Se cumplen 80 años del final de la II Guerra Mundial en Europa. Remárquese en Europa, porque la “Guerra del Pacífico” continuó hasta la rendición japonesa del 2 de septiembre de 1945, después de zamparse aquel las dos bombas atómicas arrojadas por los yanquis y, solo entonces, concluir así la Segunda Guerra Mundial, en definitiva.
Y este aniversario redondo se ensombrece, inevitablemente. Hacía tanto que no se oía la idea “rearme de Europa”, porque estaba destinada a los libros de Historia. Suponía eso que se aprendió la lección de los errores del pasado y la cantaleta de la UE era que Europa ahora era oasis de colaboración y desprecio efectivo y no retórico, a la guerra. Claro, Europa no es solo la UE, también téngase claro. Se mencionaba la idea de rearme aludiendo a la paz armada antes de Ia I Guerra Mundial y también a los esfuerzos vanos por buscar el desarme en el atribulado periodo de entreguerras. Ambos procesos cargados de rearme fracasaron rotundamente al desembocar en dos guerras mundiales. Y ahora tenemos de regreso al rearme. De verdad ¿aprendieron algo? Hay severas dudas dado el entusiasmo con el cual pulula la palabreja en círculos europeos. Incluido el debate y proceder al incrementar los presupuestos de defensa. Claro, defensivos, no ofensivos, se aduce y con decirlo así se dispensa tantas cosas, naturalmente.
Cumplimos este 8 de mayo pasado el 80 aniversario de la derrota de la Alemania nazi y con ello el inicio de la Guerra Fría, la Posguerra que dura hasta hoy y el nacimiento paulatino, como los demás procesos, de las reglas que han regido al mundo que, con guerras menores cual válvula de escape, han evitado una tercera, cuarta guerra mundiales. Hay quien dice que son reglas agotadas. No lo veo así.
Decir que las reglas de 1945 están agotadas es impreciso; y puede ser una frase que venda, deje apabullado al más plantado por despistarse y es embaucadora. Y lo es debido a que las reglas del 45 están vigentes, aunque comprometidas, mas no muertas. Para que sea un verdadero cambio de época deberían presentarse componentes que hasta ahora no hubiéramos visto: una nueva potencia beligerante que no sean las 3 preponderantes –EE.UU., Rusia, China…– o una guerra a gran escala, hambre, desigualdad, nuevos ajustes y equilibrios reales de poder. No es el caso. Todo eso siempre lo hubo en estas 8 décadas “de paz” y la sola sucesión de potencias no siempre marca nuevos derroteros o no en automático. Ergo, el supuesto agotamiento de ciertas reglas no requiere de nuestro parecer o nuestra percepción, sino que tendría que provenir de otros factores puntuales, reales: disolverse la ONU, una guerra militar abierta y directa entre potencias, alianzas secretas…el rearme europeo sí que puede desembocar como las dos veces anteriores, en una tercera guerra mundial y abrir época. Al tiempo. Y conste que no es deseable.
En medio del Cónclave de 2025, el cardenal sueco Anders Arborelius dijo que el nuevo papa no provendría de Europa, porque Europa está cansada. Bueno, cansada depende para qué, desde luego, ya que al otro lado del Atlántico podríamos decir que vemos con preocupación su rearme y no se vislumbra cansancio. Un rearme que no es ni casual ni inocente ni ocioso ni ocurrente, no. Tiene causas y proviene de realidades que apremian a reaccionar por el camino antes andado que les ha conducido a rearmarse. Una escala de rearme desembocará en una guerra antes qué en un clima de distensión, porque bien es verdad que almacenar armas no tiene demasiado sentido, mientras se robustecen los armarios e implicará que el negocio bélico ya triunfó. Y sí, irá con el consciente y consistente incremento del gasto militar requerido y anunciado que pone a todos los gobiernos involucrados en la tesitura de acallamiento detallado de sus planes precisos de gasto militar y en trance de hacer malabares para marear la perdiz conque los fondos existen y no afectarán programas sociales. No cuadran las cuentas alegres que difunden los gobiernos europeos. El resultante será escasez y reasignación de recursos ahora destinados a la “defensa”. No hay manera de que no sea así. La pregunta resultante es ¿y para cuándo la guerra alimentada?
