Me reconozco poco lectora de poesía, hasta que me atrapa un poemario y lo devoro. Tengo en las manos Aunque me extinga, y pienso en voz alta que debo leerlo lento, digo, pienso, mientras en realidad lo estoy devorando. Así que para escribir sobre él he regresado a otra lectura más pausada, a la vez que tomaba notas.
Sofía Crespo Madrid es una poeta joven radicada en la capital de España, pero nacida en Venezuela, que es habitante del mundo desde su reivindicación del ser migrante. Ni e- ni in-; migrante. Aunque me extinga es su tercer poemario publicado, y podríamos decir que el tema principal es el desarraigo del ser migrante; en realidad lo es su lucha, una batalla que acaba siendo burocrática como si unos estuviéramos de un lado y el resto de otro.
Comienza con el infierno de los papeles, y aunque volverán a aparecer, en realidad lo que nos cuenta Sofía Crespo es que la esperanza y el amor son más fuertes que las dificultades: «Amor / que viajas todos los días / hacia la supervivencia» es en realidad el asunto central. Cómo ha dado con él y cómo se aferra a algo que sí le proporciona apego.
La estructura del libro es muy interesante y algo difícil de desentrañar: el índice nos avisa de cuatro partes, pero la maquetación editorial añade un juego de páginas contrastantes en negro que, entremezcladas, proponen nuevas particiones. Aunque me extinga reclama una identidad, una existencia más allá del desarraigo, ese que aleja seres queridos, ese que impide la cercanía de madre e hija, el que imposibilita la despedida de los amigos; porque el poemario está atravesado por la muerte de su padre, migrante como la hija y la madre en diferentes direcciones y confluye en el hallazgo de un amor totalizador; además del apego (¿por qué no quiero usar otra palabra?) del grupo de amigas.
Ese mundo intelectual en el que se apoya el poemario y que se despliega como un último poema en la página final destinada a los agradecimientos, lo pone sobre la mesa Aida González Rossi con un prólogo en que la voz literaria corre quizás paralela (¿acaso no son las paralelas las que no se encuentran nunca?) a la voz poética. Qué dos planteamientos de escritura tan diferentes, y supongo que complementarios. Aida nos acoge en una tertulia –¿a la manera victoriana? – de escritoras en que el té lo sustituyen las chuches; menudos personajes los que se reúnen. Sofía recoge esos vínculos y desgrana su poemario como resultado de las lecturas con las que ha llenado su vida; nada que no se haya comentado en las tertulias.
En esas referencias literarias de un libro plagado de citas que nos dan pistas, tenemos a César Vallejo con su maltratada Otilia, a Ósip Mandelstam que ayuda quizás en la búsqueda de la salvación, a Emily Dickinson en la distancia o la separación, a Jane Eyre, a Ajmátova (cuánta poesía del desarraigo), a Safo en el deseo, a Antonio Gamoneda. El orden de esos apartados, Cantos, Astillas y Apuntes de la libreta verde, seguidos por un Bis que nos encamina al final, puede parecer impreciso, y sin embargo, es ese y no otro el que nos lleva de un tema a otro, siempre con esa esperanza que lo domina todo y el amor que lo sublima: «Sabiendo, amor / de ti, eras certeza antes de ser, / eres lo que permanece.»
Quizá he escogido el único fragmento en que la tipografía incluye comas. La escritura de Sofía Crespo puntúa con el aire, sin signos ortográficos; lo hace con las tabulaciones, los espacios, cabalgando. Y consigue una lectura con toda la claridad de su ritmo interno.
Y para concluir, que sea ella quien nos introduzca en sí misma, porque «nunca / se regresa al mismo sueño» en que «la vida es una herida impredecible», donde aparece otro elemento temático que no he mencionado: «Bebo del fuego / aunque me extinga».