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TRIBUNA

Lengua oficial

lunes 19 de mayo de 2025, 18:29h
Que la lengua oficial del país que transito sea la misma que utilizo me destruye. Lo que deberían haber sido seis meses de aumento de mi sinonimia y mejora en mi forma de hablar y escribir, a día de hoy, no es más que una cuenta atrás deseoso de comenzar a escuchar en ruso, mongol y japonés.

Suelo pasear kilómetros cada día, utilizo el transporte público, bebo cafés en cafeterías repletas de personas, y compro en supermercados de los que se publicitan mucho. Con esto quiero decir que no estoy recluido en un pueblo perdido de la Castilla más despoblada. Y que, por poner un ejemplo, en Málaga capital, que es donde estoy pasando este ya casi medio año, me enfrento cada día, lo quiera o no, con miles de personas.

Y justamente el entender lo que dicen es lo que me afecta sobremanera, por mis dificultades para poder desconectar, entendiendo que leer en el metro mientras la señora del asiento de al lado está poniendo a parir a su yerno, es harto difícil. Y no, no voy a centrar esta columna en el yerno de la señora, que al parecer, sale de más y llega a casa tarde desatendiendo la crianza de sus hijos.

Hasta mis residencias en Bali, Camboya, Tailandia y China, y salvo los meses neoyorquinos, iba por la calle exultante ya que no sabía absolutamente nada de lo que la gente comentaba, razón esencial para poder haber leído a discreción y pensado sin temor a perder mi propio hilo. Por lo que, ¿se cultiva más el pensamiento lejos de casa? ¿Se deben tomar decisiones importantes si mientras las decides el camarero está narrando, con el mismo nivel de volumen, el centro al área del Atlético de Madrid que ya retransmite, también a un buen volumen de decibelios, el comentarista televisivo?

Soy incapaz de meditar porque nadie me ha enseñado a hacerlo –y, además, para casi todo soy duro de mollera–, pero debo aclarar que es imposible siquiera centrarte en lo propio si el repartidor con furgoneta con el que me he cruzado esta mañana gritaba, como si en realidad fuera nuestra forma de vida, dónde había dejado un paquete ante la ausencia de su destinatario.

En mis inmensos paseos diarios casi siempre llevo un libro. Y puedo decir que ese casi ha nacido desde que estoy por España. Si en lugares donde no entendía nada de lo que decían, y por lo tanto, no podía prestar atención, leía casi en cualquier lugar y aunque fuera por un escaso espacio de tiempo, aquí ya me ha ocurrido más de una vez que los los libros que caminan conmigo, o debajo de la axila o entre los dedos de mis manos –tantas veces llegando a casa dentro de bolsas repletas de frutas, verduras y pechugas de pollo–, acaban regresando a casa de mis padres sudados, algo deshechos; y lo que es peor: vírgenes.

Esta mañana, tomándome un café americano clarísimo, en realidad agua manchada, he sido incapaz de leer una sola línea ya que la camarera que me atendió decidió explicarles a sus dos compañeros de trabajo, y de nuevo a un volumen algo improcedente, que la empresa le debía días de sus anteriores vacaciones y que este año cumpliría su sueño: llevar a sus hijos a Disneyland Paris. Que cada vez que escucho estas cosas también me congratulo del dineral que sigo ahorrándome sin hijos ni sus correspondientes parques de atracciones.

La solución, hasta que ponga la proa dirección Moscú, está siendo pasear acompañado. Así al menos presto atención a lo que me dicen y no al resto de una sociedad, que en el fondo, no es más que un reflejo de mí mismo cuando no recorro la ciudad a solas.

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