Arco de crisis
lunes 01 de diciembre de 2008, 22:15h
El veterano Zbigniew Brzezinski –uno de los más agudos analistas norteamericanos de la política internacional- acuñó hace algunos años la expresión “arco de crisis” con la que quería describir, según sus propias palabras, “el fervor religioso, la inestabilidad y la importancia estratégica y económica del mundo que se extiende desde Asia del sur hasta el Mediterráneo”. Esa amplísima zona que va desde Filipinas hasta el Oriente Medio, pasando por Indonesia, Tailandia, Birmania, Bangladesh, India, Pakistán, Afganistán, Irán, Irak, los países del Golfo y la repúblicas exsoviéticas de Asia Central es, seguramente, en estos inicios del siglo XXI, la región más inestable del planeta y el lugar preferido de despliegue del terrorismo islamista. Además de ser, como es bien sabido, una de la mayores reservas de petróleo y gas del mundo.
Si hubiera que buscar el vórtice de ese enorme polvorín no cabe duda de que habría que situarlo en el subcontinente indio, compartido por esas dos potencias nucleares enfrentadas desde su nacimiento que son India y Pakistán. El múltiple atentado de Bombay, calificado apresuradamente por algunos como una novedad no lo es tanto si consideramos la cargada historia terrorista que viene padeciendo India. Un especialista en la zona, S. Dhume, acaba de escribir que desde 2004 han muerto en India unas 4000 personas, víctimas de atentados terroristas, “lo que le da a India –añade- la dudosa distinción haber sufrido el mayor tributo en vidas humanas por esta causa que cualquier otro país, con excepción de Irak”. En Bombay puede haber cambiado algo la estrategia terrorista por el uso de tácticas de guerrilla, tampoco totalmente novedosas, y por la búsqueda de objetivos occidentales, pero el problema viene de atrás y el mismo Dhume critica la política antiterrorista de India, que ha oscilado imprudentemente, en su opinión, entre el rigor y la complacencia. Por eso ha dimitido el ministro del Interior.
Este atentado pone en riesgo la política de los EE UU que intenta estabilizar ese “arco de crisis” y que, en concreto, se ha volcado últimamente (y Obama está en la misma línea) en lograr un buen entendimiento entre India y Pakistán. No hay duda de que el Gobierno de este último país está seriamente comprometido en la lucha contra el terrorismo y en el estrechamiento de relaciones con India. El presidente Zardari, el viudo de Benazir Bhuto, no vacila en denominar “terroristas” a los yihadistas de Cachemira (su predecesor Musharraf los llamaba “luchadores por la libertad”) y ha prometido solemnemente no usar nunca el primero su arsenal nuclear. El día del atentado su ministro de Exteriores estaba en visita oficial en India y se va a enviar al recién nombrado nuevo jefe de los servicios de inteligencia, el oscuro ISI, para que colabore en la investigación del atentado. Todo esto despeja cualquier duda acerca de su hipotética implicación en el atentado. Pero Zardari –que tiene bastantes problemas como para meterse en un solapado ataque a India- encabeza un gobierno débil que no controla totalmente a las Fuerzas Armadas (su promesa de no usar primero el arma nuclear les ha sentado muy mal) ni al ISI, que tiene una larga trayectoria de colaboración con los talibanes y otros grupos terroristas, incluido el Lashkar-e-Taiba, que lucha en Cachemira contra la dominación india. Además una buena parte de la población pakistaní no ha olvidado que a Zardari se le llamaba “Mr. Diez por Ciento” por sus supuestas implicaciones de corrupción.
Todas estas circunstancias explican que, a pesar de todo, el presidente indio, Manmohan Singh, haya señalado que los terroristas “vienen de fuera de nuestro país” y que algún otro alto funcionario haya aludido directamente a Pakistán. Porque aunque el Gobierno no esté implicado se le acusaría de no lograr impedir que su territorio sirva de “santuario” a los terroristas. Exactamente la misma crítica que, por lo que hace a la guerra de Afganistán, le hacen los americanos y la OTAN, ya que la región fronteriza del noroeste de Pakistán, la semiautónoma región tribal de Waziristan (de la que ya se ocupó Ruyard Kipling en sus novelas), sirve de refugio a los talibanes y, seguramente, a Al Qaida. Desde Pakistán se quejan de que se acuse a un país que, dicen, es también una víctima del terrorismo, recuerdan que en India hay también un terrorismo hindú (esto es, religioso) que ataca a los musulmanes (unos 150 millones en India) e insisten en que están dispuestos a llegar a un entendimiento con India que ponga fin a una rivalidad que ya dura más de sesenta años. Ese es también el objetivo de los EE UU, pero lo que no está claro es que tanto lo que llaman el “establishment de seguridad” pakistaní (FAS e ISI) como la propia población estén dispuestas a avalar un cambio de política tan radical respecto de India, considerada desde siempre como el enemigo tradicional.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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