¡Aviso para cinéfilos y lectores empedernidos! Ha llegado a sus librerías un volumen que no puede faltar en sus casas. Se trata de Memorias de un cinéfilo sarnoso, lo ha publicado Sílex ediciones y su autor es una de las personas que más saben de séptimo arte en este país. Por si fuera poco, es el presentador de Días de cine, ese programa que tampoco deben de perderse ninguno de ustedes. Uno de los pocos que todavía siguen valiendo la pena, por sus contenidos de calidad y por la forma en que son presentados. Siempre asequible, siempre entretenido y todo gracias, en buena parte, a su director. “Aprender deleitando”, que decían los antiguos y, por tanto, los universales.
Entrevistamos a Gerardo, que ha tenido a bien cedernos un tiempo bien valioso en mitad de un día de trabajo, inmerso como siempre está en sus obligaciones con las que tanto disfruta, allí en Torrespaña. Esto es lo que nos ha contado.
Pregunta: En tus Memorias de un cinéfilo sarnoso logras fundir a la perfección la vida con el cine. ¿Hasta qué punto el séptimo arte nos puede ayudar a sobrellevar lo que nos rodea o mejorar nuestro día a día?
Respuesta:
Bueno, esto es como lo que nos ha pasado tantas veces en el cine. Como le pasaba al personaje de Cecilia en La rosa púrpura del Cairo. No se puede expresar con palabras. Vas al cine triste, ves Cantando bajo la lluvia y te da un subidón de adrenalina. Juan José Campanella afirmaba que se podía filmar la felicidad. Y se puede, lo vemos en la película de Stanley Donen. Cuando vas al cine por rutina, como me ha pasado muchas veces, no eres muy consciente de esto. Ves una película que te exalta el alma. Una cosa como muy esotérica, ¿no? Cantando bajo la lluvia es un musical, pero te pasaría igual si ves Vértigo; es decir, no pasa solo con películas que sean divertidas. Es por la belleza del cine, es la capacidad que tiene. Hay películas que me han hecho llorar, y no porque sean tristes, sino por la emoción que producen. Me ha pasado con títulos tan distintos como Excalibur o ¡Qué bello es vivir! De lo bellas que son. Sales “convertido” tras verlas.
Pregunta: En tu libro hablas precisamente de Las noches de Cabiria, y con ella me pasa exactamente lo mismo. No puedo evitar emocionarme en la última escena, cuando el personaje de Giulietta Masina va sola por aquel camino, desesperanzada, y se cruza con aquellos músicos divertidos y no puede evitar sonreír mientras se le caen las lágrimas. Es esa maravillosa esperanza que pone Fellini como guinda.
Respuesta: Claro, es de esas películas que conmueven. Para mí hay un momento todavía más emocionante en ese film, y es cuando van a aquella romería y Gulietta Masina, que es la cómica más cómica del mundo, está llorando y pidiéndole a la virgen que la haga cambiar. Eso te desarma totalmente. Es tragicómica, como Chaplin. No ha habido ningún actor o actriz que pueda reflejar lo que reflejaba Chaplin en la tragedia y en la comedia. Igual que Masina. De repente te deja conmovido. Ella en la película no es culpable, pero se mete en líos cada dos por tres.

Pregunta: Dices también en el libro algo muy interesante sobre la abundancia de casualidades en tu vida, que pudieron ser en parte por la razón que te motivó a plasmarlas en papel. ¿La realidad puede superar en ocasiones a la ficción, como en ocasiones se afirma?
