En diversas ocasiones durante nuestra existencia, la creación y el consumo de cultura se convierte en un islote que puede salvarnos. Cuando la marea de la realidad amenaza con hacernos naufragar, acudimos a otros tiempos, a otros mundos, a otras perspectivas a fin de abandonar por unos instantes el barco en que surcamos nuestro destino para protegernos en tierra firme. Una vez ha pasado la tempestad, retornamos al navío y continuamos nuestro viaje. La literatura, el arte o el cine hicieron las veces de bálsamo terapéutico durante la terrible pandemia. Su consumo o su producción nos permitió viajar sin movernos de nuestras casas e, incluso, de nuestros dormitorios cuando el contacto con los demás —incluido la familia, para quienes tuvieron la suerte de estar acompañados en ese trance— era imposible. Como ese Viaje alrededor mi habitación de Xavier de Maistre (1794) o el otro Viaje alrededor de mi cuarto de Miguel Sánchez-Ostiz (2021), la imaginación puede ser una gran aliada. En el ámbito pictórico, fue Giorgio de Chirico quien nos lo demostró en su lienzo La vuelta de Ulises (1968). Escribir o leer, dirigir una pieza audiovisual o visionarla, pintar o recrearse en las láminas de un catálogo… Todo pudo ser en esa época que no queremos recordar. La sociedad demostró una conducta ejemplar mientras ciertos políticos parecían lucrarse aprovechando su posición privilegiada y la dramática situación. Ninguna ética ni moral por su parte, como la experiencia nos ha venido demostrando. ¡Y aún dirán que el pescado es caro —Blasco Ibáñez y Joaquín Sorolla dixit— o que la cultura no sirve absolutamente para nada!
Precisamente las menciones pictóricas y literarias citadas entre estos últimos guiones no resultan gratuítas, pues de la Valencia que iluminó a estos genios nos llega una novela cuyo alumbramiento tuvo lugar a lo largo de cinco años. Una cifra nada desdeñable para comprender el trabajo que puede conllevar toda producción creativa. Su autor, Francisco López Porcal (Mislata, Valencia, 1957), ha concebido esta su tercera novela, titulada Una sonata lluviosa y que irradia genio por los cuatro costados. Se trata de un auténtico rompecabezas en el que fantasía y realidad se entremezclan. Se trata, como el propio escritor afirma, de un ejercicio de metaficción y de metaliteratura donde nada es lo que parece. El lector debe permanecer activo y atento a fin de desentrañar el complejo mecanismo de cajas chinas que ofrece la lectura. López Porcal trata la escritura como lo que es, un arte que conlleva tiempo y dedicación. Al igual que un escultor va tallando poco a poco su pieza, el escritor va dando forma a las páginas y puliendo su trabajo para presentarlo a un público exigente. El nivel de dificultad que implica la comprensión del libro no lo hace elitista. Todo lector puede acceder al libro, pero ello no quiere decir que no se exija de él un compromiso y una experiencia de lecturas previas. Los niveles de calidad no deben reducirse pues la literatura debe ser siempre de calidad. Lo contrario sería rebajar los mínimos a una sociedad ya de por sí cada vez menos preparada. El mislatero considera a su público un receptor adulto y serio, puja por convertirle en un auténtico detective que desencripte la naturaleza de su trabajo. Solo tras reordenar las piezas, comprenderá la calidad del esfuerzo literario que se le ofrece.
Una sonata lluviosa trata precisamente de eso: de un despertar de conciencia social. Su mirada crítica atañe a los distintos sectores de una sociedad que navega rumbo a un aparente naufragio. Son ellos mismos los que se empujan hacia el fondo de las aguas negras, y ahí es precisamente donde el autor pone el dedo. Su decadencia u ocaso no es inevitable, pero debe existir una voluntad por parte de los agentes implicados. Política, educación, representantes culturales y población en general han de realizar un amplio ejercicio de reflexión sobre las circunstancias que en la novela se apuntan. Como decimos, el cambio es posible pero debe surgir de quienes manejan actualmente el timón: desde los padres que inculcan valores a sus hijos hasta los gobernantes y docentes. López Porcal ha escogido una editorial ya familiar, Sargantana, para que esta importante obra vea la luz. El autor ha ido ganándose a pulso su respeto en el ámbito literario debido a sus excelentes trabajos novelísticos y de ensayo. Su listón es alto pero a su vez asequible a todo aquel que desee acercarse a las preocupaciones culturales actuales. Deberán acudir a él y no él a ellos, a pesar de que la situación presente parezca cada vez más propicia para un mundo al revés, el de la montaña yendo hacia Mahoma.
