El mundo se mueve por un filo que a menudo no se aprecia con precisión. Y de ese filo, se puede salir sobre él, pisando fuerte y enloquecido por el poder, o con un tajo que te sega varias arterias, y ya desinflado, te deja caer por el precipicio de la vida. Del todo a la nada. Al vacío desde la autoridad. De cliente habitual a ladrón.
Aunque casi siempre transite por una pobreza absoluta, un par de veces a la semana me planto en una cafetería muy gourmet donde me tomo un café americano, superior, rodeado de poca gente, lo cual me permite pensar y anotar ideas para los días siguientes. Al acudir de forma habitual, una empleada me reconoció por el asunto Sancho, cuando a otra se lo debieron contar. Sea como fuere, cuando tomo un americano en esa cafetería con mucha clase, no paso desapercibido. Para los tiquismiquis: dos euros con veinticinco la consumición. Un lujo es un lujo. Me lo merezco.
Pero hoy, he llegado algo tarde –a eso del mediodía–, que debe ser cuando se arman las mesas para el almuerzo y los empleados preparan y algunos hasta comen a regañadientes para estar prestos y dispuestos desde la una del mediodía hasta las cuatro de la tarde, gracias a esos ensordecedores horarios españoles, que es cuando la multitud se alimenta y emborracha. Pero bueno, que lo que debía ser un supervisor –y no sólo por su avanzada edad–, me inspeccionó desde el mismo momento en que tomé asiento sobre mi clásico taburete: el más apartado de la realidad, aquel que, curiosamente, se enfrenta a la máquina de café y la entrada a la cocina, lejos de lo que la clientela habitual suele solicitar: frente al expositor de mariscos, en la misma terraza, o simplemente, en medio de la barra rodeado de todos; donde tu cuenta de Instagram mejora.
El supuesto supervisor me miró de arriba abajo. Yo también a él, además de con una sonrisa socarrona. En un momento de la misma, se me acercó sin preguntarme qué quería consumir, para acabar alejándose a pasos agigantados no sin antes adoctrinar a la camarera que, de golpe y porrazo, apareció en escena.
(Debo reconocer que aunque me considere un gourmet –y que por ello de vez en cuando acudo a una cafetería-restaurante gourmet–, al menos a veces mi vestimenta, tantas veces sumada a mi melena desconcertante, no sólo ahuyentan a los banqueros sino que me posicionan contra los empleados de seguridad y, en el caso que nos ocupa, me someten ante el supervisor de cafetería de unos grandes almacenes, flojo de solemnidad por su falta de psicología).
Cuando la camarera vino a preguntarme si quería lo de siempre, yo, por primera vez, le respondí con algo que nada tenía que ver con una conversación entre una camarera y un cliente: “Piensa que soy un mendigo, ¿verdad?”. Ella rio. Aunque la desgracia vino cuando a los tres minutos el supervisor, esta vez tan sonriente como arrodillado, me comentó que me conocía de la televisión y que iba a leer mi libro. Su sonrisa, claro está, no era socarrona, sino esclava. Porque así las quiere el capitalismo.
El mundo, lo aseguro, poco tiene que ver con la dignidad y mucho con los intereses. Un mendigo señalado, que al salir a veces en la tele y escribir sobre un caso tenebroso, se transformó en el primo segundo de Felipe VI, o en el dueño de una inmensa fortuna. Porque así están las cosas.