Parece que 1898, sí, el Desastre del 98, está de regreso y con argumentos tan similares como vigentes, como que sorprende que la Historia sea tan parecida, pese a transcurrir el hecho de antaño y el de hogaño en dos centurias diferentes.
Avanza 2025 de manera atrabancada y apenas deja respiro para decirle que al finiquitarlo consumiremos el primer cuarto del presente siglo. Si apenas ayer recibíamos al año 2000. Trepidante actualidad que apura aludir la reapertura de Notre Dame, que no pudo hacerla un cardenal, pues renunció el de París tiempo a por un escándalo sexual, sí, correspondiéndole a un arzobispo. Y para reflexionar que en Roma han nombrado a una mujer como prefecta de un dicasterio. Y destaco qué en su primer viaje a América a bordo del cuasi centenario Juan Sebastián Elcano, la Princesa de Asturias no pasará por México. Entiendo que el enfriamiento diplomático prevaleciente así lo aconseja. Qué lástima perderse la nación americana definida como la más hispanista y la más indigenista. Es lo que hay. No podrá ser y, en lo personal, mucho que lo lamento.
Dicho todo lo cual, me centro en la actitud gansteril con rostro de Trump –un burro en cristalería– que no es nimia y solo es una variación de un mismo tema: el imperialismo yanqui ahora en pos de un proteccionismo traidor de las reglas capitalistas que preconizaba su país, pues su economía sigue en declive y está agarrándose de dónde puede, va a fanfarronadas, amenazas, amén de ser amagos, antes que simples fantochadas. Acaba de repetir que quiere a Canadá de estado 51, a Groenlandia porque la detenta ilegalmente Dinamarca y la rondan rusos y chinos, y que usaría la fuerza para agenciarse el canal de Panamá. Además, quiere cambiarle el nombre al golfo de México, como si el único golfo aquí pudiera ser él. ¡Vaya menudo combo de disparates y admoniciones majaderas para todos los destinatarios! México incluido, advirtiéndole que intervendrá para obligarlo a frenar migrantes y lo culpa de sus drogadictos. Un pelma que se calla que su país financia y arma a los cárteles y recibe su dinero.
Y dejemos de repetir la sandez aquella que reza “Trump le habla a sus electores”. No, señores. El neoyorquino es una amenaza mundial. Y así hay que verlo. Punto.
Usted no pierda de vista que no es la migración, es la economía y no lo diré insultando a nadie como sí el bobalicón de Clinton. Apela Trump al proteccionismo tramposo y a jugar de forma tramposa, encajosa, sobre los demás. Eso no es juego limpio. Apertrecharse en las Américas que ven como su coto de propiedad sin serlo, como el último bastión de una economía decadente, en retroceso en tantas partes y merodeadas las Américas por los chinos –que le resulta insultante a los yanquis, considerándolos invasores– los tiene a la defensiva y agresivos, ahora con el expansionismo majadero y el imperialismo yanqui más putrefacto peligrosamente revivido, como el que siempre ha sido, putrefacto y al que no le guste que así lo refiera y le pique, que se rasque. Y cada declaración más rotundamente disparatada y ridícula, belicosa e irresponsable de Trump solo muestra sus deseos de imponer unilateralmente sus reglas económicas proteccionistas, sin las cuales su país no detendrá un declive, siendo cada vez menos competitivo y más dependiente del resto. Pasar por encima de todos acaba siendo su grosera divisa. ¿Tenemos qué aplaudirlo? Terminantemente, no.
A Canadá la trata como jerga. A Trudeau como un pelanas llamándolo gobernador si aceptase la anexión y persiste en semejante timoratez el patanzazo. Qué bueno que solo aluda a Canadá, excluyendo a México, siendo un golpazo en la cara a mexicanos encandilados con los yanquis, para que entiendan que no somos lo mismo, aunque renieguen y tanto les cueste entenderlo, resistiéndose a ello mis paisanos.
