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Ensayo

Guillermo Gortázar: Un veraneo de muerte. San Sebastián 1936

domingo 15 de diciembre de 2024, 17:41h
Guillermo Gortázar: Un veraneo de muerte. San Sebastián 1936

Espuela de Plata. Sevilla, 2024, 458 páginas 24, 90 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En Un veraneo de muerte. San Sebastián 1936, Guillermo Gortázar nos ofrece una obra sobresaliente sobre los orígenes de la Guerra Civil, tomando unidad micro de análisis la citada capital guipuzcoana. Este libro que tenemos entre manos, sin duda alguna, constituye una herramienta muy valiosa para combatir a los adalides del revisionismo histórico, aquellos que presentan a la II República como el paraíso de la libertad y la constitucionalidad, quebradas ambas por unas derechas ambiciosas de poder y rabiosas de venganza.

En efecto, este relato, condescendiente y victimista a partes iguales, es rebatido de forma más que solvente por el autor. Asimismo, en tiempo real, tal narrativa resultó bien desacreditada por el embajador francés Jean Herbette, quien escribió lo siguiente: Estamos obligados a ver que el régimen existente en Madrid es una suerte particular de dictadura en donde dos partes, una socialista de izquierda y comunista y otra anarco-sindicalista se disputan, en realidad, el poder” (p.176).

En este sentido, como señala Gortázar en el epílogo de la obra, el alzamiento del 18 de julio no fue el inicio sino el final de una trayectoria golpista, bien consolidada en España durante el periodo comprendido entre septiembre de 1923 y julio de 1936. El binomio integrado por conspiración y sedición se concibió como una herramienta efectiva para establecer un nuevo sistema político, lo que encerraba notables dosis de adanismo. Al respecto, como subraya con acierto el autor, “en aquellos tres años fracasó la política y se impuso la fuerza”. La Guerra Civil simplemente elevó hasta límites insospechados la violencia empleada por uno y otro bando contra el enemigo.

San Sebastián, en julio de 1936, seguía siendo una ciudad turística que atraía en verano a los principales representantes de la clase política y de la aristocracia, tanto nacional como internacional, incluyendo al monarca Alfonso XIII, el más ilustre de sus huéspedes. En esas circunstancias, se produjo el alzamiento, convirtiéndose el hotel María Cristina en refugio de quienes huían de las milicias al servicio del Frente Popular. Así, se crearon numerosas checas, perfectamente explicadas en los anexos de la obra, que sembraron el terror en la capital guipuzcoana.

Igualmente, desde el inicio de la contienda fratricida se observó un exceso de voluntarismo en el bando republicano. A modo de ejemplo de esta afirmación, el autor refleja el testimonio de una miliciana, Casilda Méndez Hernáez, quien sostenía que “éramos unas ignorantes. Nos ganaba la pasión enorme de creer que hacíamos un servicio ineludible, una acción indispensable para la Revolución […]. La pena consistía en que éramos poca cosa, tan poca cosa como los compañeros que defendían contra viento y marea un ideal, delante de un ejército organizado, porque la verdad es esa, nosotros éramos indisciplinados” (p. 276).

Frente a esta inferioridad organizativa, la reacción del Frente Popular armado, fue encarcelar y, eventualmente, fusilar a los elementos sospechosos de derechismo y de apoyo al alzamiento aunque no hubieran tenido nada que ver con el mismo” (p. 169). Esto bien lo atestigua el asesinato del histórico republicano Melquiades Álvarez. Conforme se acercaba la toma de San Sebastián por los rebeldes, los chequistas aumentaron la violencia indiscriminada, en particular en las cárceles, sobresaliendo la de Ondarreta: “seguían abriendo celdas y salían de ellas compañeros nuestros. Eran los elegidos para la muerte” (p. 329).

Por otra parte, Guillermo Gortázar traslada con rigor las dudas iniciales sobre la capacidad del alzamiento para hacerse con el poder, así como el optimismo de algunos miembros de la República, como el socialista Indalecio Prieto o la ambigüedad calculada por parte del PNV, partido que antepuso la concesión del Estatuto de Autonomía a sus credenciales religiosas, adoptando por ello como compañeros de viaje a comunistas y anarquistas. En efecto, el nacionalismo jeltzale fue cómplice de las barbaries perpetradas ya que usó el poder de forma interesada, esto es, para “evitar violencias contra los sacerdotes y templos católicos, para la protección de sus amigos amenazados y especialmente para salvar al Arzobispo vasco de Valladolid, Monseñor Gandásegui” (p. 264).

En definitiva, una obra combativa que pone de manifiesto la parcialidad y el “subjetivismo” de la denominada “memoria democrática”, empeñada en “reescribir la historia omitiendo los sufrimientos de una parte de la sociedad española” (p.17). En el verano de 1936, todo aquel que fuera sospechoso de tener credenciales monárquicas, liberales o de derechas, veía como su vida pendía de un hilo. La arbitrariedad se convirtió en la máxima que condujo una política basada en delaciones y detenciones.

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