El rearme de Europa parecía ya relegado a ser un concepto de libros de Historia. Y reactivarlo, que circule la idea nuevamente como sucede, no considero que sea algo positivo ni espontáneo. Habrá que hacerse a la idea, sin duda. Rearme significa trastocar reglas, esas sí, y trastocarlas será generar un ambiente agresivo que detone tarde que temprano un conflicto armado marca ‘llorarás’, de esos que arrasan Europa y todos conocemos, aun sin haberlos vivido. Y no hay más remedio que el rearme porque los yanquis han protegido al viejo continente por 8 décadas y es hora –Trump dixit– de que Europa pague su defensa. Acierta en eso.
Total, sí que vivimos una Segunda Guerra Fría a tres bandas y con una insoldable evolución con un troglodita en la Casa Blanca. ¡Que sí! qué Putin no vende piñas. Por lo tanto, el alto riesgo existe y en medio China. No es un panorama sencillo y posiblemente, sí es el más tenso desde el final de la II Guerra Mundial –tanto en un plano europeo, como en el internacional– porque, y en ello no cabe duda alguna, sí hay un ánimo dinamitador de lo construido hasta ahora como andamiaje en pro de mantener la paz. Sería una gran torpeza y no hay ánimo de evitarla.
80 años de la rendición incondicional de Alemania. Y en ese marco, quizá habiéndolo contado ya alguna vez, valga la oportunidad de hacerlo nuevamente: anécdotas desde México, inscrito en la lista de los aliados y, por lo tanto, ganador de la Guerra. Mi abuela me contaba que había escasez de piezas y refacciones metálicas y de medias – por usarse el nylon en la industria bélica– y que las mujeres salían sin ellas puestas, pero no era bien visto, así qué con crayola, la usada para delineador de ojos, se pintaban las pantorrillas para que de lejos simularan las costuras que denotaban que las portaban. La decencia ante todo.
Mi madre contaba con 4 años cuando cesaron las hostilidades y recuerda que la gente se abrazaba y se congratulaba cuando se supo del final de la guerra, impactando más la noticia proveniente de Europa que aquella más adelante, proveniente de Japón a finales del verano del 45. Suponía aquello una sensación de alivio y el final de tiempos de restricciones y escasez, y eso que, ya lo sabemos, la Guerra Mundial apenas si rozó muy discretamente a México. Una conocida septuagenaria me contó años después, del origen de la expresión que denotaba traición o agresión inesperada: “¡qué ataque japonés!” se espetaba al perpetrador en franca alusión a Pearl Harbor. Sabía la razón de la frasecilla cuando le pregunté de dónde había sacado tal. Son términos que recuerdan que la memoria histórica sí existe, aunque algunos historiadores ortodoxos la desprecien, negándola. Lástima por ellos.
Por nuestra parte, solo demos razón de que falleció el 3 de mayo pasado el último veterano del Escuadrón 201, un contingente expedicionario de la Fuerza Aérea Mexicana que combatió activamente en Filipinas en aquella contienda. Tal centenario combatiente fue el sargento César Maximiliano Gutiérrez Marín. Nuestro reconocimiento total. En su alusión, el obituario emitido por la Secretaría de la Defensa Nacional lo denominó como Héroe Militar Mexicano.
La Posguerra ha sido tiempo de no ver una nueva guerra mundial. Lejana situación a no haber conocido guerra alguna o ser un manantial inagotable de paz al por mayor. De eso, nada. Y por delante queda el reto de evitar lo primero y conseguir lo segundo a plenitud.