El protagonista de esta novela es un profesor veterano, Jacobo Arriaga. Valenciano de linaje vasco, ha sufrido un grave percance de salud al haberse sentido superado en su difícil trabajo. Durante su complicada recuperación, decidirá volver a dedicarse a su faceta de escritor, acompañado por su mujer, Flora Luján, en su casa de Villa Palatina —un auténtico edén rodeado de naturaleza en las afueras de la ciudad de Valencia—. El tiempo otoñal se verá reflejado en una incesante lluvia, reflejo anímico del personaje protagónico. Como vemos, la escritura servirá de importante terapia y, lo que es más importante, la búsqueda y creación de otros mundos con los que evadirse de una realidad que se ha vuelto insoportable. Esa necesidad de fantasía le llevará a confundir lo que le rodea con lo que desde su mente genera. No en vano la alusión a la obra cumbre de Calderón de la Barca al inicio es bien acertada. La vida puede ser sueño o el sueño adquirir tintes más verdaderos que lo que compone el mundo. López Porcal se convierte en un Pirandello o en un Unamuno al dotar de carne a una serie de criaturas que acuden a dialogar con su creador. Desde Niebla (1914) a Seis personajes en busca de su autor (1921), este recurso se ha convertido en inspirador de auténticas obras maestras literarias. El valenciano ya jugó con ello desde su primera novela, Atrapados en el umbral, cuando su otro profesor, el emblemático Maurice Clichy, se encuentra y dialoga en Valencia con Doña Manuela, personaje del Arroz y tartana de Blasco Ibáñez. A su vez, Clichy atraviesa este libro para ir cruzando las distintas incursiones literarias de su autor y llegar al presente libro.
Los personajes surgidos de la estilográfica de Arriaga —quien a su vez surgirá de la de López Porcal— serán el matrimonio conformado por el asesor cultural danés Harald Klausen y la pintora francesa Anouk Lemoine —nombre dado en homenaje a la famosa actriz francesa—. Ambos serán un trasunto de los propios Arriaga y Luján; mientras éstos residen junto al bosque de la Vallesa, los otros vivirán en una casa situada en Benidorm.
Esa sonata lluviosa que conforma el título de la presente novela y, a su vez, aquel que está escribiendo Arriaga, posee evidentes connotaciones musicales que impregnarán también los distintos capítulos de la obra. Así, llevarán por título composiciones sinfónicas variadas y representativas de esta disciplina artística, siempre relacionadas con lo tratado en cada apartado. Ahí reside también la habilidad del autor, engarzando en una misma historia los nombres de Wagner, Händel o Esplá —también Palau será, junto al último, otro de los músicos valencianos escogidos y homenajeados por López Porcal—. Además de la música, entrarán en juego otras referencias, como las cinematográficas —de Piratas del Caribe a Cena a las ocho—, de la Historia con mayúscula o la pintura, con personajes como los de la citada acuarelista Lemoine o el del anticuario Jean Bélanger, así como la trama central del relato creado por Arriaga; ésta tiene como protagonista una predela original de la basílica de Santa María de Cracovia incautada por los nazis y que fue pasando por distintas manos —incluidas las de un marchante afín a Hitler— tras la II Guerra Mundial. En su recuperación trabajarán codo con codo la catedrática de la Universidad Ruperto Carola de Heildeberg Katarina Schröeder, el presidente del Instituto de Arte Polaco Tomislaw Novak o el teniente de la Interpol de Viena Heinz Kaufman. Se trata como vemos de una subtrama policiaca heredera de las mejores historias de la novela negra, y que se conjugará perfectamente con otras más descriptivas, contemplativas e incluso filosóficas. La exquisitez con la que López Porcal describe con minuciosidad los distintos aspectos de su narrativa es encomiable: desde la narración naturalista —e impresionista, podríamos decir— de los parajes que rodean a los personajes, pasando por la psicológica —los pensamientos de los personajes y sus opiniones, incluyendo acalorados debates donde se tratan cuestiones cruciales como las mencionadas y otras no menos importantes como la concepción de la creación literaria, la importancia de la amistad o de la familia— o la relevancia dada al patrimonio artístico y arquitectónico, así como al proceso de restauración de una obra pictórica como la citada predela a manos de la hija de Harald y Anouk.
Quienes conocemos bien a Paco López Porcal y compartimos sus inquietudes creativas —haciéndonos partícipes de sus preocupaciones, intereses y procesos creativos— podemos afirmar que el entusiasmo y trabajo del valenciano no son en balde, al contrario: dan como fruto obras tan redondas como la que aquí nos convoca. Su autoexigencia y autocrítica quedan patentes en esta obra de evidente perfección. A ello hay que añadir su generosidad y bonhomía. También es un honor formar parte de ella —muy agradecido al autor por figurar en los agradecimientos y en diversas citas tocantes a mi trabajo poético y ensayístico—. Esperemos que esta sonata lluviosa le depare las alegrías y reconocimientos que bien se merece.