Respuesta: Hombre, sin ninguna duda, porque todas estas cosas que me pasan a mí… Por ejemplo, te comento dos anécdotas recientes que me pasaron en Jerez con una hora de diferencia: en una de las presentaciones del libro, entre el público, había una señora que me miraba como si me conociera de algo. Yo ya me sentía mal, porque no caía en quién podía ser. Al terminar el acto, se me acercó y me dijo: “Usted es famoso pero no sé quién es”. Al final, se empeñó en hacerse una foto conmigo y, para sacarle de dudas, se me ocurrió decirle que era Orson Welles. ¡Y se fue tan contenta! En otra ocasión, durante una entrevista, estaban poniendo imágenes de la película de La gran familia, como la escena de la Plaza Mayor de Madrid en la que salía el personaje de Pepe Isbert y el de Críspulo. De pronto, veo que me llega una llamada. ¿Sabes quién era? ¡Pedro Mari Sánchez! Son anécdotas que, si no tuvieras testigos, solo me las podría creer yo. Si yo te las contara pensarías: “Este es un teatrero, me está contando una historieta”. Claro que la realidad supera a la ficción. Pero lo que hace a las historias interesantes no es lo que te pasa —este tipo de cosas le pueden pasar a cualquiera muchas veces— sino cómo las cuentas. A mi me dicen: “Es que a mí no me pasan estas cosas que cuentas”. Y yo les respondo: “Te habrán pasado otras”. Incluso la cosa más trivial —el cine o la literatura ya nos ha explicado todo eso—. Pongo el ejemplo más claro de todo esto. Si te dijera: “Se me ha ocurrido una historia en la que un hombre se vuelve loco leyendo novelas de caballería y se lanza al mundo a conquistar a una mujer que tiene idealizada”. Habría gente que diría: “Vaya chorrada”. Y sin embargo, este señor escribió El Quijote, porque no es la historia de un personaje sino cómo se cuenta, que es lo que la gente no entiende. No es la historia de Vértigo —un tipo que se obsesiona por una mujer—. Qué tontería, ¿no? Es cómo lo cuenta Hitchcock en la película, haciéndola abrumadora y complejísima. Ya digo, no es qué se cuenta sino cómo se cuenta, ya sea en el cine, la literatura o en cualquier arte supuestamente narrativo. Cualquier arte narrativo es mucho más que un arte narrativo.
Pregunta: Me estaba acordando del gag que hizo Tony Leblanc en televisión comiéndose una manzana, dejando a todos “patidifusos”. Que ya ves tú la tontería que es, pero fíjate la cola que trajo…
Respuesta: Yo fui testigo de eso, lo vi por televisión. Él dijo la semana anterior: “La semana que viene voy a hacer en televisión algo que no ha hecho nadie antes”. Y todos alucinados, claro, porque en aquella época todos estábamos esperando qué iba a hacer Tony Leblanc…
Pregunta: Eso lo hacía John Cage con el piano, abriéndolo y quedándose en silencio sin tocar las teclas, dejando que el público fuese quien crease la partitura con sus ruidos, y el público más cultureta le hacía la ola porque era un creador internacional de renombre y por la supuesta seriedad de sus propuestas. Y sin embargo, lo de Tony Leblanc fue de una total modernidad en su época y en su país. Y me da a mí que solo los españoles lo conocemos.
Respuesta: Tony Leblanc era un genio. Él decía que hacer reír era una cosa muy seria. Es maravilloso.
Pregunta: Afirmas que la cámara tiene ese poder mágico de hacer ver las cosas desde una forma única, imposible de recrear con nuestros propios ojos. Si tuvieras que hacer un film sobre tu perspectiva vital, ¿cómo sería su argumento?
Respuesta: Pues seguramente sería una sátira o una ópera bufa. En definitiva: una tragicomedia. Ya sabes que Chaplin decía que el mundo en plano corto era una tragedia y en general una comedia. A pesar de lo que pueda parecer, porque estoy todo el día haciendo chistes y bromas, yo soy una persona muy seria. Me gusta tomarme el trabajo muy en serio, pero no puedo evitar hacerlo con humor. A estas alturas de mi vida, no voy a decir: “Voy a ser una persona seria”. Decía Chandler en Friends que hacía chistes porque era muy tímido. Yo era tímido de pequeño, como tú cuando tuviste ese periodo en el que tartamudeabas de niño y que me contabas off the record, pero hace mucho tiempo que ya no lo soy.
Pregunta: Es como debería tomarse la vida, con humor. Te hace todo más fácil.
