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TRIBUNA

Recogimiento y celebración

domingo 04 de mayo de 2025, 17:34h

Estamos en el mes de mayo y, recordando como siempre por estas fechas la pequeña lección del escritor Eça de Queirós, conviene que hablemos de las rosas y de la poesía, ya que la llegada de la primavera merece que se celebre puntualmente ‘la tierna mocedad del año’. Me centro estos días en el segundo requerimiento, si bien es cierto que ambos son alabados por parte de uno continuamente, por los motivos que sean a lo largo de todo el año, de cualquier año.

Cerca del teclado mientras escribo, el ejemplar de Recogeré mis cosas. La última poesía en Zaragoza, causante de esta entrada festiva y entregada al espíritu mensual de misma índole. Es una reunión de poetas, que no una antología; una apreciación que se deja remarcada a propósito de todos los nombres, porque el también poeta y crítico literario Juan Marqués, editor y seleccionador de este volumen, pretendía congregarlos por ‘la palabra certera brillando en medio del gran silencio, aquello que todavía puede aprovecharse’ antes de volverse humus que rebuscar y servir en delicadas tartaletas cuando los bufés eruditos.

Viene este libro con un doble motivo para su celebración. El primero es su destacada muestra de poetas, dieciocho de entre cuarenta y veinticinco años, exclusivamente zaragozanos. Unos y otros límites son manejados a conveniencia según Marqués, pero sin mal resultado en la muestra final. El segundo motivo es que sea precisamente el segundo título que da su editorial, Cábula, con un diseño sobrio y una energía que deberá mantener para aguantar las embestidas de las procelosas aguas editoriales y libreras de nuestro país. Es pronto para conjeturar, uno debe centrarse solamente en el plantel poético, bien armado y funcionando su deleite tanto para los curiosos como para los que cuentan con cierta experiencia lectora.

Leído correlativamente, pues las antologías suelen tentar con una alternancia que se guía por quienes ya conocemos o por quien nos suena más sugerente a priori, parecen cabales las comedidas pinceladas que deja Marqués en su estudio prologal. Individualismo sostenido, ironía ma non troppo, ausencia unánime de humor, autoexigencia estilística. Todos ‘estruendosamente distintos’. Son para sí y para los demás. Herméticos y sencillos. Deslumbrantes y apagados. Sin duda, hay que adelantar el elogio respecto a lo necesario que es este libro para quienes solemos tener imperativos personales de conocer lo nuevo que surge, lo que ya sucedía y desconocíamos, lo que nos sitúa en nuestras preferencias y prejuicios —es delgada y pálida la rojez de la línea entre unas y otros— frente a lo que se mantiene.

No siendo muy extensa la nómina, cada poeta merece una valoración, esta sí, guiada únicamente por la lectura de lo contenido en estas páginas, lo que la expresión popular resume en ‘a los hechos me remito’ y libra de malentendidos. Guillermo Molina Morales ejercita el humor pasmado —el único, me atrevería a decir— mediante anécdotas triviales o informativas, con tibios resultados. María Coduras Bruna se debate entre el verso minimalista —demasiado— y la peripecia. Marta Fuembuena Loscertales ahonda en el inconsciente sensitivo cercano a la pesadilla. Clara Santafé resulta literaria e imaginativa, con pulsiones que rozan lo erótico. Sofía Díaz Gotor se ensimisma en paraísos naturales y perdidos, sin impasibilidad ante las ruinas. Almudena Vidorreta resuena en los pasos seguros de lo clásico y la autoridad de su voz propia. Alberto Acerete abruma con su aire de tragedia pero sabe relevar en uno su querencia por lo reflexivo. Ana Muñoz sorprende por su gran capacidad atmosférica. Daniel Arana es su adecuado compañero por repetir y malear lo telúrico a su antojo. Gema Palacios no acierta a decidirse entre lo rupturista y lo epigonal. María Martín Hernández impone sus cartas ardorosas pero frágiles. Guillermo Marco Remón se codea entre el esmero de la palabra justa y el raudal que embellece por inseguro ante nuestros ojos. Javier Fajarnés Durán prefiere la sombra, una recortada en sus poemas como por una segueta. Emma Calvo Olloqui busca sus inspiraciones en los chispazos, con diferente éxito. Álex Bona es oscuro, solemne y sincero. Aitana Monzón se regocija desaforadamente en la hermosura, se comprenda o no —poco afortunada la inclusión de su Cantar de Siri—. Omar Fonollosa ensaya la seriedad y parodia lo circunspecto. Celia Carrasco Gil aquieta el silencio con su barbotear poético.

Todos los aquí citados son igual de válidos por su entrega y capacidad literaria. A mayor gloria de cada lector el saber estimarlos, reconocerlos, olvidarlos o cual sea la determinación que les depare el futuro.

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