo. El homicidio diario, con pasamontañas, no tiene rostro. El Ébola empieza en el celular de cada banquero. Necesita máscara antigás porque los loros repiten que el fuego crepita, y la luna existe, y estrellas titilan, cuando lo único real es el desamor y el eructo, la soledad glaciar y el pedo. Rafael Sanz se arma de futuro. Es el forajido que incendia todas las butacas del cine. Es el espermatozoide loco que conquista las vaginas de los mayores agujeros negros. Es el tío de puta madre que asegura que sus cuernos llegan a Saturno. Colecciona sapos en lugar de amigos mientras come trankimazín a caraperro. Pide un carretillo lleno de billetes antes que cualquier metaliteratura posible. Pide poemarios de mierda como el suyo para encender hogueras y tirarlos a los charcos.

Él, sólo él, sí, escuchó al agente naranja entre las almejas de cien mil lumis revolcándose en el barro. Gaudí le debía dos gramos y lo atropelló el autobús sin pagárselos. El koala cibernético se gasta cien millones de euros sin pestañear. No tiene vicios, como Diógenes. Es anticapitalista, pero especula dentro de la bolsa de la compra como el que más, y solo pide tiempo para seguir pescando siluros en el Ebro, junto a viejos con mala hostia y parados de larga duración. Lo dijo Francisco Umbral en 1991 en el librito que le hizo Ángel Antonio Herrera: “La escritura fálica son Henry Miller, Norman Mailer, Hemingway y muchos más, a los que llaman machistas, pero que son escritores que escriben desde el falo, en hombre, en macho, y no digamos ya a los que llaman fascistas, Malaparte y en alguna medida Valle Inclán: Valle no es fascista pero es el único del 98 que escribe con los huevos encima de la mesa”. Rafael Sanz sigue ese venero: el de contarse por los pies y hasta el cielo, desde la calle y la farola hasta el desfile de las nubes negras y azules, sin miedo a la verdad y toreando con la mentira los muchos embates del basurero.

Diego Medrano

Escritor

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