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Guerreros de la estética

Laila Escartín Hamarinen
miércoles 26 de noviembre de 2008, 20:59h
Amo Madrid. Después de Nueva York me parece la metrópolis más emocionante, divertida y amable que conozco. Sin embargo, o precisamente por ello, me duele cuando camino por las calles del Madrid de los Austrias o del Barrio de las Letras, y los carteles de las tiendas, los bares y los restaurantes me asaltan con su desalentadora fealdad y vulgaridad. La calle Espejo, por ejemplo, vista desde la calle Santiago me transporta a siglos pasados, el tiempo se ha detenido, pero luego mis ojos se topan con el terrible neón de Mundimúsica, o el ordinario cartel del Hostal Mairu y se me revuelven las tripas, ¡qué fealdad por piedad! O el cartel luminoso de la pastelería en la esquina de calle Escalinata y Costanilla de Santiago. ¡Deberían estar prohibidos! Inevitablemente, al paseante que ama la belleza le entran ganas de rugirles unos versos afilados a estos propietarios de establecimientos que sólo piensan en sus ganancias: ‘¿Sabes? Casarse con el dinero / es un trabajo a tiempo completo’. No se trata de sabotear el negocio de nadie, pero sí de salvaguardar la estética de la ciudad en la que se vive y se trabaja.

Madrid es una de las grandes capitales del mundo. La historia es parte del presente, y por ello hay que cuidarla. El casco antiguo ha de ser preservado en su estado más original en la medida de lo posible. Un entorno urbano bello no sólo atrae turistas, sino que hace más felices a sus habitantes. En la Toscana italiana se vigila celosamente la estética de sus ciudades y pueblos, allí entienden el valor de la historia y de la belleza. En Francia también los ayuntamientos controlan a los dueños de establecimientos y existen normas estrictas respecto a la cartelería que se puede usar o no en las fachadas de los edificios. Esto no es tiranía ni coartar la libertad del propietario de pequeños comercios, sino defender el rostro de la ciudad y la historia que es patrimonio de todo un pueblo. Madrid (y de paso todas las ciudades españolas de importancia histórico-estética) debería tener un incorruptible comité de asesores estéticos que hayan viajado mucho por Europa y conozcan en profundidad la Europa Central e Italia, y que sean versados en historia del arte. Este comité incorruptible (¿pido demasiado?) debería crear unos parámetros de cartelería que respetaran la estética de los edificios del entorno, y a los que todos los comercios sin excepción se vieran obligados a someterse. ¡Lavemos la cara de nuestro Madrid! ¡Despojémoslo de esa bisutería bajuna que lo vulgariza! Mano dura para salvar la belleza sometida a los malos tratos de la barbarie. ¡Larga vida a la belleza!
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