El 6 de agosto de 1945, a las 08:09 de la mañana, una fortaleza volante del ejército estadounidense, un B-29 bautizado como Enola Gay en honor a la madre de su piloto, Paul Tibbets, lanzó una bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima. La bomba se llamó “Little Boy”. Era la primera vez en la historia que se hacía algo parecido, y no fue la única. El 9 de agosto, los mismos aviones lanzaron una segunda bomba sobre Nagasaki, llamada esta vez “Fat Man”. Americanos, alemanes, rusos e inclusos los japoneses luchaban por ser los primeros en desarrollar una bomba atómica, pero los norteamericanos se adelantaron y no dudaron en experimentarla en Japón. Buscaban una enorme destrucción, hasta entonces desconocida, y también impactar psicológicamente a un rival que algunos juzgaban irreductible. Fue la mayor destrucción humana en el menor espacio de tiempo que ha visto la humanidad.
Japón es una tierra acostumbrada a que la visiten periódicamente grandes desastres. A lo largo de su historia ha sufrido enormes terremotos, tsunamis, tifones, inundaciones, hambrunas… Kamo no Chomei, en Relatos desde mi choza, libro que reseñamos aquí, narra los desastres naturales que vivió y que le llevaron a una vida apartada de los hombres y centrada en la contemplación de la naturaleza y de lo natural. Pero la bomba atómica es otro tipo de desastre, no es el producto de una naturaleza desatada, sino del frío cálculo de otro ser humano que busca la destrucción de sus congéneres.
Yoko Ota (1903-1963) era una joven escritora que vivía en Hiroshima con su madre, su hermana y el bebé de esta. Vivían en un barrio residencial, en una ciudad antigua y a la vez próspera, situada en el delta de un río. Hiroshima no había sufrido los bombardeos con armamento tradicional que arrasaron otras ciudades japonesas como Tokio, Osaka o Kobe. Lo que no sospechaban sus habitantes era que esa conservación casi milagrosa era algo planeado para que el alcance de la destrucción de la nueva bomba fuera más claro y fácil de leer después de que se lanzara, y también para que su efecto fuera mayor en la psique de los japoneses.
“Little Boy” estaba destinada a detonar sobre uno de los principales puentes de la ciudad, pero se desvió algunos cientos de metros (caía en un paracaídas silencioso para dar tiempo a los aviones a alejarse del lugar de la explosión) y lo hizo sobre un hospital. Aunque, en realidad, poco importó porque su efecto superó con mucho esas distancias. La bomba explotó con un resplandor blanco que cegó a quien lo miraba. Y a ese resplandor le siguió un enorme estruendo. Y tras ello, un profundo silencio. Por eso, enseguida los japoneses, tan dados a los juegos de palabras y las onomatopeyas ingeniosas, la llamaron pikadon, pika por el cegador resplandor y don por el estruendo.
El relato autobiográfico de Ota Yoko comienza con el capítulo titulado “Los espeluznantes lamentos de otoño”, y termina con “Koto de finales de otoño”. A lo largo de siete capítulos nos va describiendo, con precisión emocional realista aquello de los que es tan difícil hablar, del trauma del herido. La vida, a pesar de sus durezas y crueldades, nos impele a la supervivencia, y esa supervivencia tiende a borrar los recuerdos dolorosos. ¿Y qué mayor dolor que el de querer ser aniquilado sin humanidad, de forma casi anónima, por otro ser humano? ¿El de ser arrasado por un arma desconocida que, además de ese sonido y su furia, tiene una sustancia también desconocida que irá matando silenciosamente a los habitantes de la ciudad bombardeada de forma diferida?
Yoko Ota nos habla con valentía de esos hechos y de esos sentimientos. Es difícil decir qué hay en el libro más impresionante, si la descripción de la destrucción humana o los vericuetos de la psicología de la autora. No es un libro efectista, ni busca la piedad del lector, sino describir lo que pasó, lo que ella vio y en ocasiones sintió. Su relato tiene un estilo fragmentario al inicio, y luego va tomando ritmo y acaba volando, planeando sobre el lector con un mensaje triste y ácido, y a la vez de resiliencia y amor a la vida.
La autora lo empezó a escribir pocos días después de la bomba, pero no se publicó hasta 1948, tres años después, y fue censurado por el gobierno nipón de la posguerra. Muchos japoneses despreciaban los testimonios sobre la bomba y también a sus víctimas. Se creó un término para ellos, hibakusha (“víctima de la bomba atómica”) y sufrieron ostracismo por parte de la sociedad en general, por miedo y desconocimiento. Otros escritores que han hablado de la bomba atómica después., como Masuji Ibuse en La lluvia negra, o Kenzaburo Oe en Cuadernos de Hiroshima, fueron igualmente criticados por la ortodoxia cultural.
Ciudad de cadáveres se publicó por fin de forma íntegra en 1950, con una polémica acogida. En 1951, la autora publicó una novela sobre el mismo tema, Harapos humanos, pero la que hoy nos ocupa es mucho más acertada como testimonio, por su frescura y la honestidad del testimonio. Tras caer la bomba, la autora, su madre, su hermana y su sobrino vagaron por una ciudad calcinada, cubierta de cadáveres y de personas de toda condición que agonizaban sin ni siquiera una queja.
El libro está muy bien traducido y editado, aunque a veces, en parlamentos de algunos personajes, se remeda el acento local japonés de los personajes del libro con expresiones españolas que a quien esto escribe no le acaban de convencer. Pero la lectura es siempre fluida y corre como uno de esos ríos que forman el delta de Hiroshima. Hoy, cuando las trompetas de la guerra y la destrucción resuenan de nuevo en la tierra, cuando la dignidad del ser humano vuelve a tener niveles y clases, este doloroso libro se hace más necesario. Sobre todo, si se quiere comprender la existencia y sus inciertos caminos.
Leer este libro es caminar por una Hiroshima que ya no existe de la mano de unos seres con fecha de caducidad por sus heridas y por la radiación. No es un libro quejoso ni reivindicativo. Ni bello. Pero sí imprescindible. Su final es una letanía que permanece como un eco en el corazón: “El estremecedor clamor de los japoneses hambrientos resuena este año entre los arrozales como una canción de koto llena de espeluznantes lamentos de otoño. La guerra y las catástrofes naturales, dos engranajes que rechinan entre sí arrancando una moribunda melodía que se arrastra por el suelo.”