Dicen que el progreso es todo aquello que apesta a nuevo. Y no es precisamente verdad. Porque ayer tomé un tren desde la madrileña estación de Chamartín, en obras, hasta Valladolid. Y ese AVE –nada de trenes low cost– me impactó, cuando me considero un experto en trenes de alta velocidad, donde sin lugar a dudas la marca italiana Yrio es, relación calidad–precio, la mejor a día de hoy en España.
Fue eso, acceder al coche número siete, y darme cuenta de dos cosas. Primero, del olor a nuevo. Como cuando mi padre se compró el siglo pasado el Peugeot 205 Open, y al entrar, debutó en mi memoria aquel olor a tapicería recién estrenada. Claro que al acceder a mi asiento, me topé con el lamentable progreso hecho realidad: donde antes había dos filas de dos asientos cada una, ahora había una de dos y otra de tres, como si la Alta Velocidad Española la dirigiera el dueño de Ryanair.
Quiero remarcar que los asientos no podían echarse hacia atrás, por lo que sufro pensando en los que tuvieron que viajar hasta Gijón, en tan desapacible espacio. Y como no me gustaba aquella claustrofóbica visión, me fui a la cafetería, topándome con un autoservicio que finalizaba en una caja donde dos empleados cobraban y tostaban los bocadillos o ponían los cafés. O dicho de otro modo: ya no hay barra. Y por ende, trato de verdad con los camareros.
Fue tal la depreciación de mi querido AVE, que cogí mi consumición y regresé a mi lamentable asiento. Y bueno, ahora hay pantallitas táctiles y el número de tu lugar se muestra de forma digital. Lo dicho: progreso de mierda aquel que te jode la espalda y ahuyenta de los bares.
Tras pasar unas horas en la muy fría y lluviosa Valladolid regresé a las 22:00 a Madrid, esta vez a lomos de un Alvia: trenes rápidos, aunque algo vetustos, que hasta hace nada permitían a los que lo utilizaban pensar que estaban en un casi AVE.
El Alvia iba casi vacío. Aunque claro, los asientos, reclinables y mucho más anchos, iban emparejados con la mesita donde colocar la consumición, de un material a la antigua: forjado, estable, perfecto, y no de plástico, como las del nuevo AVE, además de amplísimas.
En la cafetería del Alvia, además, una camarera de verdad te atendía a la antigua usanza, demostrándose que la comunicación entre personas es mucho más saludable que agarrar tú lo que quieres y pagarlo con la tarjeta sin siquiera dar los buenos días.
El nuevo Harlem ya está aquí. Progreso encogido y plastificado. Camareros que dentro de nada serán robots. Y eso sí, precios que contribuirán a seguir confeccionando vagones. Y como siempre digo, ojalá para los raíles, las traviesas y la seguridad no se escatime en gastos. Ojalá.