Durante mis días porteños pasé una mañana entera en el Museo Bellas Artes, donde me sentí bastante bien. Obras de Goya, Velázquez, Rivera, Kandinsky, Degas, Rodin, Joaquin Torres García, De la Cárcova, Sívori, Horacio March, Bernaldo de Quirós, Zuloaga… Podría entrar a analizar profundamente los espacios y sus obras, pero prefiero centrarme en un asunto que podría traer debate, y por ende, polémica.
Charlaba con mi amigo Marcelo Carli, argentino residente en Cabo Verde, a través del WhatsApp, cuando al contarle que tuve que tranquilizar a una señora que no podía cazar con su móvil los códigos QR de casi todos los cuadros –era centroeuropea–, le rogué que tuviera paciencia ya que la entrada a la pinacoteca era gratuita. “Señora, si no funcionan no se queje: era gratis”. Y ahí tomé la decisión de debatir con Carli si no habría sido mejor que hubiera tenido un precio para así mantener la galería en orden y concierto.
Debo reconocer que observé, además de algunas obras notables, humedades. Y que los guardas de seguridad exigían, esencialmente a los turistas, que nos pusiéramos las bolsas contra el pecho y no en la espalda, ya que al ser el acceso gratuito también lo era para los chorros. Cuando fui al baño –por cierto, mejorable en su mantenimiento–, vi a un tipo defecando que no tenía pinta de amar el arte ni contemporáneo ni renacentista. Y sí: debo reconocer que en algunos de los espacios el transitar fue harto complejo dada la cantidad de visitantes, que durante algunos momentos, se arremolinaban. Entonces, ¿museos gratis o de pago?
Carli me dijo que el pueblo tiene el derecho a poder acceder al arte de forma gratuita. Y yo asumí que su frase tenía cierto sentido, pero no la totalidad del mismo; porque había un tipo cagando que prefirió hacerlo ahí que en el parque, cuando alguno que otro, sospecho, accedió solamente por el aire acondicionado: fuera el verano comenzaba a molestar.
En unos versos de mi último poemario, Diccionario, aseguro que “los museos deberían ser búnkeres”. Y lo sigo manteniendo. Creo que el arte de fácil acceso ya está en los libros e internet. Y que un museo debería cobrar entrada para que en su autogestión pueda pagar a los mejores restauradores, empleados de cualquier índole, e incluso, aumentar su número de obras.
Es cierto que a la entrada un trabajador nos aconsejaba –no era obligatorio– abonar 3.000 pesos –algo menos de tres euros– para colaborar con el mantenimiento de la pinacoteca. Pero sigo pensando que a 15 euros el ticket la propia selección natural habría conseguido que, al menos, el señor del vientre facilón hubiera soltado lastre en un bar. Porque de otro modo, no sólo los ladrones podrán acceder a los museos a hacer su agosto, sino que cualquiera que por allí pase creerá, que como en El Corte Inglés, se está mucho mejor dentro del edificio respirando aire acondicionado, que en la mísera calle, aquella donde el arte consiste, a veces, en mejorar media hora de tu vida al fresquito.
Y luego, como al menos ocurre en España, que la persona que demuestra no disponer de ingresos suficientes acceda gratis. Pero repito: si pagamos 300 euros por ver a un tipo dar patadas a un balón, ¿no deberíamos al menos abonar algo para respetar el trabajo minucioso y sobresaliente de Auguste Rodin?
Dos días después, el fastuoso teatro Colón me dio la razón: 23 euros por acceder al mismo.