Respuesta: No sé si puede llegar a ser un castigo para la persona a la que le toque aguantar los chistes malos que hago cada día (risas). A pesar de que me gustan películas serias como Vértigo o Centauros del desierto, a mí me sería mucho más fácil hacer Historias de Filadelfia o Luces de la ciudad; en definitiva, una de estas comedias maravillosas donde se habla del ser humano. Historias de Filadelfia es una película profundísima sobre las debilidades humanas, el amor, el desamor…
Pregunta: Justo es lo que comentabas en tu libro, que esos mismos temas profundos los puede tratar la nouvelle vague con todas sus alharacas, o lo puede hacer Cukor con una historia aparentemente sencilla para el espectador.
Respuesta: Eso es. En definitiva: yo creo que haría una comedia sobre alguien que no entiende el mundo.
Pregunta: Muy Woody Allen eso.
Respuesta: ¡Exacto! ¡Un hombre perplejo!
Pregunta: Una de las frases más reconocibles de Eisenstein es aquella en la que expresa que “el montaje es el alma del cine”, pues representa “la forma en que se combinan las imágenes para crear un efecto emocional en el espectador”. Tu construcción de relatos fílmicos a través del montaje es inconfundible. ¿Cómo concibes este trabajo a la hora de expresar tu mundo propio cinéfilo?
Respuesta: Yo no soy muy consciente de cómo he escrito el libro, pero mucha gente cuando viene a hablarme de él —ya sabes que los libros y películas se completan cuando alguien los lee o las ve— te hace notar cosas que no he escrito conscientemente. Yo no creía haber escrito cosas con las que la gente se ha reído o se ha emocionado. Y tampoco recordaba esa estructura. También en el libro hago bromas del tipo: “Ahora uso el DeLorean para volver atrás” (risas). Bueno, ahora que lo pienso, creo que la estructura que más se parecería a la de mi libro es la de Dos en la carretera, porque como decía Stanley Donen, los recuerdos son quebrados, no lineales. Pero yo lo había hecho inconscientemente, sin pensar: “Voy a crear esta estructura. Como tengo esta mente absolutamente caótica, me ha salido eso” (risas). Mucha gente me dice: “Es que eres tú, se te oye hablar a ti”.
Pregunta: Si lo intentaras hacer a propósito, estoy seguro de que quedaría totalmente artificial.
Respuesta: Es verdad, no se puede impostar. A lo mejor con veinte años… Cuando de vez en cuando me atrevo a releer algunas partes del libro, me digo: “¿Pero esto lo he escrito yo?”
Pregunta: Dos en la carretera es maravillosa. Cuando la ves por primera vez, extraña esa estructura a la que te refieres, pero cada vez que la vuelves a ver no solo la entiendes sino que la disfrutas más y más… Y demuestra, como en otras ocasiones, que Donen era capaz de hacer películas muy serias.
Respuesta:
Es que es una película muy moderna para estar hecha en 1967. Cuando realizaba películas serias, Donen siempre las hacía con una sonrisa agridulce. Hay un libro muy bonito escrito por Juan Carlos Frugone en colaboración con John Russell Taylor y que se publicó con motivo de la Seminci de 1989 —cuando Donen fue al festival en Valladolid—, que se titulaba Stanley Donen… y no fueron tan felices. Porque en sus películas, más allá de los musicales exultantes, siempre hay un poso agridulce. No es el típico cuento en el que todos acaban siendo felices. De verdad, nunca lo había pensado hasta que me lo habías preguntado, pero igual la estructura de mi libro sí que se parece a Dos en la carretera, sin pretenderlo.
Preguntas: Totalmente de acuerdo. Bueno, ya van quedando menos preguntas, que tampoco quiero ser un pelma.
Respuesta: Es un placer. Esto de decir tonterías y que te escuchen… (risas).
Pregunta: Actualmente asistimos a una decadencia de la concepción artística del cine en términos generales, si bien siguen existiendo casos esperanzadores, aunque lejanos de lo que representó esa forma de creación con mayúsculas. ¿Podría ser este cine reflejo especular del mundo actual en que vivimos?
