Resulta fascinante la literatura que nos habla de otros mundos y otros tiempos, la que te acuna con nuevos ritmos y sonidos, la que te envuelve distinto, ilumina unos colores que no ves desde tu ventana, te da de comer trozos de fruta madura con sabor exótico, te mece con nuevos sones. Una literatura que crece en otro lugar; que, como semilla transportada por la brisa y arrastrada por mil paisajes, queda milagrosamente depositada sobre un lecho de tierra fértil, en la orilla de una playa, en una isla remota del mar Caribe, donde se desarrolla y echa asombrosas raíces. Una literatura como la de Maryse Condé (Guadalupe, Antillas Francesas, 1934-Apt, Provenza, 2024), semilla negra en isla caribeña, crecida entre cañas de azúcar e idioma francés y creole, fortalecida por las lluvias tropicales, completamente distinta y original, que se agiganta en cada página hasta convertirse en inmenso árbol y que nos asombra con frutos literarios tan deliciosos como Victoire, La madre de mi madre, publicada por Impedimenta.
Pato con mandioca y citronella, gratinado de ñames, salteado de tortuga, calalú en salsa cribiche, langosta al mango verde, sorbetes de coco, maracuyá y limón... nadie que probara alguna de las creaciones culinarias de Victoire Élodie Quidal negaría su maestría en la cocina. Tampoco muchas personas acertarían a imaginar que la reconocida escritora Maryse Condé, autora de Corazón que ríe, corazón que llora y de Yo, Tituba, la bruja negra de Salem; Historia de la mujer caníbal o La deseada, entre otras novelas, y galardonada en 2018 con el premio Nobel Alternativo de Literatura, tuviera orígenes tan humildes.
Su abuela Victoire fue sirvienta y cocinera en las Antillas del siglo XIX, vivió en una sociedad colonial dominada por una hegemonía francesa y en la que la esclavitud había estado permitida hasta hacía muy poco. Tuvo que enfrentarse a grandes adversidades, especialmente las derivadas de una enorme desigualdad en un contexto de dominio colonial y patriarcal. Desde niña tuvo que ponerse al servicio de familias pudientes, al principio solo a cambio de comida y techo. Fue analfabeta durante toda su vida y, aunque la fama de sus extraordinarias dotes culinarias se extendió por las islas, tuvo que hacer enormes sacrificios para que su descendencia prosperara y optara a un futuro mejor.
La niña Victoire nació en Marigalante, una pequeña isla del mar Caribe, a 30 kilómetros de la de Guadalupe, descubierta por Cristóbal Colón durante su segundo viaje y colonizada por los franceses en el siglo XVII. Tenía una “una piel de blancura australiana” y “unos ojos pálidos como los de Rimbaud”, lo que significaba que su madre Éliette, que tenía catorce años y murió en el parto, había tenido relaciones con algún hombre blanco. Huérfana de madre y de padre desconocido, a la familia le conmocionó el aspecto de la recién nacida; “no había blancos en La Treille”, pero nada más venir al mundo conquistó por completo el corazón de su abuela, Caldonia, que era lavandera y “leía los sueños”.
Tras una infancia llena de tardes a orillas del manantial Espíritu, donde “una docena de lavanderas se adentraba hasta los muslos en el agua y estallaba con una algarabía de kréyol, risas, exclamaciones y olorosos chasquidos de sábanas frotadas con jabón de Marsella y lejía La Croix”, Victoire tuvo que ponerse pronto a trabajar.
Primero lo hizo durante seis años en casa de los Jovial, de la que Victoire saldría embarazada, y más tarde, en la de los acaudalados Boniface Walberg y Anne-Marie, con quien establecería una relación muy especial. En la mansión de los Walberg de la Rue de Nassau de La Pointe, en la que creció y recibió una esmerada educación a la francesa su única hija, Jeanne, madre de la escritora, Victoire desarrolló su maestría culinaria y consiguió ser medianamente feliz, a pesar de todas las tensiones raciales y sociales de la época.