Como los muertos, que suelen ser de primera y segunda, ahora son los movimientos telúricos los que abonan el terreno para titulares rimbombantes mientras los que de verdad deberían escribirse se ignoran. Porque mientras escribo estas líneas, un tremendo terremoto que brotó en Birmania –la actual Myanmar– está siendo asistido mediáticamente justamente desde donde más videos se generan, basados casi todos ellos en rascacielos con piscinas que se desbordan en sus plantas más altas, cuando allí prácticamente nadie fallece, salvo el único edificio que colapsó: uno de construcción china aún sin finalizar que es la biblia de esta catástrofe. Porque no hay otra.
El mundo actual se ha convertido en una realidad asombrosa: despreciaremos la verdad si lo que decimos y mostramos llega a un mayor número de gente. O dicho de otro modo: ¿se imaginan a Stalin en 2025 luchando contra Maiakovski? Pues la respuesta sería que hoy Maiakovski no sería conocido como poeta, ya que habría sido exterminado de la realidad absoluta, tan manipulable.
El terremoto con el que abren informativos y youtubers, en realidad, se ha gestado en Birmania: un país destruido por las guerras, las dictaduras y el desprecio de la sucia ONU. Pero claro, como allí el internet ni va bien ni es libre, cuando el edificio más alto alcanza, a duras penas, las cinco plantas, la sociedad ha preferido bautizar a su terremoto como El terremoto de Bangkok, más que nada porque allí cientos de miles de nativos –y algunos turista– fotografían los rascacielos que se balancean, como si esos riesgos televisados fueran la única necesidad de una población desprovista de valores.
En mi último terremoto –he padecido, aunque sea de forma leve, varios; resido en Asia–, grité despavorido y busqué alguno de los ansiolíticos caducados que aún guardo de un pasado que ya he mejorado. Aquellos treinta o cuarenta segundos fueron, bajo mi punto de vista, un infierno en el que desconocía la desembocadura: ¿se abrirá una grieta en el salón de casa? ¿Se caerá el techo sobre mi cabeza? ¿O acaso un brote psicótico dominará el resto de mi vida tras esta acción telúrica?
Nada ocurrió; salvo que durante ese día y el siguiente llamé a muchas personas amén de que recibí llamadas de otras tantas. Había habido un terremoto en Bali, con epicentro en la provincia de Karangasem, y esa vez era yo el protagonista de la historia, aunque en realidad para nada. Porque exageramos a través de nosotros mismos lo que en verdad estaba bajo control. O dicho de otro modo: si de verdad los muertos en Bangkok se contabilizaran por miles, y los rascacielos colapsados por cientos, no se mostraría de manera propagandística ese edificio en construcción convirtiéndose en polvo.
Hasta que el recuento se haga oficial, los heridos y fallecidos en Bangkok, hasta ahora, están siendo menos del 1% de los que ya han desaparecido en Birmania. Y sí, hemos visto bailar muchos rascacielos, lo que a la opinión pública le interesa tanto o más que dos goles seguidos de su equipo favorito. Pero la realidad es que, aparte de los daños cuantiosos, que los ha habido, Tailandia sigue funcionando de forma notable tras la violencia de un terremoto de, nada menos, 7 '7 en la escala de Richter. Por eso los videos más vistos siguen siendo los de rascacielos regados por cataratas, en realidad, por sus propias piscinas construidas en sus plantas más altas –tantas veces las ochenta–, que ante el balanceo se convirtieron en eso: en regaderas.
Birmania necesita urgentemente ayuda internacional. El aeropuerto de su capital, Rangún, ha visto cómo su pista de aterrizaje se partía por la mitad y su torre de control colapsaba sin que ningún tiktoker lo grabara. Suerte que al final no se expusieron esos videos explícitos, demostrándose que las democracias no sólo mejoran a las dictaduras, sino que cuando un violentísimo choque de placas tectónicas se produce siempre gana la libertad que sólo muestra el lado menos afectado donde, eso sí, el show impera. Porque cuando veamos a birmanos desesperados el show habrá llegado a su fin.