Respuesta: Por supuesto. El arte es un reflejo del mundo y el mundo es un reflejo del arte. El cine, entre otras cosas, es la mejor herramienta de documentación para el futuro de lo que ha sido el mundo desde que se inventó. Antes eran los cuadros. Pero esa forma de ver la realidad —como vestía la gente, cómo eran las casas, cómo eran las personas— nunca se había hecho. Además de eso, las películas reflejan el mundo en que vivimos por lo que cuentan. Igual que cuando se estaba rodando Espartaco se estaba reflejando, no solo el mundo de Espartaco sino el mundo de los años sesenta en que se filmó, el cine que se hace ahora refleja nuestro mundo, con nuestras fantasías, tonterías o aciertos. Cuando vemos la película Retrato de una mujer en llamas, no estamos viendo una película de finales del s. XVIII, sino una película actual que yo no me termino de creer, porque no es posible que en aquella época una señora y una sierva pudieran practicar eso que ahora se llama sororidad. Por eso me “canta”. Pero está reflejando ese mundo. Cuando veo la serie de HBO La edad dorada —una especie de La edad de la inocencia revisitada— tampoco me la creo. El mundo no era así. El mundo de hoy sí queremos que sea así. Luego está la fantasía, pero eso es otra cosa. Pero si tú quieres reflejar cómo era el Nueva York en construcción del s. XIX, pues en esos años la señora Rothschild no era amiga de una negra. Ésta era la sierva y con suerte. Esto es también muy orwelliano, lo estoy pensando ahora, lo de reescribir el pasado. El pasado es el que es y si no somos capaces de entender cómo fue, seremos incapaces de corregir las cosas que se hicieron mal. ¿Nosotros hacemos todo bien ahora? Estoy seguro de que dentro de cien años dirán: “Estos gilipollas que andaban con el elle… Eran tontos… ¡Cuando todo el mundo sabe que se dice elei!” (risas). Porque entonces tendrán otra paranoia con otro nombre. Nosotros siempre pensamos que estamos aquí para hacer las cosas bien, y no es así. Yo soy muy radical para estas cosas.
Pregunta: Días de cine supone una ventana abierta de aire fresco a un tipo de televisión que también abunda en contenidos carentes de calidad. ¿Crees que en el futuro sería posible un “renacimiento” de un formato que prime la calidad de los contenidos al mero espectáculo?
Respuesta: ¡Uf! Soy muy pesimista a ese respecto. No quisiera decirte que no, pero tengo mis dudas. Y soy pesimista porque, cuando la televisión era buena en general en España, —tengo la teoría— era porque en los años sesenta y setenta era un medio igual de complicado que el cine. No es lo mismo rodar ahora con un teléfono, que saber qué película estabas usando, qué textura de imagen te iba a dar, qué diagrama había que poner. Al ser la televisión un medio tan complejo de manufacturar, tenía que tener a gente que supiera. Igual que cuando llegó el cine sonoro se llamaba a personas que estaban en el mundillo del teatro, porque había que escribir diálogos, hacer algo creíble. En la medida en que todo eso se va democratizando, se va banalizando también su uso. ¿Qué vemos en prime time? Las cosas que vemos, con mucho éxito y demás. Pero cuando yo era pequeño, en prime time se ponía Estudio 1 y tenía mucho éxito. Y al día siguiente, en la pescadería, la gente estaba comentando que había visto el día anterior…
Pregunta: …¡una obra de Lope de Vega!
Respuesta: ¡Exacto, a Lope de Vega! ¡O a Calderón, con La vida es sueño! ¡O a Buero Vallejo!