Sí arrebatarle a Dinamarca la enorme Groenlandia parece reavivarse como en su primer mandato, con Trump Federico X tendrá que despabilarse porque aquél amenaza con tomarla. Su primera ministra, Frederiksen, no se ayuda diciendo que el futuro de la isla pertenece a los groenlandeses. Trump puede azuzar a esas 58 mil almas creando una republiqueta a lo Hawái (1893) o Panamá (1903), alegando que merecen democracia que un rey europeo no puede darles. Sabrán cómo. Y la UE con tardanza califica el incidente como defender esa soberanía danesa con “un valor diplomático y principio clave”, si bien no olvidemos que desde el 79, Groenlandia no era parte de la CEE y en 1985 concretó no serlo y, por extensión, de la UE. Dinamarca luce más sola de lo aparente y como España en 1898 ¿quién meterá las manos por ella? Poco falta para que Trump vocifere que Dinamarca no tiene por qué tener un pie metido en América –cosa que en América bien nos preguntamos la razón, dicho sea– y es ineficaz la medida de exaltar Groenlandia y Feroe en el escudo danés, para capotear las groseras apetencias yanquis. A ver si Trump vuelve a ofrecer Puerto Rico a cambio, como la vez anterior, visto como botín de guerra por una profesora yanqui que así me lo dijo. Qué manera de tratar a la Isla del Encanto. La alegada autonomía de Groenlandia suena a la tardía de Cuba implantada ese mismo 98 para contentar a los yanquis y sirvió de nada. El Ártico está en juego, sin duda, pero anexarse Groenlandia es una majadería.
La presencia e influencia china y rusa en esta segunda guerra Fría a tres bandas, que, acusa EE.UU. solo justifica sus ambiciones expansionistas, que no son mejores que las otras, desde luego. Que el comercio bilateral con México ascendiera a 776 mmd en 2024 jugando con sus reglas –ganándoles, dentro y fuera del T-Mec– como primer socio comercial no les agrada, quieren todo el pastel y buscan cambiarlas de nuevo y seguirán golpeteando para conseguirlo, sin visos de obtenerlo al cien. Acusan que China usa a México para entrar. Hay algo de verdad. No ayuda la caída de Trudeau. Un tardo e ingenuo a final de cuentas que fue a ponerse de tapete al yanqui. A los mexicanos de mi generación, encandilados con los yanquis, no sabe cómo les jode cuándo se les explica la decadencia de tales.
Luego viene el folklorismo de alardear cambiarle el nombre al golfo de México, que, desde la guerra con Estados Unidos en que México perdió más de la mitad de su territorio y la mayoría de costa de tal espacio –50 años antes del 98 y poderío del que España no se dio por aludida– recuerda que ya antes su país robó el nombre California. Existió la Alta y la Baja. Al perder México la primera, EE.UU. le retiró lo de Alta dejándolo solo en California como si no hubiera la otra, la Baja California, y llaman “Baja” a la otra a secas. Mañosos. Como si no existiese la Baja California, apuntando a borrar referentes, cosa conveniente para propiciar desmemoria y, a la postre, desapego. Por qué no. Así que resulta normal robarle su nombre al golfo de México. “De América” dice Trump, suena mejor. Lo dice por su país, no por este continente que lo padece. Pues bien, ¡fuera máscaras! Demostrará que sí tiene secuestrado el nombre América y lo enseñorean como dueños del continente, excluyendo al resto como algunos timoratos lo niegan. Certeramente, la presidenta mexicana le ha respondido: “Llamémosle Golfo de América mexicana" recordando que así se llamó Norteamérica en mapas españoles desde 1607. Bien por ella. Me agrada que siempre le responda y no como los agachones priistas. ¿Qué lo que quiere es controlar el Golfo? Es parte de su proteccionismo.
El amago a Panamá con arrebatarle por la fuerza el Canal, usando su fuerza militar es eso, echar a China, que lo usa, de América, su cortijo. Sigue con su proteccionismo y control para conseguirlo amenazando a ese país con arrebatarle lo que con tanta penuria consiguió Torrijos. Ahora que ha muerto Carter, dígase que lo soltó y sus electores jamás se lo perdonaron, muriéndose Torrijos en accidente aéreo, pues ocurren. La invasión a Panamá de 1989 al final no consiguió cancelar tales tratados. Y no se resignan a perder esa tierra robada a Colombia en 1903. Trump querrá decir como el sátrapa de Teodoro Roosevelt: “Yo tomé Panamá”. Qué engreído el mentecato y qué ídolos se apunta a seguir.
Las Américas ya pueden inquietarse, pues el execrable imperialismo yanqui regresó después de sus trapacerías en Oriente Medio las últimas dos décadas. Nada más nos falta el miserable hispanoamericano que bese la bandera yanqui a lo José Napoleón Duarte 1986. Como si la guarrez de Trump no fuera ya bastante.