La literatura y la pintura poseen una estrecha conexión, bien sea a través de la poesía, quizás el género vinculado con mayor intimidad, como mediante la inspiración que producen las distintas manifestaciones de la imaginación y del genio humano. Por esta razón, la conexión entre las letras y el resto de las artes representa una grata constante que ha quedado reflejada muy especialmente en el subgénero literario en el que suelen expresarse estos lazos, el epistolar.
Las cartas tienen una ventaja cuando un editor decide recopilarlas, seleccionarlas y publicarlas: casi nunca fueron escritas pensado en que fueran leídas por extraños. La correspondencia suelen ser el fruto distendido de la confianza o la necesidad entre los destinatarios. Los libros que reúnen la correspondencia de una persona tienen, en consecuencia, mucho de intromisión para el lector, al mismo tiempo que ofrecen una mirada personalísima y, por no estar meditada, pura, de la biografía, las preocupaciones, las alegrías, las circunstancias y la naturaleza de cada interlocutor.
El pintor Paul Cézanne (Aix-en-Provence, 1839-1906) y el escritor Émile Zola (París, 1840-1902) mantuvieron una sólida complicidad que se fundamentó en los intereses intelectuales compartidos y en la amistad. Durante tres décadas, ambos relataron sus cuitas vitales y, en ese proceso, reflejaron el siempre complejo devenir de su tiempo, en concreto el de la Francia que ambos compartieron. La esperanza, la amargura, la muerte, la resistencia, las penurias –de toda condición–, pero, y por encima de todas estas cuestiones, la fuerza de la amistad y del deseo de hacer arte vincularon estrechamente a ambos intelectuales.
Cartas cruzadas (1858-1887) es la más reciente apuesta del género epistolar que Acantilado ofrece a los lectores hispanoparlantes. Este volumen, editado con el mimo y la excelencia que caracterizan al sello barcelonés, cuenta con el análisis de Henri Mitterand, reconocido académico francés especializado en la obra, figura e impronta de Zola. Cézanne, provenzal, establece con Zola un vínculo que, a través de la confianza y el cariño fraternal consigue tejer dos visiones distintas de Francia. Durante sus años de fértil amistad compartieron círculos lectores, viajes y estancias cruzadas.
El sur, con su luz mediterránea alejada de las funestas rivalidades en la frontera del Rin, se contrapone al melancólico –y muy afrancesado– norte del país. El cosmopolitismo de París, donde el arte se desenvuelve con frenesí (una ciudad donde habita la perversión y el refinamiento, la suciedad y la pulcritud), se opone a la verdadera libertad, libre de consignas, de la resistencia de la Comuna y de la palabrería que define la inundación de la política en la vida humana, que siempre es forzada, lejos de ser natural. Esa libertad la comenta muy bien Cézanne en sus cartas: el horizonte infinito del mar, la luz del mediterráneo, el campo.
De hecho, en unos de los fragmentos más interesantes, fechado a finales de abril de 1878, escribe el pintor a Zola, lo que bien podríamos firmar cualquiera de quienes nos dedicamos a actividades intelectuales en una situación de amistad: «Mi querido Émile, te agradezco muchísimo el envío de tu último libro y la dedicatoria. Todavía no he adelantado mucho en la lectura[…]. No soy el más indicado para hacer el elogio de tu libro, pues puedes responder como Courbet que el artista consciente se dirige a sí mismo unos elogios mucho más justos que los que le vienen de fuera. Por tanto, lo que te diré de la obra sólo es para dar a entender lo que yo puedo percibir. Me parece que es el cuadro de una pintura más suave que el anterior [en referencia a La taberna, que vendió más de cincuenta mil ejemplares desde su publicación en 187], pero el temperamento o fuerza creadora sigue siendo el mismo. Y, además, si no cometo una herejía, la pasión de los protagonistas va aumentando progresivamente».
Con la viveza del relato veraz, de la sutil intromisión lectora en el genuino pensamiento de quienes nos precedieron y con el bagaje de un magnífico trabajo, Cartas cruzadas reúne un esmerado testimonio de la vida, obra y relación de dos de los intelectuales más interesantes de la Europa de la segunda mitad del siglo XIX. Cuenta con la traducción de Caridad Martínez y Núria Petit, en una edición de altísima calidad, en tapa blanda y editada con elegancia y esmero. Les recomiendo esta refrescante lectura que, estoy convencido, les hará disfrutar.