Pregunta: Es que incluso, en Historias para no dormir —que ahora podría ser un American Horror Story— se utilizaban textos de Edgar Alllan Poe, de Ray Bradbury o de Henry James…
Respuesta: Claro. Entonces si antes a la gente le podías dar algo de calidad —no te digo que todo tenga que ser teatro— ahora se hace poco esfuerzo por hacer cosas buenas. Y se puede hacer un buen producto sin ser sesudo, evidentemente. No tienes que ser engolado ni poner Esperando a Godot de Samuel Beckett a las 22:00. Pero si tú pones Eloísa está debajo de un almendro de Enrique Jardiel Poncela en una buena adaptación es divertidísima. La gente lo va a ver. Pero no lo va a ver si lo pones un día suelto. Si les generas una rutina, ya sea con teatro, con películas, va a funcionar. Entiendo que, por un lado, hay miedo por desconocimiento, porque la ignorancia es atrevida —atrevida para no atreverse— y, por otro lado, la televisión es un negocio. Hay que hacer este producto con la mayor parafernalia posible y ahí lo dejo. Decía David Simon —el creador de la serie The Wire— que tenía que hacer aquello que creía que debía hacer y que, si se hacía, ya habría un público para eso. Es parecido a lo que decía Elías Querejeta en su día, hoy impensable: “¿Esta película la pueden ver dos millones de personas? ¿Sí o no?” Si él creía que sí, la ponía en marcha. ¡Dos millones de personas viendo una película de Querejeta! Hoy en día, La infiltrada va por un millón de espectadores o algo más y es una película estupenda, pero va cada vez menos gente al cine. Lo que te quiero decir es que, primero —como digo en el libro—, hay demasiado gurú en la televisión cuando es un medio que es como otra forma de entretenimiento. Tú puedes entretener de una manera zafia y vulgar o de una manera noble o brillante. La cuestión es qué forma eliges. Hay que dar una oportunidad a las cosas y nuestro programa cuando era a las 22:00 lo veía mucha gente, no es que ahuyentásemos a la audiencia. Tienes que hacer un producto que interese. No digo que otros programas que se emitan a las 22:00 hoy en día no lo hagan, pero también es verdad que si tienes un producto y lo pones a esa hora lo va a ver más gente que si lo pones a las 20:00. Así de claro. Porque es la hora a la que la gente se sienta a ver la televisión de forma masiva.
Pregunta: ¿Qué les dirías a las nuevas generaciones a las que, por desconocimiento, les cuesta incluso ver cine si no es de fuegos artificiales? (Y en blanco y negro ya ni digamos).
Respuesta: Pues le diría lo que le dije un día a mis hijos viendo la primera temporada de The Mandalorian, que me gusta mucho pero es Serie B disfrazada de Star Wars: Si estás viendo The Mandalorian porque te gusta Star Wars, yo creo que lo disfrutas mucho más si de repente viene un pelma como yo y te dice: “¡Los siete samurais!” Eso significa que estás disfrutando de un episodio estupendo de The Mandalorian, pero ya se hizo Los siete samurais en su día y de ahí Los siete magníficos. La última está homenajeando a la otra y está todo ahí. Hay tantas cosas que se pierden… Y luego está otra cosa constante en la condición humana: el adanismo. “El cine se ha inventado el día que yo llegué, antes no había nada y las películas empiezan cuando a mí me empezó a interesar el cine”. Y esto lo podemos llevar a la literatura o a lo que sea. En realidad, ya está todo hecho, pero la cuestión es cómo lo recuentas. Las historias ya están contadas. Estoy hablando de Star Wars, que es una película de 1977 y que para la generación nacida en el s. XXI le suena al Pleistoceno. Pero sigue siendo un clásico y es la madre de todas estas franquicias de Disney Plus. Cuando a la gente le dices: “¿Te acuerdas cuando Luke Skywalker va a casa de los tíos y se encuentra con que la han arrasado? Bueno, pues eso ya está en Centauros del desierto. Evidentemente no se puede haber visto todo, pero está bien que sepas que todo viene de algo. Y que hay cosas de ese algo del que vienen muy interesantes y pueden ampliar tu visión del mundo. Ayer, presentando mi libro en Zaragoza, alguien me hizo una pregunta y yo contesté: “Claro, todo el mundo copia. La diferencia está en cómo copias. Tú puedes copiar y hacer algo nuevo o puedes copiar y no hacerlo”. Conté el caso de Tarantino, que para mí es un copiador nato, pero saca algo que es Tarantino. Haneke me gusta a veces y otras, como en La cinta blanca, veo que está remedando a Los comulgantes de Bergman y me chirría un poco. La cuestión es que yo tampoco pillo todas las cosas que se hacen, es imposible.

