A veces uno debe colocarse al margen de todo y adelantarse así a lo que vendrá para actuar del mismo modo. No es una estrategia, no suena tan cerebral como parece. Sucede con pasmosa naturalidad cuando se coge el tranquillo. Puede darse con las actualidades políticas, con las modas imperantes, pero no incita a creerse una postura de autoridad a la contra por gusto de la vanidad propia, sino una verdadera cualidad, accesible para cualquiera y por tanto muy dificultosa de alcanzar en su punto medio. Rodearse de libros es un aliciente. Su lectura y admiración —sólo admiración, sin tener que caer en devociones profundas que afecten a la sesera— proveen de una compañía y de un tipo de mirada hacia el mundo que necesita fijarse en lo profundo, lo oculto, lo frágil. Una mirada que se enraíce a mitad de camino entre la grieta y el barrido de viento que se la lleve lejos, dispuesta al aquí y allá, a levantar los hombros graciosamente porque en el fondo se sabe que todo pasa con igual permanencia que levedad.
Un cuaderno de notas se ajusta a las intenciones comentadas. El primero que publica el crítico literario y poeta Juan Marqués viene con añadidos toques diarísticos, porque un género y otro tienen sus cualidades intercambiables, aunque la característica mayor de los diarios, a diferencia del libro que concierne, es su vista puesta en el tiempo que pasa y se nos pasa. Un cuaderno de notas no precisa de ello. Lo que se deja escrito en él son como vilanos que irán haciendo su periplo, ahora de nuestro lado, arrobándonos, después yéndose sin dejar señas. Creo que el sol nos sigue, con el subtítulo de Primer cuaderno de Legazpi, es la recopilación de una serie de entradas que el autor zaragozano fue publicando de a pocos en el periódico The Objective, y quienes ya éramos entonces lectores de esos artículos y esperábamos que algún día se reuniesen en el formato que merecían, podemos alegrarnos por atrapar unos segundos los mencionados apéndices, sus ocurrencias y fragmentos de historias y situaciones dignas de ser retratadas.
Se celebra la contradicción, faltaría más. En las primeras páginas, se enumeran razones que deberían tenerse en consideración el día que se publicase un diario. No alardear, no decir qué famosos conoces o con los que compartes un rato de comida o sobremesa; no diseñar un escaparate preciosista de intimidades, en definitiva. Páginas después, las supuestas recomendaciones se disuelven como un azucarillo, y esa es, precisamente, la gracia de la vena diarística: beber del agua negada y servir varios vasos más para que otros disfruten igualmente. Como es habitual, los viajes o pequeñas escapadas traen la prosa más acertada, especialmente la que cuenta los días por la zona pirenaica, por Málaga, por Granada, por Zaragoza, y más extensamente en la feria del libro de Soria, con sus paseos matutinos y evitadas cordiales del trato ajeno.
‘Ha venido un buen hombre a mirar por qué no congela el congelador, y me ha advertido muy serio contra el pan que allí se mete, pues, según él, sucede que, por bien envuelto o embolsado que esté, “siempre hay migas en el aire, dando vueltas”. Migas en el aire. Llevo cuatro horas tratando de imaginarlo’. Nosotros acabamos tomando su relevo, pensando anonadados cómo será ese fenómeno, adónde se irán.