Una danza con los pies atados, primera novela del poeta y profesor José Antonio Llera, versa sobre el dolor, la soledad, la incomprensión, el abuso de que es objeto el más débil -a veces la mujer- por el hecho de serlo, la reclusión del hombre por el hombre y la coerción del deseo. Encabeza la narración una cita de El Innombrable, de Beckett, obra sobre la ausencia de la alteridad, seguida del verso de Anxo Pastor de donde toma Llera el título de la novela. La ilustración de cubierta de Domingo Frades, con trasfondo de un cuadro de Goya perteneciente a Bellas Artes de San Fernando, anuncia el escenario de la obra.
El autor dedica el libro a la memoria de un familiar, Luis Piñero y su hermana. La desventurada vida de este hombre, llamado como el protagonista, le incitó e inspiró la novela, contó Llera en la presentación en la librería Rafael Alberti de Madrid. La historia transcurre en el manicomio del Carmen, junto a Mérida, institución atendida por religiosas de San Vicente de Paúl, que estuvo en pie todo el siglo XX. En el colofón, leemos que, a pesar de los nombres propios reales, lo que se cuenta es inventado.
Desde luego. No estamos solo ante una novela de denuncia, aunque tal perspectiva sea patente. En la historia de Luis Piñero, su compañero de habitáculo Ouset o su hija Magdalena y los demás desdichados habitantes de este lugar siniestro, construido según una razón fría y eficaz, vemos un remedo de comunidad infernal donde la iniquidad campa sin límites, trasladable, mutatis mutandis, a cualquier época y enclave, siempre y cuando el miedo al otro señoree e imponga su ley sin cortapisa alguna.
El apóstrofe de Luis Piñero con que se inicia el relato, digno del teatro épico brechtiano, corrobora el valor simbólico del manicomio emeritense, un lugar de constricción ideado por el hombre perplejo y atemorizado por sus congéneres. Otro centro de reclusión no del todo voluntaria es el convento de Magdalena.
En el mundo del frenopático impera la corrosión ambiental. Hasta las colmenas se han echado a perder por la varroasis. El frío se combate con pellizas, mantas o un sorbo de coñac. Los internos realizan tareas de Sísifo por prescripción de los guardianes. Dada la anomia que se les supone, tienen prohibidos los juegos. La alimentación es miserable. El visitador de la Beneficencia que inspecciona las instalaciones carece de voz propia y habla por medio de un disco grabado, observa el director. Ninguna autoridad ajena debe inmiscuirse; ninguna noticia ha de trascender los muros infranqueables de la casa, junto a la cual se construye con tal fin un camposanto propio. Las internas tejen las mortajas creyendo que es ropa para otros menesteres.
Hay momentos en los que el lector pensaría que se trata de una novela de ciencia ficción. Otras veces parece de terror. “Danza para dos bailada por uno”, podría haberse llamado también la novela, tomando prestadas las palabras de Kierkegaard. Porque aquí y allá, la escritura muy cuidada y enjundiosa de Llera, salpicada por refranes castizos (p.99), proverbios (p.26, p.61), consejas, supersticiones y conjuros, diminutivos a la manera extremeña, en -ino, y viejas voces del campo, se ilumina en feliz contraste estilístico con pasajes que remiten a poemas clásicos del Siglo de Oro (p.13, “Ya ves ahora en qué me he convertido: pólvora que se malgasta, guano, nada); romance popular (p.107 “En la casa de Mosés/tengo el rabo de una oveja”…) o imágenes plásticas como la saca del corcho, de suerte que el documento testimonial al revestirse de arte literario se colma de sentido e intensidad filosófica.
Con un distanciamiento y una perspicacia hiperrealista el narrador en tercera persona describe minuciosamente el interior del complejo, secciones, métodos y servicios de que disponen los alienados, como quedó dicho. No obstante, hay otras voces más relevantes; monodias angustiantes que se suceden sin orden ni concierto componiendo una grita o clamor de infortunados en busca vana de interlocutor, súplicas destinadas al desdén por el desdén.
Así la misiva desesperada que dirige Ouset a uno de los directores médicos, exponiéndole su incapacidad para vivir privado del contacto con la mujer o bien el parte descarnado del Soguero -temporero agrícola y trabajador ocasional en el Carmen para tareas represivas con los dementes- en el que informa de la huida frustrada de Luis Piñero. Solo él y su hija Magdalena dan la impresión de trenzar, por un tiempo, un diálogo o una suerte de imaginario intercambio epistolar. Al menos, uno y otra, hasta que por razones difusas se rompe la comunicación entre ellos, saben a quién dirigen su planto.
En ese reducto de pobres gentes -varones, mujeres y niños -expropiadas de cualquier asomo de dignidad- encontramos también al médico auxiliar, discípulo del renombrado psiquiatra y humanista Gonzalo Lafora, cuyas consideraciones de un cariz hondamente desesperado y melancólico nos llegan a través de unos cuadernos numerados que se intercalan a partir del capítulo V.
La voz del psiquiatra, seguramente el personaje más fino y matizado, evoca triste la esperanza de un mundo más sensato y culto -donde se relacionó con escritores, intelectuales y mujeres artistas como Maruja Mallo o la desafortunada Marga Gil Roësset- que gravitaba en torno a la Colina de los Chopos juanramoniana y se desvaneció por la Guerra Civil.
En sus recuerdos del tiempo perdido el médico, agobiado por la culpa, se pregunta por qué se quedó en España renunciando a la investigación. Incapaz de acomodarse cínicamente a su situación, lee el “Infierno” de la Comedia de Dante en tanto que se desliza por un proceso autodestructivo, da en morfinómano y suscita en sus superiores sospechas fundadas de necrofilia. Como Ouset, tampoco él se aviene a la ausencia de la mujer. A través de la voz en primera persona de Adela, una antigua novia suya de reminiscencias lorquianas, conocemos pormenores de la fragilidad sentimental del médico.
Una novela, en fin, más cercana al existencialismo que al naturalismo a despecho del escenario y del verismo del relato, con momentos líricos de gran belleza ( el sueño de Magdalena p.40) e imágenes percutientes. Cierra el libro una escueta pregunta extemporal de Magdalena a su padre.