Pregunta: Mencionas a Akira Kurosawa y de ahí nos podemos ir a John Ford. E incluso si mencionas Apocalypse Now, ésta te lleva a El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, que es literatura.
Respuesta: Es un disfrute poder encontrar estas cosas; no por un afán de epatar como quien dice: “¡Fíjate, he visto esta influencia en esta película!”, sino por enriquecimiento personal. Por ejemplo, yo veo el final de Infiltrados de Scorsese y me gusta reconocer que está homenajeando a El tercer hombre; o veo La guerra de los mundos de Spielberg y, cuando están en aquella casa por la noche y el árbol golpe la ventana, estoy reconociendo el homenaje a ese momento de Doctor Zhivago, el del niño tras morir la madre. Hago muchos guiños cinéfilos en el programa todas las semanas y sé que la inmensa mayoría de la gente no los va a pillar. Pero, a lo mejor, un pequeño porcentaje lo pilla y con eso me vale.
Pregunta: Cuantas más cosas vemos, mejor las sabemos valorar y mayor sensibilidad nos aporta.
Respuesta: El saber no ocupa lugar. Si es en forma de libros sí (risas). Cuando salió el libro, hicimos la presentación en la Academia de Cine y conté otra de esas anécdotas que me han pasado. La gente me puede decir: “¡Chico, es que lo has visto todo!” Y es mentira. Es imposible haberlo visto todo, y quien diga que sí se puede es quien menos ha visto. Mi hijo, que es informático, me hizo un día el cálculo de las posibles películas que había visto, siempre tirando a la baja. Sacó la conclusión de que había visto unas 25.000 películas en mi vida —30.000 si contamos las que he podido haber visto varias veces, que son un montón—. Pero eso no es nada. ¿Y sabes por qué no es nada, aunque sea más de lo que ha visto mucha gente? Te respondo con otra anécdota: Mi cuñado, que va por mercadillos, un día me llamó para decirme que estaba en el de Navacerrada y había visto unos libros de cine que me quería regalar. Yo le contesté: “¡No, no me cojas nada, que tengo de sobra y no me caben ya!” Bueno, pues me trajo un montón de libros, algunos más normales y uno que estaba escrito en polaco. Era un vademecum de las películas hechas en Polonia entre 1945 y 1980. Simplemente una lista y en polaco. Ya te puedes imaginar que lo empecé a mirar por curiosidad. Pensé en una amiga, Joanna Bardzinska, la cual, además de tener una Tesis Doctoral sobre Edgar Neville, es especialista en cine polaco, y se lo regalé. Entonces me di cuenta de que venía escrito a mano a quién había pertenecido el libro. A José María Fraguas, “Pirracas”, el hermano de Forges, con quien yo trabajé en TVE. Con él monté el primer reportaje en televisión cuando entré, para Informe Semanal. ¡Pues ese libro era suyo, se lo habían regalado a él! Otro libro de los que me trajo mi cuñado, Historia del cine de Román Gubern, también era de “Pirracas”. Como conozco a su hija, se lo comenté enviándole la foto del libro de Gubern y me dijo: “Esa letra es de mi madre”. La letra con la que estaba apuntado “José María Fraguas” era de la mujer de “Pirracas”. Ese libro se lo mandé y le hizo mucha ilusión, y el otro se lo dí a Bardzinska, la especialista en cine polaco y que no conocía la existencia de ese libro, que no conocía el ochenta por ciento de los contenidos de películas de ese libro, y le hizo mucha ilusión. ¡El azar kieslowskiano! Fíjate qué cosa más curiosa, de todos los mercadillos de libros que hay en España, va mi cuñado y encuentra ese libro, me lo trae y resulta que es ese que fue de esa persona… No dejan de pasarme cosas curiosísimas (risas).