En la brillante panorámica de las letras europeas de entreguerras, destaca con luz propia Joseph Roth. Nacido en 1894, en Brody, localidad perteneciente en ese momento al Imperio austrohúngaro -y hoy a la por desgracia castigada Ucrania a manos del salvaje expansionismo de Putin-, y fallecido en París, 1939, el escritor y periodista austriaco de ascendencia judía, de agitada vida, cuenta en su haber con títulos imprescindibles como, entre otros, Historia de un amor; Fresas; La cripta de los capuchinos, Confesión de un asesino, La marcha Radetzky, y La leyenda del santo bebedor, que recupera Acantilado en magnífica traducción de Roberto Bravo de la Varga y clarificador prólogo de la docente e investigadora Berta Ares Yáñez, autora del ensayo “La leyenda del santo bebedor”, legado y testamento de Joseph Roth (Acantilado, 2022).
La leyenda del santo bebedor es, en efecto, como reza el título del trabajo de Ares Yáñez, el testamento de Roth. La novela, muy breve, se publicó póstumamente en 1939, en Ámsterdam, en el sello Allert de Lange, gracias al empeño del escritor alemán Hermann Kesten, y se centra en la historia de Andreas Kartak, un vagabundo exiliado en París, donde malvive bajo los puentes del Sena. Empapado en alcohol -Roth vivió sus últimos años alcoholizado-, un día tiene un encuentro fortuito y extraño: un desconocido le propone prestarle doscientos francos. En principio, el clochard no los acepta, pero finalmente los toma y promete cumplir la condición que le exige: cuando consiga más dinero, deberá entregar como donativo esta cantidad al sacerdote de la iglesia de Sainte-Marie des Batignoles, consagrada a santa Teresita de Lisieux, a quien su benefactor profesa una especial devoción.
Parece que el destino, vestido de azar, se pone del lado de Andreas Kartak y logrará obtener más dinero, lo que le permitiría ser fiel a su promesa. Así, le contratan para trabajar en una mudanza y, lo más sorprendente, se compra una billetera, que en su interior alberga mil francos. Y no será el único “milagro” que Andreas Kartak experimentará. Pero también sufrirá contratiempos y reveses, y vemos como él se deja enredar en tentaciones y en una actitud, con el alcohol muy presente, que no es precisamente la correcta para poder consumar el acuerdo al que llegó tras recibir los primeros doscientos francos. ¿Conseguirá cumplirlo?
Como bien señala Berta Ares Yáñez en el postfacio, La leyenda del santo bebedor encierra múltiples significados, entre otros, “una parábola religiosa sobre el mal y la redención”. Joseph Roth conoce diversas tradiciones, y las maneja con habilidad en una obra, bien resumen también Ares Yáñez, “escrita con un lenguaje nítido, preciso y lacónico”. Y en la que apreciamos lo que Stefan Zweig -en Acantilado ha visto la luz la correspondencia entre los dos amigos-, afirmó sobre Roth y que Ares Yáñez oportunamente recuerda: “en él había hombres entrelazados: el austríaco, noble y caballeroso en cada gesto; el judío, de inteligencia clara y crítica, de sabiduría justa y amable; y el ruso, de grandes pasiones, en todo extremado, de profunda piedad, pero también autodestructivo”.
“Escritor austriaco, muerto en París en el exilio”, se lee en la lápida de Joseph Roth en el cementerio parisino de Thiais. Creador, sin duda, de una obra imperecedera.