Año sabático o la novela de un ocioso, de José Manuel Benítez Ariza, es un libro peculiar, un diario con características propias que comienza precisamente cuestionando el hecho mismo de serlo –“el diarista que presta su voz a estas anotaciones no necesariamente se corresponde, en su exacta verdad biográfica, con la persona del autor”–. Parte y se construye con espacios y acontecimientos reales, que maneja, acota y recrea al modo de una novela, pero sin serlo.
Benítez Ariza se vale de ciertas distorsiones genéricas, o más bien agenéricas, circunstancia esta en literatura que siempre me resulta atractiva. Por ejemplo, aunque lo descrito y lo narrado se distribuye en doce capítulos que corresponden a los doce meses de un curso académico, más un breve epílogo, difumina intencionadamente las señales temporales concretas, así como también en muchas ocasiones los lugares en que se mueve, elementos tan propios y característicos del diario y a la novela, provocando con ello y a ratos cierto desconcierto. O busca una simbiosis –que funciona muy bien– entre lo extraordinario de un periodo “vacacional” que implica una excepcionalidad en el trascurrir habitual de la vida del protagonista, y la sólida cotidianidad que vertebra el relato.
Un fondo proustiano que no oculta el diarista. Su mundo interior toma cuerpo a través de la observación de un voyeur –valga la expresión– de la realidad, tanto hacia el exterior como ensimismada. Así, entre los pasajes más logrados del libro están los comentarios que le surgen de la mirada hacia un objeto o una situación cotidiana e irrelevante, como por ejemplo el degustar una copa de vino, el leve indicio de la inminencia de la primavera, el canto de un ruiseñor en la noche, un intervalo inesperado de silencio provocado por un momento de semáforos en rojo, o lo que observa tras los cristales en una tediosa “mañana de convaleciente”, al modo de un casero y menos glamuroso James Stewart en La venta indiscreta de Alfred Hitchcock…
Y también, por otro lado, disquisiciones de todo tipo entre las que destacan las literarias, artísticas, cinéfilas, o –momentos que resultan deliciosos– sobre “el campo” en el sentido más cercano del término. Reflexiones que afortunadamente se alejan de tópicos y convenciones, cerrándose no pocas veces con lo que bien podría ser un aforismo –“si todo está destinado a convertirse en ruinas, es para que en ellas jueguen los niños”; “Quizás no sea otra la lección del otoño: su énfasis en la intensidad de lo breve”– o logrando pasajes que son verdaderos microrrelatos.
El tono general rezuma sencillez, sinceridad, se salpica con pinceladas –el autor es también pintor– de humor, de ironía, de intimismos, de juegos metafóricos, de dobles sentidos…, y denota un intencionado alejamiento del narcisismo autoficcional, la mitificación de “lo intelectual” o el derrotismo letraherido: consigue así que lo personal se aleje del tono confesional –“Brumas de abril. La primavera anda por dentro, como quien dice”–; lo intelectual de lo intelectualoide –“Voy leyendo el primer tomo de En busca del tiempo perdido. El hombre que se sienta a mi lado saca de su cartera, como para no ser menos, las Tragedias de Sófocles, en la edición de Gredos, y empieza a leer Edipo Rey… El autobús viene cargadito hoy. Y no sólo por la cantidad de gente que trae”–; que el peso de la realidad no se vuelva lamento derrotista –“ya solo me queda este cuaderno, quiero decir, este periódico con un solo redactor que es también su único lector”; “Como me dure este ánimo, lo mismo me pongo a hacer poesía social”–; o que los prejuicios se transformen en calibrados juicios –léase la página 436, por ejemplo–.
En definitiva, la lectura de Año sabático, con sus más de ochocientas páginas, te va inundando con una cadencia inadvertida y sutil, con la lentitud e intensidad de la subida de la marea en una de esas playas de extensas arenas que hay en la provincia de Cádiz, desde donde escribe el autor. Cuando la marea ha subido, es decir, cuando estás completando el libro y sabes que sus aguas van a retirarse, te has acostumbrado tanto a su compañía que lo que ahora te inunda es esa sensación de vacío que queda tras cerrar la última página de un buen libro.