El próximo 4 de marzo se cumplirán 76 años de la muerte del teniente Royce C. Stephens, de San Antonio (Texas), a bordo de un C-54, que estalló en llamas mientras se dirigía a Berlín occidental. Los sectores estadounidense, británico y francés llevaban bloqueados por los soviéticos desde el 24 de junio del año anterior. A la decisión soviética de impedir la entrada de suministros a la parte occidental respondieron los aliados con la puesta en marcha del primer puente aéreo de la historia. Día y noche, cada 38 segundos, un avión de carga aterrizaba en el aeropuerto de Tempelhof llevando a la ciudad, alimentos, medicinas, combustible y todo lo necesario para evitar el desastre.
Aquella capacidad logística tomó por sorpresa a los soviéticos. En lugar de retirarse dejando a los berlineses occidentales abandonados a su suerte, los aliados habían redoblado la apuesta y sus sectores resistían. Más de dos millones de berlineses dependían de ellos para todo -para comer, para calentarse, para vivir, en suma- y los aliados no los habían abandonado. El puente aéreo -en el que participaron pilotos estadounidenses, ingleses, canadienses, australianos, neozelandeses y sudafricanos- demostró a los alemanes que había una diferencia moral entre una democracia y una tiranía y que esos aliados -los mismos a los que habían estado haciendo la guerra pocos años antes- no los iban a abandonar a su suerte.
El 9 de septiembre de 1948 el alcalde de Berlín, Ernst Reuter (1889-1953) pronunció, sobre las ruinas del Reichstag, ante centenares de miles de berlineses allí congregados, unas palabras que han pasado a la historia:«¡Pueblos del mundo! ¡Pueblos de América, de Inglaterra, de Francia, de Italia! Mirad esta ciudad y daos cuenta de que no debéis y no podéis abandonar esta ciudad ni este pueblo! Sólo hay una posibilidad para todos nosotros: permanecer unidos hasta que se gane esta batalla, hasta que esta batalla quede sellada por la victoria sobre los enemigos, por la victoria sobre el poder de la oscuridad».
Los estadounidenses, los británicos y los demás aliados demostraban con hechos que no iban a entregar a los berlineses -como sí habían hecho, en 1938, con los checoslovacos- ni iban a demorarse en reaccionar, como habían hecho, en 1939, con los polacos. Aquellos berlineses estaban viviendo en carne propia que hay un abismo moralmente insalvable entre las democracias y las tiranías y que, con todos sus errores, aquellas son superiores a éstas por los valores sobre los que están fundadas. El socorro a Berlín demostró no sólo a sus ciudadanos sino al mundo entero que, en efecto, las democracias liberales eran mejores que lo que se alzaba frente a ellas. Si en el pasado habían fallado, no iban a hacerlo ahora. No iban a rendirse. No iban a capitular. No iban a entregar a los berlineses occidentales al dominio soviético. Los aliados occidentales -y, en especial, los Estados Unidos- brindaron un ejemplo al mundo de dignidad y de nobleza.
Algunos de los vuelos eran peligrosísimos por las condiciones de vuelo -mala visibilidad, tormentas- y por las propias características de la operación, que no permitía retrasos y sometía a tripulaciones y aparatos a esfuerzos descomunales. Durante los meses del bloqueo de Berlín, que duró hasta el 12 de mayo de 1949, murieron en acto de servicio 78 pilotos y miembros del personal militar: 39 británicos, 31 estadounidenses -entre ellos el teniente Stephens- y 8 alemanes. Un monumento en el aeropuerto de Tempelhof los recuerda.