Al diario convendría que llegásemos con los deberes hechos, llorados de casa, con el corazón recompuesto tras la última escabechina o el ánimo templado para no fastidiar a nadie con excesivos buenos humores, que luego más dura resultará la caída. Esto es lo que puede aconsejarse hoy, en el momento de escribir y leer estas líneas. Mañana será todo lo contrario y en abierta contradicción e inclinando la balanza en favor de lo que apetezca. El diario es el territorio del libre albedrío, aunque, entre quienes lo cultivan y leen y practican, suele haber coincidencias que ayudan a tender puentes entre unos y otros independientemente de la disparidad de sus autores. Una vez más, encuentro la frase que dice que escribir en un diario sobre el tiempo que hace, desvela que el susodicho no tiene idea de qué decir, y también que ‘ningún escritor en el planeta Tierra, ni el más cándido, ni el más bobo, ni el más puro, escribe un diario sin pensar que tal vez algún día se publique. Ninguno. Ni un diario ni la lista de la compra’.
Tenemos querencia por esta clase de libros, por mucho que algunos pongan la boca piñonera diciendo que en absoluto, que todo es aprovechamiento de paratextos y morralla endilgada para hacer negocio editorial. En absoluto, insisto. Vale más un diario que nos hable de los tejemanejes de una comunidad de vecinos que otra novela reutilizando argumentos manidos bajo el asombro de estar inventando el hilo negro. Y escribir es difícil, sacar adelante un libro, el que sea, requiere su esfuerzo, más constante o menos. Milena Busquets lo sabe, no evita mencionarlo de tanto en cuando en las páginas de Las palabras justas, diario de un año que comienza con la nota candorosamente frívola de no tener más que marrons glacés para desayunar, quedados de la cena de la noche anterior, pero haciéndonos entender por dónde van a ir los tiros.
Es cierto que su pulso de novelista se intuye constreñido por la forma clásica que elige de redactar un diario, y que la voluntad aforista tampoco alcanza la redondez de sus adorados y mencionados La Rochefoucauld, La Bruyère y especialmente Jules Renard, pero Busquets se achanta lo justo y se centra rápidamente en sus escenarios seguros. Las clases de yoga. Las visitas al psiquiatra y cómo adecuar la vestimenta en función de la sesión que podrá ser. Los viajes a Madrid y fantasear con vivir allí largas temporadas. Los escarceos sentimentales con los novios y los divertidos desequilibrios que le suponen. La realidad del éxito de vender muchos libros y encarar el después de inversa proporción. Las diferentes categorías que componen quienes leen esos libros. Los recuerdos y reconciliaciones con Barcelona. Los hijos, porque lo mejor de Las palabras justas tiene que ver con ellos, con el amor más sincero y las pullas más hábiles: ‘Entonces Grego me dice: Nosotros tenemos suerte de no haber madurado. ¡Es verdad! Y nos echamos a reír los dos. Noé —a quien mi supuesta falta de madurez a veces enternece, pero casi siempre exaspera— exclama: Tenéis la cara más dura que un tótem de la isla de Pascua’.
El mundo que se almacena en un diario puede repelernos, dejarnos con opiniones vehementes, seducirnos con su elegancia aunque forzosamente pretendida. Con el de Busquets se abre el abanico de posibilidades. Y lo bueno es pensar igualmente cuánto se habrá quedado en el tintero.