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Relatos

Kenji Ueda: Los secretos de la papelería Shihodo

domingo 02 de marzo de 2025, 21:45h
Kenji Ueda: Los secretos de la papelería Shihodo

Traducción de Daniel Aguilar. Salamandra. Barcelona, 2025. 256 páginas. 19 €. Libro electrónico: 8,99 €.

Por José Pazó Espinosa

Japón, y también China, países de la escritura con pincel, son paraísos para los amantes de los artículos de papelería. En su historia, la calidad del papel, del pincel, de la tinta, la calidad del trazo, la energía y la libertad con la que se aplica, son no solo factores de belleza caligráfica sino también verdaderos rasgos definidores de la personalidad de quien los lleva a cabo. En Japón, este arte ha llegado a cotas de sofisticación inigualables. En Occidente tenemos una gran tradición caligráfica, pero pasa más por la pluma, el bolígrafo, el rotulador o similares, y carece de ese componente “psicoartístico”, podríamos llamarlo. Es cierto que Asia ha asimilado la caligrafía occidental, pero incluso ese tipo de caligrafía no deja de tener sus raíces hundidas en ese magma tan personal de la caligrafía pincelada.

No es por ello extraño que en Japón se encuentren algunas de las papelerías más extraordinarias que se pueden ver en el planeta, con todo tipo de papeles artesanos e industriales y de útiles y tintas para escribir o dibujar en ellos. La papelería Shihodo, escenario de los cinco relatos que forman este libro de Kenji Ueda, no es sin embargo de ese tipo. Es una tienda recoleta, antigua y heredada por su dueño actual, casi escondida en un callejón de Ginza, barrio elegante donde los haya en Tokio. El dueño es Ken Takarada, de unos treinta y cinco años, hombre discreto, observador del drama ajeno, y ligero vividor de sus propios pasos.

En esa discreta existencia en la papelería, le acompaña Ryoko, una joven igualmente discreta, inteligente y con un atractivo contenido. En cierta manera, los dos forman una pareja propia del Hitchcock de La ventana indiscreta, y los dos, por similares razones, podrían ser personajes de un filme de Frank Capra como Qué bello es vivir. Siendo los dos protagonistas muy japoneses, y muy contemporáneos, su marco es otro, es el de la observación de los demás con cierta distancia tanto a la alegría ajena como al sufrimiento. Pero siempre con un acercamiento cálido, con una sugerencia certera para el que pasa por su papelería.

Los relatos tienen exactamente cincuenta páginas cada uno. Se puede decir que son como cinco lápices de distintos colores, pero con la misma longitud, el mismo grosor e idéntica calidad de sus componentes. Son como un utensilio de papelería bien diseñado y construido: agradables, elegantes, amenos, y siempre con personajes en los que proyectar nuestra empatía. Además, bien traducidos, pensando en un lector al que no le asusta aprender alguna palabra japonesa nueva sin inundarlo en notas o explicaciones.

La estructura narrativa de los cinco cuentos es la misma: un cliente se acerca a la papelería con una deuda emocional pendiente que quiere pagar mediante una misiva dirigida a un ser lejano o ya muerto. En el proceso, el lector descubre esa deuda gracias a las preguntas de Ken Takarada, y se ve inmerso en el laberinto emocional del personaje atribulado y en su intento de solución emocional. El lector que tenga algunos años seguramente pensará: “¡Qué tiempos aquellos en los que las emociones se descargaban en una carta manuscrita! ¡En los que se compartían las vicisitudes de un viaje mediante una escueta postal!”

Hoy aliviamos las penas y nos excusamos mediante tristes y patéticos whatsapps con una ortografía llena de errores más o menos voluntarios y con una sintaxis propia de un estudiante de primaria, y si lo que queremos decir es muy largo mandamos un mensaje de voz, con ruidos de coches o de una televisión como fondo, mientras chequeamos el buzón del correo electrónico. En ese sentido, esta agradable colección de relatos es un libro antiguo, equilibradamente conservador, y en última instancia reivindicador de un pasado que es más bien un lujo y, como todos los lujos, un sueño.

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